lunes, 22 de julio de 2019

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Brunel

Durante los últimos días suelo ir por las mañanas a Brunel University. Lo que hago es, principalmente, corregir el texto de mi tesis doctoral, adaptándolo para su posible publicación como libro. Ya he encontrado una editorial y, quién sabe, quizá dentro de unos meses el apreciado lector pueda encontrarlo en su librería de confianza. Esta tarea es un trabajo “de chinos”: consiste sobre todo el meter tijera y más tijera, cambiar expresiones demasiado académicas, quitar citas pedantes, dar al texto un tono más asequible, crear cierta intriga... Lo del trabajo de chinos (o casi) parece encajar con la situación, pues a mi lado tengo siempre al señor Masahiro, quien me mira fijamente cuando llego al despacho por la mañana y me dice las únicas palabras que sabe de español: “¿Cómo estás?”. Las conversaciones que tenemos a la hora del sándwich tienen bastante miga: normalmente él me cuenta alguna cosa de su familia, como los problemas que están teniendo para encontrar un colegio especial para su hijo autista o su última visita al Science Museum de Londres. Creo poder decir que es un hombre realmente bueno, que cuida mucho de su familia y, tal vez por ello, muchas veces le sorprendo quedándose dormido sobre el libro que tiene entre manos. Le he invitado a que viniera a cenar un día a Hounslow, pero me ha dicho que la hora de la cena le va mal, pues tiene que acostar a su hijo, Masamoto.

La maqueta que empleó Kubrick para ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú

A mi rutina de estos últimos días he sumado películas francesas. El caso es que tengo que ver, con idea de escribir un artículo, nueve películas del director francés Robert Guédiguian. No es fácil encajar una película en el horario del día, pero algo he conseguido. Intento irme pronto de la universidad para, un rato antes de la cena, ver la película que me toque. Ya solo me quedan dos y, en fin, hay de todo. Me esperaba, en general, algo más de Guédiguian, ¡para qué lo voy a negar! Algunas historias son un poco flojas y otras tienen, como buen cineasta francés, bastante nudismo; algo que aporta bien poco en la mayoría de los casos. De todas las que he visto hasta ahora, me quedo con Mi padre es ingeniero y Las nieves del Kilimanjaro. Por otra parte, recordará el atento lector que el escritor Chaves Nogales se bajó hace unos días del autobús 222 que me lleva a Brunel; en su lugar tengo ahora como compañero al mismísimo Terrence Malick, gran cineasta, amigo inseparable. Me estoy leyendo el libro que acaba de publicar sobre él el crítico de cine Alberto Fijo, con el fin de escribir una reseña y, de paso, aprender un poco más acerca de Terry.

El cartel de entrada de la exposición en el Design Museum de Londres

Si tuviera que destacar un acontecimiento de la semana, este sería la visita que hice, en compañía de mi amigo Antonio, a la exposición sobre Stanley Kubrick organizada por el Design Museum de Londres. Una verdadera maravilla para todo aquel que disfrute del cine y que tenga curiosidad por este director con un estilo tan marcado. Pudimos ver de nuevo algunas escenas memorables de sus películas, los objetos usados para el rodaje de La chaqueta metálica, Espartaco o 2001: Una odisea del espacio o la inmensa biblioteca que recopiló el cineasta para documentarse sobre Napoleón, en torno a quien planeó una gran película, de proporciones desorbitadas, que nunca llegó a realizar. Era gracioso leer las cartas amenazantes que le enviaban, con insistencia, las sociedades bíblicas o presbiterianas de Estados Unidos para que parase de inmediato el rodaje de Lolita, una película de poca catadura moral. Kubrick debía de ser todo un personaje.

En cierto modo, como diría el filósofo, podría decirse que esto es una tortilla de patata...

