lunes, 1 de agosto de 2016

Tirando del hilo...

La estatua de Churchill, mirando hacia el Big Ben
“Me fui de Oxford, para siempre, el lunes 23 de febrero de 1846. El sábado y el domingo los pasé el Littlemore yo solo, igual que los primeros dos o tres días cuando llegué a aquel lugar. El domingo por la noche dormí en casa de mi querido amigo el Dr Johnson, en el Observatorio. Varios amigos se acercaron para despedirme (…). En el muro de enfrente de mi cuarto crecía mucha boca de dragón; durante años me pareció que esa planta sería el emblema de mi perpetua presencia en Oxford, hasta la muerte. En la mañana del día 23, me fui del Observatorio. Desde entonces no he vuelto a poner los ojos en Oxford, más que en las torres, tal como se ven desde el tren”.

Así contaba John Henry Newman –quien nos ha acompañado en estos relatos– su marcha de la ciudad de Oxford, cuatro meses después de ser acogido en la Iglesia católica. Tal vez pueda parecer pretencioso incluir estas líneas como introducción al último relato de mis andaduras oxonienses, que escribo desde el aeropuerto de Gatwick, pero reconozco que me hace ilusión. Además de Malick, el cineasta sobre el que hago la tesis, Newman ha sido un compañero con quien me he “topado” durante estos días: en Oriel Street –que tantas veces debió de recorrer de Oriel College a St Mary, y vuelta–, en la Iglesia de St Mary, en la Iglesia del Oratorio, en Littlemore…

El palacio de Buckingham, desde St James Park
Mis últimos días en el Reino Unido los he pasado con mi madre y mi hermano Jaime, visitando Oxford y Londres. Hemos hecho algunos planes muy agradables, dignos de mención: asistimos a una representación de la obra “Noche de reyes” de Shakespeare en los jardines del Trinity College, fuimos al célebre musical “El fantasma de la ópera” en Londres, paseamos por el colorido mercadillo de Portobello Road el sábado por la mañana, volví con ellos a la magnífica Misa cantada en St Etheldreda y visitamos el interior de Buckingham, un plan que recomiendo a todo en que venga a Londres con un poco de tiempo.

Supongo que, además de relatar los últimos días en estas tierras, es hora de hacer algo de balance: tirar del hilo de los recuerdos y hacer el elogio de los hombres ilustres que he encontrado durante estos días. En cierto sentido, mi imagen de Oxford no es la que tenía al llegar allí: la realidad misma ha ido quitando aquello que solamente era invención o idealización –no poca, en mi caso–, dejando al descubierto una imagen tal vez no tan bonita, pero sí más real. De hecho, cuando escribía estos relatos me preguntaba si el lector no se extrañaría de no encontrar anécdotas sobre desilusiones, momentos duros, soledad, desencuentros o cortocircuitos mentales. Los ha habido, para qué negarlo. Sin embargo, me parecía que no era el propósito de estos relatos ser un paño de lágrimas, sino lo contrario. La realidad, siempre más rica e ilusionante que las películas que uno pueda elaborar en su cabeza, ha ido por delante, creo que para bien. “Desde las sombras y las imágenes hacia la verdad” (“Ex umbris et imaginibus in veritatem”): es una frase que le gustaba mucho a Newman, y que forma su epitafio. Doy gracias a los que me han ayudado a poder emprender esta andadura oxoniense, también a quienes he encontrado por el camino: Dan, Alex, Jim, Colin, Britt, James, George, Cristóbal, Antonio… Y la lista sigue.


Una calle de Londres, adornada con la "Union Jack"
No puedo decir, como Newman, que me marcho de Oxford “para siempre”. Tampoco él cumplió su promesa, pues volvería treinta años más tarde. En mi caso, es posible que el próximo verano tenga que completar el tiempo que me queda para alcanzar los tres meses obligatorios de estancia en el extranjero que exige el doctorado internacional. Espero poder retomar entonces estas líneas y volver hacer el elogio de los amigos que he encontrado en Oxford, Londres y Edimburgo.

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