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| Westpark, el centro de la Opus Dei donde he ido cada semana |
En los últimos días, Netherhall se ha convertido en una “merienda de negros”. El curso de inglés de chicos ecuatorianos, que terminó hace unos días; el curso anual de numerarios del Opus Dei que comenzó el sábado pasado; gente que viene, gente que se va. Es frecuente preguntar en el desayuno por aquel chaval tan majo o por aquel otro, y que el de al lado te responda, secamente: “Se marchó hace dos días”. Pues eso: el caos y la confusión se han apoderado de esta noble casa de Netherhall. También la confusión de lenguas, como en tiempos de la torre de Babel: alguno de los numerarios no habla “ni jota” de inglés, y otros lo chapurrean, mientras los residentes de la casa siguen practicando religiosamente la lengua de los anglos. Me gustó el resumen que me hizo Chechu –un viejo conocido del colegio donde estudié, Gaztelueta– hace pocos días, así que pensé en usarlo como título de esta última crónica: “Pablo, me decía, esto es una merienda de negros”.
A la merienda se ha sumado el hecho de que la pasada fue mi última semana completa en Londres. En la anterior crónica hablaba de una sensación de vértigo, que con los días se ha ido atenuando. Me daba vértigo ver que solo tenía una semana para terminar el capítulo de la tesis que me traía entre manos, y atar los nudos más difíciles en los últimos epígrafes. Pero al final creo que he conseguido salir del paso. Algunos días tuve que rascar algunas horas más y pedir late dinner en Netherhall, para quedarme en la biblioteca Maughan hasta tarde. Recuerdo la sensación de cuelgue absoluto del viernes pasado, al salir de la biblioteca a las 8:30 de la tarde-noche, mientras en el pub más cercano la gente brindaba ruidosamente con sus pintas de cerveza. Otro suceso curioso fue el incendio del jueves por la mañana en la biblioteca. Acostumbrado a los simulacros de incendio semanales –en los que nadie se inmutaba de su silla–, pensé que el del jueves era otro aburrido simulacro. Al parecer no era así, y nos sacaron a todos a la calle, a la espera de que apagaran el fuego. La bibliotecaria de mi zona me aseguraba muy seria que esta vez era “un fuego real”. Pero media hora más tarde habíamos vuelto todos a nuestros sitios: tal vez el incendio no fue más que un cigarrillo mal apagado o una bibliotecaria con ganas de quemar aquel libro que le dio tantos quebraderos de cabeza.
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| El ábside de la catedral de Canterbury |
Entre tanto, el metro de Londres sigue siendo un lugar de sensaciones fuertes. O eso parecen buscar algunas personas que me he encontrado en los últimos días. Cuando el encargado de la estación levanta la señal para indicar que las puertas se cierran –“This train is ready to depart! Mind the doors please! Mind the doors!”–, más de uno decide arriesgar la bolsa y la vida, lanzándose al interior del vagón a riesgo de ser atrapado por las puertas que se cierran, algo que les ocurre con bastante frecuencia a estos pasajeros suicidas. Por otra parte, se masca la tensión en los viajes donde el vagón va tan lleno como una lata de sardinas. Ayer, por ejemplo, el que iba detrás de mí me llamó “imbécil” –no comprendí muy bien por qué, tampoco quise preguntárselo–, y se quedó tan ancho. Pero no todo son odio y tendencias suicidas: me he encontrado con escenas admirables en el metro y las calles de Londres. Personas de buen corazón, que se detienen a hablar con el mendigo que pide a la salida del metro y le compran un bocadillo en la tienda de al lado. También hace unos días me encontré con una señora musulmana que iba rezando esa especie de rosario que suelen llevar; me hizo gracia, porque yo estaba a su lado haciendo algo parecido: rezando mi rosario, con el mismo movimiento de pasar cuentas.
Hablando de religiones, el sábado pasado hice una excursión a Canterbury, una pequeña ciudad al sur de la isla, muy cercana a Dover. Canterbury es el núcleo de la Comunión anglicana, es decir, de los cristianos separados de la Iglesia católica romana (la mía) a mediados del siglo XVI. Todo fue por causa de un rey cabezota que quiso ser más que el Papa y se nombró a sí mismo cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Allí, en Canterbury, tienen estos hermanos separados –buena gente, por lo demás– su “iglesia madre”, la catedral de Canterbury, desde donde ejerce su ministerio el arzobispo Justin Welby, primum inter pares de los obispos anglicanos. El día era típicamente británico: cielo gris, lluvia ininterrumpida... Antonio –que venía conmigo– y yo dimos un paseo por la ciudad, entramos en la catedral y asistimos a unas vísperas (anglicanas) cantadas. Allí, visitamos el lugar de la catedral donde santo Tomás Beckett fue asesinado por unos secuaces del rey Enrique II, el 29 de diciembre de 1170. “¿Quién me librará de este cura inoportuno?”, dicen que se le escapó al rey; al oír estas palabras, cuatro caballeros partieron hacia la catedral y mataron a Beckett.
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| La majestuosa cafetería del Victoria & Albert |
Termino esta crónica hablando de despedidas. Durante estos últimos días he podido quedar con algunos amigos para comer con ellos y despedirme en condiciones. El jueves pasado comí con George, el doctorando de King’s College, con el que he hecho una buena amistad. Al día siguiente comí fish and chips con Daniel, amigo que conocí el año pasado en Oxford, y que el próximo septiembre comienza su noviciado en Cambridge como dominico. Bastante alucinante. Por último, el domingo estuve con Alex a la Misa súper solemne del Oratorio de Brompton Road y después fuimos a comer a la majestuosa cafetería del museo Victoria & Albert, todo un prodigio de arquitectura victoriana. También pude despedirme ayer de Tomás Moro –recuerdo cómo me miraba con expresión contenida desde su hornacina en Carey Street– y de tanta gente estupenda de Netherhall, con la que he tenido la suerte de compartir estas semanas londinenses. Rematamos el día brindando con una buenas pintas de cerveza en el jardín del Freemasons Arms.
Y hasta aquí llega la crónica de estas andaduras londinenses. Escribo las últimas líneas desde el avión rumbo a Madrid, con mucho agradecimiento a las personas que he conocido estos días, con las que espero volver a encontrarme en futuras andanzas.
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| Con Antonio frente a la iglesia de St Dunstan, Canterbury |
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| El lugar del martirio de santo Tomás Beckett, en la catedral |
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| Placa situada junto al lugar del martirio de Beckett |
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| Despedidas. El avión de regreso a Madrid, desde Gatwick |
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