Por lo demás, mi vida en el extrarradio londinense no tiene grandes novedades. El fin de semana me lo he pasado enfrascado en tareas domésticas. Es lo que tiene vivir en una casa donde, o haces tú estas tareas, o no las hará nadie. A veces me cuesta todo esto, porque no estoy acostumbrado, pero por otra parte pienso que me ayuda a poner los pies en la tierra, a saber “lo que vale un peine”, dicho coloquialmente. Otras veces es más apetecible, sobre todo cuando se trata de cocinar algo; un terreno en el que me manejo relativamente bien. Así, la hora que podría pasar leyendo mi libro sobre Terrence Malick me la paso planchando camisas, limpiando los baños de la casa, yendo al supermercado o cocinando una tortilla de patata. Algo más hubo el fin de semana, gracias a Dios: inesperadamente, entre el viernes y el sábado vimos en dos partes (pues es muy larga) La lista de Schindler, una gran película sobre la dignidad del ser humano. “Quien salva una vida salva al mundo entero”, le dice su contable Itzhak Stern a un Schindler perplejo, mientras le entrega un anillo en agradecimiento. Además, ayer por la noche vino a cenar Carlos, un amigo de Wency, con su mujer Ritu, que es de origen nepalí. Cenamos pollo con arroz, y unas lentejas al estilo del Nepal.

La mesa de montaje de Kubrick (cortaba la película con una cuchilla de afeitar)
Las claquetas de sus películas

El famoso atrezzo de La chaqueta metálica

sábado, 13 de julio de 2019

“God bless you”

Esta vez me ha costado mucho sacar un rato para escribir la crónica sobre los últimos días en Inglaterra. La semana ha venido con la panza bien llena, cargada de acontecimientos que, en la medida de lo posible, quisiera compartir con el apreciado lector. Muchas cosas no han cambiado con respecto a las semanas anteriores, pero otras sí. Por ejemplo, mi amigo Wency volvió de sus vacaciones en Algeciras hace unos días. Se le ve más alegre, con más vitalidad y con más fuerzas. Mi soledad doméstica ha tocado a su fin; también por la llegada de Antonio, un amigo y colega de la Universidad de Madrid, que también ha venido a vivir en casa de Wency. Como decía, otras cosas siguen igual: entre ellas están mis visitas a la parroquia de Ss Michael and Martin de Hounslow. Reconozco que el otro día llegué a la iglesia especialmente cansado, tal vez con dolor de cabeza, y no me ayudó demasiado ver a todos aquellos indios venga a tocar las estatuas de los santos y a ponerles velas, una y otra vez. “A uno le dan ganas de hacerse protestante”, me decía a mí mismo. Sumido en estos pensamientos, más bien negativos, se me acercó una ancianita de muy baja estatura y de sopetón me dijo: “God bless you”. Aquello me rompió los esquemas, y salí de la iglesia muy contento.

Inesperado Fish and chips con Ximo, en la calle High Holborn

Lo que agradezco de estos días es que han estado llenos de encuentros con gente querida. Uno de estos encuentros fue con mi amigo Ximo, o “Chi-Mou”, como seguramente le llamarán sus futuros compañeros asiáticos de la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde dentro de unas semanas se va a empezar un doctorado en Economía. Me encontré con Ximo hace dos o tres semanas, pues pasaba por Londres por motivos de trabajo. Fue un encuentro algo atropellado, cerca de la parada de metro de Acton Town, y con bastante poco glamour: mientras el hambriento Ximo, que apenas había desayunado, se metía una hamburguesa de pollo entre pecho y espalda, nos pusimos al día sobre unas cosas y otras. Sorprendentemente, cuando yo ya pensaba que no volvería a ver a aquel despistado valenciano hasta dentro de mucho tiempo, recibí un mensaje suyo hace unos días: “¡Estoy por Londres! Podemos ir a cenar”. Era viernes, y fuimos a un pub en la calle High Holborn para degustar un clásico de la gastronomía isleña: fish and chips. Después dimos un paseo por la zona, llena de majestuosos colegios de abogados, hasta que nos encontramos con la estatua de santo Tomás Moro. Nos miraba con una sonrisa contenida, desde su hornacina: “¿Por qué no entráis a tomaros una cerveza?”. Debajo de su estatua hay otro pub muy gracioso, pequeño, con pelucas de jueces y carteles de cine sobre películas de juicios. Además, un elegante gato blanco y negro se paseaba por los grifos de cerveza mientras los clientes le hacían carantoñas y jugaban con él.

