jueves, 15 de junio de 2017

Bebé a bordo

El concierto benéfico, durante las piezas de jazz
“Bebé a bordo” (Baby on Board). Así dice la simpática chapa que suelen llevar prendida en el jersey o en la camisa las mujeres embarazadas que utilizan el metro de Londres. No recuerdo si la llevaba puesta aquella mujer que entró en metro de la línea azul (Picadilly Line) el sábado pasado, a eso de las tres y media de la tarde. El caso es que yo no me enteré de que había entrado en mi vagón una mujer embarazada; estaba bastante embebido (empanado) leyendo mi novelón de Dostoievski cuando un señor algo mayor, con malas pulgas, se plantó delante de mí y me sacó del universo ficticio en el que estaba inmerso –Pávlosk, afueras de san Petersburgo, con el príncipe Mishkin y la familia Yepanchín– con un grito que casi me hace saltar del asiento: You should have got up! (¡Deberías haberte levantado!). Como decía el otro día, se corta la tensión en el ambiente.

Volvía de comer con Wency, un amigo al que conocí el año pasado, que vive en las afueras de Londres: en Hounslow, esto es, donde el viento da la vuelta. Los padres de Wency son de Goa, una región de la India, aunque él se crió en Kenia antes de venir a vivir a Londres. Todo un crucigrama. El sábado Wency me invitó a comer a un restaurante donde solo servían comida típica de Goa. Digo restaurante con todo el cariño hacia lo que era un chiringuito bastante gracioso: seis u ocho mesas, forradas con manteles de plástico, una guirnalda de luces intermitentes de colores rodeando el techo y unas estanterías con cuadros y estampas que testimoniaban la fervorosa fe de aquellos cocineros: el Sagrado Corazón, la Virgen María, la Madre Teresa y hasta el beato Álvaro del Portillo se había colado a probar los sabores de Goa. Gente humilde y hospitalaria; nos sirvieron varios platos muy sabrosos y picantes.

El exterior de la Biblioteca Maughan
Otro suceso que no puedo dejar de contar es el concierto benéfico del viernes por la noche, organizado por Clement –uno de los residentes de Netherhall procedentes de Hong Kong– en el auditorio de un hospital cercano. El bueno de Clement llevaba varios días (semanas) anunciando a bombo y platillo el concierto, y allá fuimos. Yo llegué un cuarto de hora tarde, y la escena que me encontré allí fue algo surrealista: sobre el escenario había comenzado un número de danza –salsa, para ser más exactos– con mucha coreografía y poca ropa. Pero allí estábamos los entusiastas de Netherhall –con algo más entusiasmo que catadura moral, tal vez– apoyando el montaje de Clement. Soy un poco exagerado: el resto del recital fue una maravilla. Tom tocó alguna pieza de Bach al piano, Manel y Pau un andante grazioso de Mozart, Daniel algo de pop, luego un grupo de música a capella y, para terminar, algo de jazz. Al finalizar todo, Clement hizo los agradecimientos, y me impresionó cómo dio las gracias al equipo que había allí: “A mis hermanos de Netherhall”.

Algo más puedo contar del último fin de semana. El domingo fue un día tranquilo, pues lo invertí en su mayor parte en retirarme del mundanal ruido a rezar, en un centro del Opus Dei situado muy cerca de Hyde Park. Al terminar el retiro me di cuenta de que las tareas del espíritu me habían robado parte (o todo) el sentido práctico: me había olvidado la tarjeta del metro en Netherhall. ¿Cómo volver hasta allí sin tarjeta y sin cartera? Menos mal que Álvaro me salió al paso y supo darle la vuelta a la situación: nos fuimos a dar un paseo en bicicleta de lo más agradable desde Hyde Park hasta Netherhall, pasando por Oxford Street, Regent’s Park, el zoo de Londres y Swiss Cottage, entre otros lugares. Al final resulta que valió la pena olvidarme la tarjeta.

Y no me alargo más. El resto del tiempo lo paso picando piedra –aunque algunos lo llaman vida pirata– en mi rincón de la Biblioteca Maughan, y a la hora de comer salgo a los jardines a tomar el aire y un sándwich, bajo la mirada enigmática de una gran estatua negra del sabio Confucio que domina el parterre. Gracias a Dios, el martes no hubo sándwich: pude quedar a comer cerca de Somerset House con George, un doctorando del King’s College a quien conocí el año pasado en un congreso en Edimburgo. Un tipo majo, algo pirado con el tema del cine, así que hemos conectado bastante.

Mi rincón de estudio, picando piedra

El patio interior de Somerset House


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