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| La estatua de Churchill, mirando hacia el Big Ben |
“Me fui de Oxford, para siempre, el lunes 23 de febrero de
1846. El sábado y el domingo los pasé el Littlemore yo solo, igual que los
primeros dos o tres días cuando llegué a aquel lugar. El domingo por la noche
dormí en casa de mi querido amigo el Dr Johnson, en el Observatorio. Varios
amigos se acercaron para despedirme (…). En el muro de enfrente de mi cuarto
crecía mucha boca de dragón; durante años me pareció que esa planta sería el
emblema de mi perpetua presencia en Oxford, hasta la muerte. En la mañana del
día 23, me fui del Observatorio. Desde entonces no he vuelto a poner los ojos
en Oxford, más que en las torres, tal como se ven desde el tren”.
Así contaba John Henry Newman –quien nos ha acompañado en estos
relatos– su marcha de la ciudad de Oxford, cuatro meses después de ser acogido
en la Iglesia católica. Tal vez pueda parecer pretencioso incluir estas líneas
como introducción al último relato de mis andaduras oxonienses, que escribo
desde el aeropuerto de Gatwick, pero reconozco que me hace ilusión. Además de
Malick, el cineasta sobre el que hago la tesis, Newman ha sido un compañero con
quien me he “topado” durante estos días: en Oriel Street –que tantas veces debió de
recorrer de Oriel College a St Mary, y vuelta–, en la Iglesia de St Mary, en la
Iglesia del Oratorio, en Littlemore…
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| El palacio de Buckingham, desde St James Park |
Mis últimos días en el Reino Unido los he pasado con mi
madre y mi hermano Jaime, visitando Oxford y Londres. Hemos hecho algunos
planes muy agradables, dignos de mención: asistimos a una representación de la obra “Noche de
reyes” de Shakespeare en los jardines del Trinity College, fuimos al célebre
musical “El fantasma de la ópera” en Londres, paseamos por el colorido
mercadillo de Portobello Road el sábado por la mañana, volví con ellos a la
magnífica Misa cantada en St Etheldreda y visitamos el interior de Buckingham,
un plan que recomiendo a todo en que venga a Londres con un poco de tiempo.
Supongo que, además de relatar los últimos días en estas
tierras, es hora de hacer algo de balance: tirar del hilo de los recuerdos y hacer el
elogio de los hombres ilustres que he encontrado durante estos días. En cierto
sentido, mi imagen de Oxford no es la que tenía al llegar allí: la realidad
misma ha ido quitando aquello que solamente era invención o idealización –no
poca, en mi caso–, dejando al descubierto una imagen tal vez no tan bonita,
pero sí más real. De hecho, cuando escribía estos relatos me preguntaba si el
lector no se extrañaría de no encontrar anécdotas sobre desilusiones, momentos
duros, soledad, desencuentros o cortocircuitos mentales. Los ha habido, para
qué negarlo. Sin embargo, me parecía que no era el propósito de estos relatos
ser un paño de lágrimas, sino lo contrario. La realidad, siempre más rica
e ilusionante que las películas que uno pueda elaborar en su cabeza, ha ido por
delante, creo que para bien. “Desde las sombras y las imágenes hacia la verdad”
(“Ex umbris et imaginibus in veritatem”): es una frase que le gustaba mucho a
Newman, y que forma su epitafio. Doy gracias a los que me han ayudado a poder
emprender esta andadura oxoniense, también a quienes he encontrado por el
camino: Dan, Alex, Jim, Colin, Britt, James, George, Cristóbal, Antonio… Y la
lista sigue.
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| Una calle de Londres, adornada con la "Union Jack" |
No puedo decir, como Newman, que me marcho de Oxford “para
siempre”. Tampoco él cumplió su promesa, pues volvería treinta años más tarde.
En mi caso, es posible que el próximo verano tenga que completar el tiempo que
me queda para alcanzar los tres meses obligatorios de estancia en el extranjero que exige el doctorado
internacional. Espero poder retomar entonces estas líneas y volver hacer el
elogio de los amigos que he encontrado en Oxford, Londres y Edimburgo.