Reencuentro con Colin, en la Film-Philosophy Conference en Brighton

De todo lo sucedido, creo que hay algo que destaca de modo especial: mi visita a la Film-Philosophy Conference en Brighton, el martes pasado. No sé si el lector habrá tenido esta sensación, pero creo que hay veces en la vida en que uno se lanza a tomar decisiones que ni se hubiera imaginado horas antes, y resulta que son decisiones que traen un gran bien. Desde mi fe, pienso que se trata de la acción de Dios, que nos lleva y nos trae, hacia bienes que ni sospechamos. Pues bien, poco después de llegar el lunes a Brunel University, decidí comprar unos billetes para ir a Brighton al día siguiente, a un congreso sobre cine y filosofía al que he acudido en años anteriores. No tenía dinero para quedarme en Brighton los tres días que duraba, así que hice un viaje en el día, de salir por la mañana (desde la estación de Victoria) y volver por la noche. Pude reencontrarme allí con algunos colegas interesantes: como Catherine, Armando, Andrew, Daniele... También estaban Chantal y Dani, dos jóvenes doctorandos de Barcelona, muy simpáticos; a ella le conozco porque hemos recibido la misma beca de doctorado. Me dio una alegría especial reencontrarme, después de tres años, con Colin. Él es guionista y ¡ojo al dato! sacerdote de la Iglesia anglicana. Me regaló su último libro, sobre la fe en la película Stalker de Andréi Tarkovski (titulado Perfect in Weakness). Con ganas de un próximo reencuentro para seguir conversando, nos despedimos por la tarde en Brighton. “God bless you”, le dije, devolviéndole aquello que la ancianita me había regalado unos días antes.

El escudo de Oxford, en mi visita a la Universidad hace poco
Quedan cosas en el tintero, unas cuantas. El jueves fui con Antonio a pasar el día a Oxford. Nos encontramos allí con un profesor de Oxford Brookes University, llamado Paolo, para hablar sobre un proyecto de investigación en el que estamos metidos los tres, sobre la crisis de la identidad de Europa y cómo esta se refleja en el cine de los últimos años. Un día después hice otro plan memorable con Antonio: fuimos a cine Imax del Science Museum de Londres para ver la película Apollo 11, sobre la llegada del hombre a la luna. Una experiencia increíbe, muy emocionante. También me despedí el viernes pasado del maestro Juan Martinez, el que estaba allí. Me terminé el libro de Chaves Nogales, con cierta pena; me había encariñado con el maltrecho bailaor de flamenco.

El gato de Tomás Moro, algo alcohólico...

Fachada de la Bodleian Library, en Oxford

Una de las sesiones en la Film-Philosophy Conference

Con Antonio, visitando la Bodleian Library

Ealing Common, la belleza del verano inglés

jueves, 4 de julio de 2019

Solo en casa

“Te creo, pero mi ametralladora no... Corre porque voy a contar hasta tres, ¿me entiendes? Voy a contar hasta tres para que salgas echando mistos por la puerta... ¡Uno, dos...!”. Algo así decía la película que ponía una y otra vez, a todo volumen, el niño de Solo en casa para ahuyentar a los extraños. Lo digo porque estos días, hasta el sábado, yo también estoy solo en casa, como la mítica película de Macaulay Culkin que tantas veces me tragué de pequeño en VHS. Mi amigo Wency ha cogido las maletas y se ha ido con una familia amiga que vive en Algeciras: le recomendaron que tenía que descansar y tomar el sol, y allá se ha ido.

