jueves, 22 de junio de 2017

De despertadores y enchufes

Tomás Moro, tal y como me lo encontré el otro día.
Hoy 22 de junio, fiesta de santo Tomás Moro, mi despertador ha decidido no sonar. Supongo que el lector habrá tenido alguna vez esta sensación: te despiertas en tu habitación, con mucha luz procedente de la ventana y la sensación de haber dormido muy bien. Te levantas de la cama, miras el reloj y... son dos horas más tarde de la hora habitual. Pues esto es lo que me ha pasado, y me alegro de ello. Quiero pensar que ha sido mi ángel de la guarda quien ha decidido apagar el despertador en mitad de la noche: habrá pensado que me hacía falta dormir un poco más. Así que le doy las gracias. Por otra parte, quería asistir a Misa por la mañana, y el retraso del horario me ha conducido justamente a la parroquia que lleva el nombre del festejado de hoy, Tomás Moro. Quizá no haya sido mera coincidencia: ayer me encontré con Moro por la calle mientras iba a tomar un café en un descanso del estudio. Estaba subido a una hornacina de ladrillo, callado, muy quieto. Tenía la cabeza en su sitio. No sé si llegó a decir algo, tal vez fue él quien me invitó a su parroquia.

Antes de seguir escribiendo pido disculpas al lector, pues casi todo en la crónica de esta semana parece ir de lo mismo: de santos, procesiones y festejos variados. Uno de ellos fue el del sábado pasado: Netherhall, la residencia donde vivo, celebraba su 65 aniversario. Fue una celebración por todo lo alto, que los de la casa llevaban mucho tiempo preparando. Al acontecimiento vinieron antiguos residentes de Suecia, Alemania, España, de otros países y de diferentes puntos de las islas británicas. La cosa empezó con una Misa de acción de gracias, en la que es sacerdote definió a esta residencia como “un imposible que se ha hecho posible”. Después hubo una comida de picar en el roof garden y, seguidamente, algunos discursos de personajes ilustres de la casa. Algo de tiempo libre y, poco más tarde, la cena, seguida de dos conciertos: un concierto de piano a cargo de un antiguo residente experto en Franz Liszt y un concierto de música folk y rock en la sala multiusos, que la noche anterior habíamos decorado con abundantes guirnaldas con la bandera británica. Dándole vueltas a esto, pienso que aquel sábado yo era como un intruso a quien se le había concedido el privilegio de asomarse a algo muy grande: una comunidad de personas muy unidas y con una larga andadura a sus espaldas.

La procesión del Corpus atravesando el barrio del Soho
El día siguiente también fue de festejos: el Corpus Christi. La verdad, tenía mucha curiosidad por asistir a la procesión del Corpus de Londres. Hay que decir que son varias procesiones, pero una de ellas es especialmente digna de ver, pues atraviesa zonas muy conocidas de la ciudad: el barrio del Soho, Regent Street y alguna calle más. Así que allá fui: a la iglesia de Our Lady of the Assumption, próxima a Picadilly Circus, desde donde arrancaba la procesión. Duró hora y media, más o menos, pero valió completamente la pena. Además de la liturgia, que estaba muy cuidada, no tenía precio ver las caras de las personas –turistas, londinenses de a pie o judíos de la diáspora– que, sin buscarlo, se topaban con un cortejo de personas cantando a pleno pulmón y siguiendo a un grupo de hombres vestidos con ropajes dorados que portaban una forma redonda de color blanco. Supongo que es así como lo verían. Algunos se quedaban quietos, otros preguntaban qué sucedía, muchos no daban crédito. Escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero para nosotros...

Por lo demás, sigo picando piedra en la biblioteca Maughan, con cierto provecho. Aunque esta semana ha habido alguna novedad digna de reseñar. A veces es duro estar tantas horas en una biblioteca solo, sin hablar con nadie más que con el libro que tienes delante o con ese tal Terrence Malick, ya mi amigo del alma. En esta situación me encontraba yo hace un par de días, cuando la persona sentada a mi lado me preguntó si podía utilizar mi adaptador de enchufe por un tiempo. El hecho de que necesitara adaptador le delató como “no británico”, así que le pregunté de dónde era: Peter me dijo que era de Suecia, pero que su padre era de Málaga. Ahí quedó la cosa, hasta el día siguiente: me lo encontré en el jardín de la universidad mientras me tomaba mi sándwich. Me acerqué a él y me invitó a tomar un café junto con Danielle y Tim. Los tres están terminando un máster de economía en King’s College. Hoy por la tarde me lo he vuelto a encontrar, y hemos vuelto a tomar un brebaje caliente. Nunca se sabe hasta dónde puede llegar uno con un adaptador de enchufe o con un despertador averiado. Un día te encuentras con un tal Moro, y al otro con un sueco de origen malagueño.

