Apenas llevo un día y medio en Inglaterra, pero han pasado muchas cosas; y creo que el hecho de poner algunas de ellas por escrito me ayuda a dar a cada una de ellas su peso. Digamos que esta andanza londinense que acaba de empezar tiene un precedente, que el lector de este blog recordará si leyó las crónicas sobre Oxford, escritas hace justo un año. He llegado a Londres –como diría el escritor Jiménez Lozano– pertrechado con una cierta “reserva de mundo”, esto es, con algunas vivencias, relaciones o prevenciones a mis espaldas, que vienen de la experiencia del verano pasado; pero también llego, quiero pensarlo así, con la esperanza de que esta “segunda navegación” que emprendí ayer traiga muchas sorpresas que rompan mis expectativas.
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| La parada de Finchley Road, junto a donde vivo |
Me tocó en el avión un asiento letra “F”, lo cual significaba que estaba rodeado: a mi izquierda, por una anciana de rasgos chinos que se durmió antes de que la azafata diera las instrucciones de emergencia; a mi derecha, por un hispano de unos cincuenta o sesenta años –parco en palabras– que, minutos después de que yo hiciera la señal de la cruz al despegar el avión, repitió el mismo gesto sin apenas inmutarse. Aproveché entonces para darle un buen mordisco a mi novelón, que voy leyendo a trompicones pero con ganas: El idiota de Dostoievski.
El camino desde el aeropuerto de Gatwick hasta el lugar donde resido –Nethehall House: una residencia universitaria promovida por el Opus Dei– salió bien. Tomé un tren hasta la estación Victoria, después un metro hasta la parada de Finchley Road y, por último, caminé con mi maleta a rastras hasta la misma residencia, que ubiqué sin grandes dificultades gracias a la casa vecina: la vivienda donde Sigmund Freud pasó sus últimos (y tormentosos) años de vida. Netherhall es una residencia muy amplia, formada por cuatro edificios, y en estos días habitada por unos cuarenta o cincuenta residentes, muchos de los cuales están haciendo ahora sus exámenes finales. Dicho en pocas palabras, es como una versión de la ONU en pequeñito. En el poco tiempo que llevo aquí he conocido a tres estudiantes de Hong Kong, un francés, dos italianos, varios españoles, un inglés de religión budista, un portugués, un polaco, un indonesio y algunos otros de diferentes procedencias. La de ayer fue una tarde intensa: cena, tertulia –en la que me preguntaron varias veces por Terry (Malick), el amigo que me ha traído hasta aquí– y, finalmente, se organizó una adoración eucarística durante la noche, en la que participé luchando contra el cansancio acumulado del viaje. Aunque pienso que el Señor me ha dado un descanso intenso a cambio de la mengua, y me he levantado bastante fresco.
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| Cruzando Waterloo Bridge hacia el sur |
Pero la navegación, propiamente, ha empezado hoy. Ha sido un día intenso: no tanto por el estudio, como por las diferentes gestiones que he hecho. La primera ha sido quedar con Belén, una profesora que me ha facilitado los pasos necesarios para hacer la estancia de investigación aquí, en King’s College. Pues bien, a media mañana he salido del metro en Westminster –junto al Big Ben y las casas del Parlamento– y he dado un largo y agradable paseo por la orilla del Támesis hasta la universidad. Allí me he encontrado con Belén y ella me ha enseñado el campus de King’s al que pertenezco y me ha dado un montón de consejos sobre bibliotecas y lugares que me pueden interesar. Además, me ha invitado a un café en el elegante patio de Somerset House, junto a la universidad. Después he cruzado Waterloo Bridge hasta la orilla sur del río, y allí he entrado en el British Film Institute para pedir información sobre la biblioteca y curiosear un poco la programación de películas del mes y esas cosas. A las tres me he presentado en las oficinas de King’s, también en la orilla sur, donde me han dado mi molona identificación de estudiante, que me he colgado del cuello como si se tratara del toisón de oro o algo del estilo. Antes de mi última gestión he rascado media hora de sosiego en la capilla (anglicana) del King’s –creo que se les había atascado el CD de cantos litúrgicos: una y otra vez la misma pieza– y, al fin, he visitado la Biblioteca Maughan, donde pasaré gran parte de mi tiempo estudiando y escribiendo.
Y hasta aquí por ahora. Espero poder entregar al lector una pequeña crónica de estas andaduras cada cierto tiempo –quizá una semana, quizá un poco menos–, contando las anécdotas o historias que me salgan al paso durante estos días londinenses.