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| El palacio de Blenheim, que visité con mi madre y mi hermano |
Ha pasado algún tiempo desde la última crónica de mis andanzas; menos mal que un mañoso cronista de Pozuelo acudió en mi ayuda para la anterior entrega de noticias londinenses. La verdad, han ocurrido muchas cosas: lo que sigue es solo una pequeña muestra que pretende recoger el espíritu de estas últimas semanas. El hecho de no escribir no me ha impedido darle vueltas a las cosas, y desde hace un tiempo tenía en la cabeza el título de esta entrega: “La culpa fue del chachachá”.
Se preguntará el lector a santo de qué traigo a la palestra el título de una canción trasnochada. Creo que resume bien lo que me ha sucedido algunos de estos días. Por una semana cambié la biblioteca y los libros por el “chachachá”; para beneficio de mi salud mental, sin duda: primero, la visita del grupo de universitarios procedentes del Club Ceah de Madrid; inmediatamente después, la visita de mi madre y mi hermano Jaime, que estuvieron conmigo hasta el final de aquella semana. No puedo añadir nada sustancioso a los días que pasé con mis amigos de Ceah: fueron días intensos, de “patear” Londres de arriba abajo, tomar buenas pintas de cerveza o sidra y poder retomar el contacto con algunos ilustres de Madrid. Los días con mi madre y mi hermano estuvieron muy bien: primero visitamos Edimburgo por tres días, luego Londres y, finalmente, viajamos a Oxfordshire para adentrarnos en los majestuosos dominios del Duque de Marlborough, es decir, el palacio de Blenheim y sus alrededores. La lluvia no impidió que pudiéramos pasear a gusto a lo largo del Royal Mile de Edimburgo, visitar una fascinante exposición sobre los bocetos y acuarelas de la entomóloga Maria Merian, tomar un buen plato de fish and chips o asistir a una Misa católica el día de san Pedro y san Pablo en St Joseph’s House, con su posterior colación de té y pastas a cargo de una simpática monja de las Hermanitas de los Pobres. Londres tampoco estuvo mal, especialmente la visita al mercadillo de Portobello Road y la obra de teatro The Mousetrap, cuyo final he jurado solemnemente no desvelar.
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| Un buen plato de fish and chips... |
El mismo lunes en que despedí a mi madre y mi hermano me embarqué en un tren rumbo a la pequeña ciudad de Lancaster, situada en la costa oeste de la isla, justo encima de Gales. El motivo de mi viaje era un congreso de... ¡Cine y filosofía! Una combinación exótica que yo mismo pongo en práctica –de algún modo– cada día, mientras escribo mi tesis doctoral. Pues sí, la “Film-Philosophy Conference” me llevó a Lancaster. Puedo decir que no iba completamente de nuevas, pues el año pasado asistí a este mismo congreso, aquella vez en Edimburgo. En Lancaster pude reencontrarme con algunos conocidos del año anterior y conocer a algunas personas nuevas. Me dio especial alegría volver a ver a Britt, una profesora de la Universidad de York con la que sintonicé muy bien en Edimburgo y con la que he seguido en contacto; a Mark, un canadiense al que ya conocía de la vez anterior, y a George, el estudiante de doctorado del King’s College de Londres que me ha facilitado tantas cosas para venir a esta tierra.
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| Durante una de las cenas del congreso de cine y filosofía |
En pocas palabras, diré que el congreso tuvo sus partes mejores y peores: lo mejor, sin duda, fueron los
coffee breaks y las comidas, donde podías hablar de tú a tú con gente interesante y compartir ideas; lo peor, tal vez, fueron algunas de las presentaciones. ¿Por qué? ¿Acaso eran aburridas? No exactamente, pero hoy día en las áreas relacionadas con las humanidades es bastante habitual encontrar siempre el mismo tipo de enfoques: teoría de género, teoría
queer (quien sepa entender que entienda) y posmodernidades del estilo. Hace unos meses leí
un artículo de una profesora de literatura de Estados Unidos que denunciaba esta tendencia y animaba a los académicos del mundo a combatirla con “pequeños actos de valentía” (
tiny acts of courage). Esta idea se me quedó grabada en la mente, y desde entonces me he propuesto ponerla en práctica. En este sentido, la presentación que hice en el congreso era un “pequeño acto de valentía”, por algunas de las ideas que exponía. Diré, por último, que ir a Misa todos los días en Lancaster fue una aventura homérica. No olvidaré mi primera mañana: desayuné temprano y cogí un bus que me dejó cerca de un colegio católico donde, según me habían informado, se celebraba una Misa. Llego, y la puerta de la iglesia está cerrada; llamo a la casa parroquial y la señora me dice que ni ese día ni el siguiente habrá Misa. Bajón absoluto, lluvia, y nada que hacer hasta el mediodía, que era la Misa en la catedral. Al siguiente día me fue imposible asistir –la única Misa en la zona era a la misma hora que la presentación que daba– y temía que me ocurriera lo mismo al día siguiente. Arriesgué y volví al colegio, sintiéndome un poco con la incertidumbre de Abrahán camino del monte de Moria (recuerdo que eran las lecturas de la liturgia en esos días). Finalmente, como en la historia del patriarca, todo salió bien.
Por lo demás, los días posteriores a Lancaster han sido de bendita rutina. Biblioteca, sándwich, biblioteca, y vuelta Netherhall. Es lo que necesito: ponerme las pilas con la tesis, escribir. Aunque entre biblioteca y sándwich pude ir esta semana con mi amigo George y un tercero –amigo suyo– a ver la última película de mi amigo Terry Malick: Song to Song. Una película difícil, a veces muy dura, pero con un cierre luminoso, lleno de esperanza. La sombra de Malick es alargada, y parece cubrir mi entera existencia en estos días londinenses.
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| Una graciosa advertencia que encontré en el tren hacia Lancaster |
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| Una presentación del congreso fue sobre Sospechosos habituales |
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| El desayuno de los campeones para un día de tesis |
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