Mis credenciales de investigador malickiano

jueves, 15 de junio de 2017

Bebé a bordo

El concierto benéfico, durante las piezas de jazz
“Bebé a bordo” (Baby on Board). Así dice la simpática chapa que suelen llevar prendida en el jersey o en la camisa las mujeres embarazadas que utilizan el metro de Londres. No recuerdo si la llevaba puesta aquella mujer que entró en metro de la línea azul (Picadilly Line) el sábado pasado, a eso de las tres y media de la tarde. El caso es que yo no me enteré de que había entrado en mi vagón una mujer embarazada; estaba bastante embebido (empanado) leyendo mi novelón de Dostoievski cuando un señor algo mayor, con malas pulgas, se plantó delante de mí y me sacó del universo ficticio en el que estaba inmerso –Pávlosk, afueras de san Petersburgo, con el príncipe Mishkin y la familia Yepanchín– con un grito que casi me hace saltar del asiento: You should have got up! (¡Deberías haberte levantado!). Como decía el otro día, se corta la tensión en el ambiente.

Volvía de comer con Wency, un amigo al que conocí el año pasado, que vive en las afueras de Londres: en Hounslow, esto es, donde el viento da la vuelta. Los padres de Wency son de Goa, una región de la India, aunque él se crió en Kenia antes de venir a vivir a Londres. Todo un crucigrama. El sábado Wency me invitó a comer a un restaurante donde solo servían comida típica de Goa. Digo restaurante con todo el cariño hacia lo que era un chiringuito bastante gracioso: seis u ocho mesas, forradas con manteles de plástico, una guirnalda de luces intermitentes de colores rodeando el techo y unas estanterías con cuadros y estampas que testimoniaban la fervorosa fe de aquellos cocineros: el Sagrado Corazón, la Virgen María, la Madre Teresa y hasta el beato Álvaro del Portillo se había colado a probar los sabores de Goa. Gente humilde y hospitalaria; nos sirvieron varios platos muy sabrosos y picantes.

El exterior de la Biblioteca Maughan
Otro suceso que no puedo dejar de contar es el concierto benéfico del viernes por la noche, organizado por Clement –uno de los residentes de Netherhall procedentes de Hong Kong– en el auditorio de un hospital cercano. El bueno de Clement llevaba varios días (semanas) anunciando a bombo y platillo el concierto, y allá fuimos. Yo llegué un cuarto de hora tarde, y la escena que me encontré allí fue algo surrealista: sobre el escenario había comenzado un número de danza –salsa, para ser más exactos– con mucha coreografía y poca ropa. Pero allí estábamos los entusiastas de Netherhall –con algo más entusiasmo que catadura moral, tal vez– apoyando el montaje de Clement. Soy un poco exagerado: el resto del recital fue una maravilla. Tom tocó alguna pieza de Bach al piano, Manel y Pau un andante grazioso de Mozart, Daniel algo de pop, luego un grupo de música a capella y, para terminar, algo de jazz. Al finalizar todo, Clement hizo los agradecimientos, y me impresionó cómo dio las gracias al equipo que había allí: “A mis hermanos de Netherhall”.

Algo más puedo contar del último fin de semana. El domingo fue un día tranquilo, pues lo invertí en su mayor parte en retirarme del mundanal ruido a rezar, en un centro del Opus Dei situado muy cerca de Hyde Park. Al terminar el retiro me di cuenta de que las tareas del espíritu me habían robado parte (o todo) el sentido práctico: me había olvidado la tarjeta del metro en Netherhall. ¿Cómo volver hasta allí sin tarjeta y sin cartera? Menos mal que Álvaro me salió al paso y supo darle la vuelta a la situación: nos fuimos a dar un paseo en bicicleta de lo más agradable desde Hyde Park hasta Netherhall, pasando por Oxford Street, Regent’s Park, el zoo de Londres y Swiss Cottage, entre otros lugares. Al final resulta que valió la pena olvidarme la tarjeta.