La pregunta con la que me topé al llegar al aeropuerto de Heathow

Yo también abandoné estas tierras de la Gran Bretaña por unos días, la semana pasada. Como recordará el atento lector, tuve que regresar a Madrid para poner los exámenes de recuperación en la Universidad; una de las tareas menos agradecidas del profesor. En mi caso, hubo muchos que no vinieron, y ahí me quedé yo esperando, como decía el narrador de Casablanca: “Pero los otros esperaban en Casablanca... y esperaban... y esperaban... y esperaban...”. Mis días en España fueron bastante intensos: doy gracias a Dios porque vi a unos cuantos familiares y amigos. Entre un desayuno por aquí, un café por allá o una comida por acullá pude encontrarme con algunas personas queridas y conversar con ellas con cierta tranquilidad. “¡Siempre desde la conversación, Pablo!”, sabia frase que le gusta decir a Carlos, un amigo que pronto se irá unos meses a México de Erasmus. El fin de semana cogí un autobús de ALSA para ir a Bilbao y poder pasar un tiempo con mi padre: Bilbao estuvo muy bien, pero acabé un poco mareado de recorrer la meseta hacia el Norte y vuelta. Al menos pude bañarme dos veces en la playa de Ereaga, muy cercana a donde vive mi padre, y tumbarme en la arena a disfrutar de mi novela.

Vistas del Cantábrico desde la playa de Ereaga

Mi regreso a Londres no tuvo nada de particular. Sí que llegué con la ilusión de acometer la segunda parte de mi estancia, llevando unos cuantos proyectos en la cabeza. Mi llegada a Brunel University, al día siguiente, fue de lo más original: me encontré con una chicha ciega que estaba buscando su Hall (es decir, su residencia) y me ofrecí a ayudarle. Una situación curiosa cuanto menos: quien me hubiera visto de la mano con aquella estudiante de origen indio podría haber pensado cualquier cosa. Finalmente llegué a mi pequeño despacho, donde estaba el señor Masahiro; cualquiera diría que no se había movido de ahí, pegado a su libro en japonés con complejas fórmulas de macroeconomía. Cada día estoy más convencido de que Masahiro es una gran persona: el otro día me contó que le estaba costando mucho encontrar un colegio especial para su hijo con autismo y que, si no lo encontraba para dentro de un mes, tendría que pensar en cancelar su año sabático y volver a Osaka. “Mi hijo es la primera prioridad en nuestra familia”, me dijo.

He vuelto a la rutina de preparar los sándwiches por la mañana

En cuanto a estar solo en casa, a veces se lleva mejor y otras peor. No es fácil estar solo (“No es bueno que el hombre esté solo...”, ya lo decía Dios en el relato del Génesis). Creo que la soledad prolongada te puede ir haciendo raro poco a poco, sin que apenas lo notes; por eso intento ir a la Universidad, al British Film Institute, a Westpark, el centro de la Obra. Ayer y hoy me han invitado a cenar en Westpark. El director de la casa, Stephen, me animó a que no me quedara colgado en casa y que fuera allí a cenar y a charlar un rato con la gente que vive allí. Ha sido un encuentro muy grato, donde he vuelto a ver de cerca que el Opus Dei es una familia. Por otra parte, en mis trayectos en autobús sigo contando con la compañía del maestro Juan Martínez, protagonista de la increíble crónica de Chaves Nogales sobre un bailaor de flamenco en la revolución bolchevique. Tengo que reconocer que últimamente el libro se está volviendo un poco truculento, debido a los detalles que da acerca de lo dura que fue la revolución rusa, y me suelo bajar del autobús con el estómago de punta, pensando que un guardia rojo me va a dar un bayonetazo a la vuelta de la esquina.

El jardín de mi casa, hoy al anochecer