jueves, 1 de agosto de 2019

¿Y qué será de Inglaterra?

No va a ser sencillo comprimir en unos pocos párrafos todas las cosas de los últimos días en Inglaterra. Escribo estas líneas desde el aeropuerto de Heathrow, poco antes de embarcar en el avión de regreso a Madrid. Un ingrediente importante de la última semana han sido los reencuentros o despedidas con distintas personas, que he conocido este verano o ya conocía de antes. Por ejemplo, el miércoles de la semana pasada quedé cerca de Somerset House para tomar un café con Belén, una profesora del King’s College que me ayudó mucho durante los dos veranos anteriores con asuntos relacionados con mi tesis. Es una persona generosa, y me dio algunos consejos y pistas para atacar un artículo que estoy preparando sobre el director francés Robert Guédiguian, al que el avispado lector seguramente recordará de la anterior crónica. “¿Y qué será a partir del 31 de octubre?”, se preguntaba en voz alta Belén, aludiendo al inminente Brexit. ¿Y qué será, será?

Cena de despedida en casa de Wency (a la izquierda de mi madre)

Dos días después de aquello pude reencontrarme con un clásico de mis escapadas veraniegas a esta isla: mi amigo George. Es una pena que esta vez solo pudiéramos vernos una vez, pues el mes anterior él había estado viajando con su novia por Italia. Quedamos en un pequeño restaurante italiano (Albertini, bastante recomendable) cercano a la Biblioteca Británica. George y yo hemos terminado nuestro doctorado este año y, casualmente, él había tenido su acto de graduación el día anterior a nuestra comida; por este motivo, venía un poco resacoso. Pero era un día para celebrar y, siendo de Bilbao, pensé que era lo propio que invitase yo. Además, George me ha ayudado varias veces a lo largo del año con algunos textos académicos. Tuvimos una conversación muy agradable: nos pusimos al día sobre nuestra familia y amigos comunes e hincamos el diente al cine y a algunas lecturas. También como agradecimiento, hace pocos meses le había regalado un ejemplar de Gilead, de Marilynne Robinson, una novela que recomiendo a diestro y siniestro, pues me parece maravillosa. Se ve que le había gustado, y pudimos hablar un poco sobre ella.

Con el señor Masahiro, mi insospechado amigo de Brunel University

El mismo día de mi comida con George, por la mañana, me despedí de mi insospechado amigo de todas estas semanas: el señor Masahiro. Allí le dejé, tal y como le había encontrado: sentado junto a la mesa del despacho, con sus gruesos manuales de economía y un termo metálico con té caliente, que él bebía de vez en cuando dando unos sorbos bastante sonoros. Ya que me hacía tantas preguntas sobre la Iglesia católica, hace unas semanas le di una tarjeta (prayer card, dicen los ingleses) de san Josemaría Escrivá en japonés. Se ve que le gustó, y desde entonces me había ido preguntando algunas cosas más. “Good bye, Masahiro”, y nos agradecimos la compañía y la conversación que habíamos compartido durante este tiempo. Unos días después, quedé para tomar una cerveza y conversar con Tom, con quien pude estar a comienzos de junio. Como tal vez recuerde el lector, Tom es pianista y está haciendo una tesis sobre música y filosofía. Una persona con un corazón grande: en los próximos meses va a combinar su trabajo académico con el voluntariado, viviendo en una casa del Catholic Worker Movement en la que acogen y dan de comer a personas pobres y sin techo de Londres.

En los blancos acantilados de Dover

Otro ingrediente de los últimos días han sido las excursiones. Empezando por la excursión a Dover de la semana pasada, a donde fui con Antonio y Santi. Quisimos sortear la ola de calor que asfixiaba Londres y nos fuimos a la costa. Allí caminamos por los blancos acantilados, divisando tierra francesa al otro lado del canal de la Mancha, e hicimos un parón para refrescarnos en el salón de té del faro. Aunque, cuando le pedimos a la camarera un té caliente, la pobre se debió de quedar atónita. “¡Están locos estos hispanos!”. Al término de nuestra excursión nos lanzamos desesperados al agua en un muelle donde jugaban algunos niños. Flotando en aquel agua no demasiado limpia pude contemplar el cielo de Inglaterra con un aire de despedida y dar gracias. Siempre he asociado el agua (un baño, una ducha...) con momentos de pausa, a veces de revelaciones inesperadas. Quizá se deba a que he visto demasiadas películas de Andréi Tarkovski y de Terrence Malick.

El claustro de la catedral de Canterbury

El sábado llegó mi madre a Londres, y desde entonces hemos hecho algunas excursiones más, dentro y fuera de la ciudad. Fuimos a Canterbury el domingo y allí asistimos a unas vísperas cantadas (evensong) en la catedral anglicana. Ayer cogimos un autobús a Oxford, donde curioseamos en sus librerías y colleges. La guinda del pastel llegó por la noche: Wency nos invitó a cenar a su casa un pollo relleno bastante rico, y pudimos despedirnos de él y darle las gracias por todo. Las sombras se alargaban sobre Hounslow, ese lugar que ha llegado a ser tan familiar para mí.

Bath Road, en Hounslow West

Tomando un té bien caliente en el faro de Dover

El edificio Gaskell, mi lugar de trabajo en Brunel University

En Oriel College, Oxford: la vidriera dedicada a John Henry Newman