Recién aterrizado en Madrid, a mi regreso de Roma, escribo unas últimas líneas sobre mi estancia en la ciudad eterna. Mi madre ha venido a pasar unos días conmigo y, ya en el avión de vuelta, nos han tocado asientos separados. Cuando el avión despegaba del aeropuerto de Fiumicino se me ha ocurrido rezar el rosario, uno muy colorido que mi amigo Miguel me trajo de Medjugorje, y al tiempo me he quedado completamente noqueado. Poco después, estando todavía somnoliento, la señora que tenía a mi izquierda me ha preguntado cuál era el motivo de mi estancia en Roma, y me ha dicho que le había llamado la atención verme rezar el rosario. A continuación ha ocurrido algo bastante alucinante, difícil de resumir: ella y su marido me han contado que hace años un hijo suyo activó una máquina Polaroid, sin abrir el objetivo, en un viaje que hicieron a Fátima, y de la máquina salió una fotografía donde aparecía la Virgen María. Así, tal cual. Yo me he quedado ojiplático, y ellos me han seguido contando que han viajado varias veces al Vaticano, y que se reunieron con Ratzinger cuando era cardenal, y más tarde cuando era Papa, y luego con Francisco. Todo esto enseñándome fotos de los encuentros con los susodichos. Además, en la fotografía milagrosa, la Virgen aparecía iluminada por un fuerte resplandor. "Nos dedicamos a hablar sobre el misterio de la luz", me han dicho. Luego hemos seguido hablando de otras cosas, y al aterrizar nos hemos despedido.
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| El tramonto desde Trinità dei Monti. Foto de Marcial Núñez. |
Todo esto me ha dejado pensativo, y, sobre todo, me ha golpeado la referencia al misterio de la luz. Es bonito que la nota final de estos días sea precisamente esta, la luz. Como bien sabe el lector, la Semana Santa culmina con la Pascua, cuya celebración por antonomasia, la Vigilia Pascual, destaca por la llamada liturgia de la luz. He ido con mi madre a las celebraciones en la basílica de Santa Maria Maggiore, por recomendación de mi amigo Andrés, el pirata. Ciertamente, es un lugar maravilloso para vivir la celebración de la Semana Santa, pues todo contribuye a sumergirte en los misterios que allí se celebran: la belleza del lugar, el coro de gran calidad, los elegantes ornamentos y vestiduras litúrgicas, la pausa con la que se hace todo, etc. Allí uno se da cuenta de que en el momento en que el celebrante dice "El Señor esté con vosotros", el tiempo de este mundo se para e inicia un tiempo distinto, que no es de aquí abajo. Es impresionante ver la basílica entera a oscuras, solamente iluminada por la tenue luz de las velas que la gente va encendiendo, y, cuando empieza el canto del Gloria, las luces se encienden de golpe y las campanas repican. Irrumpe el misterio de la luz.
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| Santa Maria Maggiore, instantes antes de comenzar el Jueves Santo. |
La luz fue también la protagonista de un paseo que di con mi amigo Marcial hace unos días. Íbamos a cenar a un pub irlandés, como conté en la anterior crónica, y de repente él vio en un cruce de calles cómo empezaba a atardecer. "¡Vamos allá arriba!", me dijo señalando el mirador de Trinità dei Monti, y allá subimos a prisa, para contemplar con detenimiento un atardecer majestuoso, donde los tonos amarillos daban paso al naranja, y este a los matices rojos y violetas. Una pareja de jóvenes se me acercó y me preguntó si les podía hacer unas fotos frente al tramonto, como se dice en italiano. Yo accedí encantado, y tan pronto tuve su móvil en mis manos, los amantes empezaron a darse un beso kilométrico, como el de Cary Grant e Ingrid Bergman en la película Encadenados. Yo intentaba cumplir con mi tarea de fotógrafo, y he de decir que se me saltó alguna lágrima, porque aquellos dos jovenzuelos no se estaban morreando de mala manera, sino de una manera limpia, o eso me pareció, digna del atardecer romano que enmarcaba la escena.
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| Las glicinias de mi casa, hoy por la mañana. |
Concluyo estas líneas con la referencia a algunos encuentros de los últimos días. Me dio mucha alegría sentarme a comer con mi amigo Álvaro el lunes pasado, mientras disfrutábamos de una rica comida en la Trattoria Grano, junto al Gesú. El jueves cené con mi madre en otra trattoria bastante recomendable, Gli Angeletti, cercana al Mercado de Trajano, y el sábado comimos ella y yo con Carlos y Juan, dos amigos sacerdotes que viven en Madrid. Finalmente, el domingo hice un último homenaje al ya mítico —mítico para mí, al menos— Caffè Perù, en la Via Monserrato, e invite allí a comer a mi amigo Andrés, el cinéfilo cafetero, y a mi madre; resultó un encuentro de lo más grato, con una conversación que podría haberse prolongado por largo tiempo. Algo parecido me ocurrió un rato después, pues fui con mi madre y Marcial a tomar un chocolate caliente a una cafetería cuyo nombre no recuerdo, y que parecía sacada de una novela de Stefan Zweig, como si hubiesen rebobinado el tiempo cien años, o algo así. Por último, el día de ayer, domingo de Pascua, concluyó con una cena en mi casa, con Germán y José Miguel, mi madre, y algunos vecinos, entre ellos Fabricio, que hoy ha recibido el bautismo en la Iglesia con cuarenta y tantos años. Casi nada. Al terminar la cena, Germán me dejó las llaves de su coche y le acerqué a mi madre a su alojamiento en la Piazza Farnese, la casa de la Brígidas. Me gustó conducir de vuelta por aquellas calles que he pateado tanto durante estas semanas, pero de noche y en silencio. Me recordó a lo que la protagonista de Lady Bird le decía por teléfono a su madre en la escena final de tan estupenda película: "Mamá, ¿te emocionaste la primera vez que condujiste por Sacramento? Yo sí". ¿Y tú? ¿Te emocionaste la primera vez que condujiste de noche por Roma? Yo sí, me emocioné, y le di gracias a Dios haberme traído a Roma estos dos meses, tan luminosos y alegres.
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| Santa Maria Maggiore, la noche de la Vigilia Pascual. |
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| Mi última visita al Caffè Perú. |
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| San Pedro ayer por la tarde. |
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| De derecha a izquierda, Marcial, yo y mi madre. |
Pues algo me dice que esos recuerdos y los que no plasmas en el blog no se perderán como lágrimas en la lluvia...
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