Y no me alargo más. El resto del tiempo lo paso picando piedra –aunque algunos lo llaman vida pirata– en mi rincón de la Biblioteca Maughan, y a la hora de comer salgo a los jardines a tomar el aire y un sándwich, bajo la mirada enigmática de una gran estatua negra del sabio Confucio que domina el parterre. Gracias a Dios, el martes no hubo sándwich: pude quedar a comer cerca de Somerset House con George, un doctorando del King’s College a quien conocí el año pasado en un congreso en Edimburgo. Un tipo majo, algo pirado con el tema del cine, así que hemos conectado bastante.

Mi rincón de estudio, picando piedra

El patio interior de Somerset House


miércoles, 7 de junio de 2017

Judíos y griegos

El cartel de la cafetería del King's
“Puesto que por un mismo Espíritu fuimos todos bautizados como miembros de un mismo cuerpo, ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres...”. Reconozco que me llamó la atención el cartel, tan casero y hortera (cheesy, que dirían por aquí), que colgaba de la pared de la cafetería de mi universidad. No es habitual, al menos en España, encontrar a alguien que te invite a leer la Biblia un domingo después de comer. Sería más habitual un cartel de “Ames a quien ames, Madrid te quiere” o, si acaso, la invitación a una conferencia sobre “Religión, patriarcado y violencia”, como la que me llegó hace poco al email. Al final va a resultar que los ingleses son gente buena.

Esa es la impresión que me llevo de estos primeros días en Londres: en casi todas las gestiones que he hecho hasta hoy he acabado por preguntar a una bibliotecaria o a un empleado del metro. Y siempre me han atendido con bastante amabilidad y –también hay que decirlo– he comprobado que tal vez tampoco ellos eran ingleses, al menos no en su origen. Lo mismo sucede en Netherhall, la residencia donde vivo; a medida que pasan los días y voy conociendo a más residentes, compruebo que el abanico de nacionalidades y creencias se amplía: bosnios, franceses, polacos, más italianos... La Misa de Pentecostés que celebramos el domingo pasado en el oratorio de la residencia me dejó boquiabierto: Jacob, el budista, cantaba en el coro como uno más y John, anglicano, se acercaba al sacerdote que repartía la comunión para recibir de él la bendición, en lugar de la eucaristía. En este sentido, el cartel de la cafetería se ajusta bien al paisaje humano de Londres: judíos y griegos, y de donde haga falta. Todos caben.

Vistas de Hampstead Heath, cerca de donde vivo
No puedo obviar el terrible ataque terrorista del sábado pasado, del que me enteré al día siguiente por la mañana, pues me había ido pronto a la cama. Mañana son las elecciones para el gobierno británico, y quizá sí haya una cierta tensión que flota en el ambiente. Tampoco es que yo sea el mejor termómetro, pues me paso las horas en la biblioteca del King’s College, pero por las mañanas y por la tarde me chupo un bonito trayecto en metro donde puedo ver los rostros de tanta gente y, sí, se percibe algo de tensión. A propósito de las elecciones, el sábado por la mañana salí a dar un paseo con Chema y Rafa por la zona que rodea la residencia –Hampstead, muy bonita– y nos encontramos con un joven laborista que, ni corto ni perezoso, nos pegó a cada uno una pegatina que decía “Open Britain” y nos dio un cartel del Partido Laborista para que, por favor, lo pegáramos en la ventana de nuestra habitación. A mí me hizo gracia el asunto, y no dudé en sacarme una foto con el cartel para dármelas por un tiempo de intelectual progre.

Por lo demás, la mayor parte del día la paso en la Maughan Library, donde he encontrado un rincón tranquilo y espacioso en una zona reservada a estudiantes de doctorado. A la hora de comer procuro salir del búnker donde estudio y tomar un poco de aire fresco en el jardín, donde me tomo mi meal deal, es decir, un triste sándwich con un zumo y algo de fruta. Es un poco cuelgue, para qué negarlo, pero es lo que hay aquí en Britania. Quién sabe, quizá un día de estos me una al grupo de Biblia mientras saboreo mi sándwich de pollo al curry o de atún con pepinillo.

viernes, 2 de junio de 2017

Reservas de mundo

Apenas llevo un día y medio en Inglaterra, pero han pasado muchas cosas; y creo que el hecho de poner algunas de ellas por escrito me ayuda a dar a cada una de ellas su peso. Digamos que esta andanza londinense que acaba de empezar tiene un precedente, que el lector de este blog recordará si leyó las crónicas sobre Oxford, escritas hace justo un año. He llegado a Londres –como diría el escritor Jiménez Lozano– pertrechado con una cierta “reserva de mundo”, esto es, con algunas vivencias, relaciones o prevenciones a mis espaldas, que vienen de la experiencia del verano pasado; pero también llego, quiero pensarlo así, con la esperanza de que esta “segunda navegación” que emprendí ayer traiga muchas sorpresas que rompan mis expectativas.


La parada de Finchley Road, junto a donde vivo
Me tocó en el avión un asiento letra “F”, lo cual significaba que estaba rodeado: a mi izquierda, por una anciana de rasgos chinos que se durmió antes de que la azafata diera las instrucciones de emergencia; a mi derecha, por un hispano de unos cincuenta o sesenta años –parco en palabras– que, minutos después de que yo hiciera la señal de la cruz al despegar el avión, repitió el mismo gesto sin apenas inmutarse. Aproveché entonces para darle un buen mordisco a mi novelón, que voy leyendo a trompicones pero con ganas: El idiota de Dostoievski.

El camino desde el aeropuerto de Gatwick hasta el lugar donde resido –Nethehall House: una residencia universitaria promovida por el Opus Dei– salió bien. Tomé un tren hasta la estación Victoria, después un metro hasta la parada de Finchley Road y, por último, caminé con mi maleta a rastras hasta la misma residencia, que ubiqué sin grandes dificultades gracias a la casa vecina: la vivienda donde Sigmund Freud pasó sus últimos (y tormentosos) años de vida. Netherhall es una residencia muy amplia, formada por cuatro edificios, y en estos días habitada por unos cuarenta o cincuenta residentes, muchos de los cuales están haciendo ahora sus exámenes finales. Dicho en pocas palabras, es como una versión de la ONU en pequeñito. En el poco tiempo que llevo aquí he conocido a tres estudiantes de Hong Kong, un francés, dos italianos, varios españoles, un inglés de religión budista, un portugués, un polaco, un indonesio y algunos otros de diferentes procedencias. La de ayer fue una tarde intensa: cena, tertulia –en la que me preguntaron varias veces por Terry (Malick), el amigo que me ha traído hasta aquí– y, finalmente, se organizó una adoración eucarística durante la noche, en la que participé luchando contra el cansancio acumulado del viaje. Aunque pienso que el Señor me ha dado un descanso intenso a cambio de la mengua, y me he levantado bastante fresco.

Cruzando Waterloo Bridge hacia el sur
Pero la navegación, propiamente, ha empezado hoy. Ha sido un día intenso: no tanto por el estudio, como por las diferentes gestiones que he hecho. La primera ha sido quedar con Belén, una profesora que me ha facilitado los pasos necesarios para hacer la estancia de investigación aquí, en King’s College. Pues bien, a media mañana he salido del metro en Westminster –junto al Big Ben y las casas del Parlamento– y he dado un largo y agradable paseo por la orilla del Támesis hasta la universidad. Allí me he encontrado con Belén y ella me ha enseñado el campus de King’s al que pertenezco y me ha dado un montón de consejos sobre bibliotecas y lugares que me pueden interesar. Además, me ha invitado a un café en el elegante patio de Somerset House, junto a la universidad. Después he cruzado Waterloo Bridge hasta la orilla sur del río, y allí he entrado en el British Film Institute para pedir información sobre la biblioteca y curiosear un poco la programación de películas del mes y esas cosas. A las tres me he presentado en las oficinas de King’s, también en la orilla sur, donde me han dado mi molona identificación de estudiante, que me he colgado del cuello como si se tratara del toisón de oro o algo del estilo. Antes de mi última gestión he rascado media hora de sosiego en la capilla (anglicana) del King’s –creo que se les había atascado el CD de cantos litúrgicos: una y otra vez la misma pieza– y, al fin, he visitado la Biblioteca Maughan, donde pasaré gran parte de mi tiempo estudiando y escribiendo.

Y hasta aquí por ahora. Espero poder entregar al lector una pequeña crónica de estas andaduras cada cierto tiempo –quizá una semana, quizá un poco menos–, contando las anécdotas o historias que me salgan al paso durante estos días londinenses.