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| La Maughan Library, mi cuartel general |
El lunes pasado llegué a Inglaterra. Es mi tercera estancia en estas tierras, a las que he cogido cariño. En pocas palabras, podría decirse que mi viaje Madrid-Londres fue una especie de carrera de obstáculos, marcada por un solo objetivo: llegar a las oficinas de mi universidad (King’s College London) antes de las cuatro y recoger allí mi tarjeta de estudiante (visiting research student) para este mes. Digamos que no iba sobrado de tiempo, pero estoy seguro de que hubo algún angelote por ahí –un tal Clarence, como en ¡Qué bello es vivir!– que aceleró las turbinas del avión y pisó el acelerador del tren que iba del aeropuerto de Gatwick a la ciudad pues, al final, todo salió on time. Por lo demás, pude estirar las piernas (todo lo que permite un avión low-cost) y leer un poco del libro que tengo entre manos: El mundo de ayer, las apasionantes memorias del escritor Stefan Zweig. Ahí estaba –como un clavo, antes de las cuatro– frente al oficinista del King’s, que me preguntó qué tal estaba; y yo, ahorrándole los detalles, le dije (ocultando los dos ‘camachos’ que crecían bajo mis brazos de tanto trajín) que todo bien, como si llevara semanas viviendo allí.
Netherhall, la residencia de estudiantes donde vivo, seguía en su sitio. De hecho, algo de lo que me he dado cuenta es que, en apenas unos minutos, volvieron a mi mente los hábitos y costumbres del año pasado: girar por esta calle, bajarse en tal parada de metro, doblar aquella esquina, etc. No me gusta del todo, pues pienso que quedarme en esto sería algo así como “vivir de prestado”, sin buscar las novedades que –seguro– traerán estas semanas. Aunque hay cosas que nunca cambian y, si hablamos de Inglaterra, más aún: en el caso del desayuno esto es un punto a favor. Tostadas, huevo, café, zumo de naranja, cereales... Los desayunos de Netherhall son una especie de arca de Noé donde todo cabe. Me hizo gracia el comentario que hizo Steve, un inglés ya veterano, cuando desayunaba frente a mí el primer día: “Esto –dijo señalando al café– es medicina por la mañana”. Y poco después, añadió: “Y esto –señalando el bote de mermelada de naranja amarga– es medicina para mí, porque soy británico”.
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| Al rescate de mi amigo Newman... |
A lo largo de estos primeros días he podido reencontrarme con algunos conocidos que también vivían en Netherhall el verano pasado: Álvaro, Alex, Tom, Michael, Clement, Pau, Father Dancho... Con Father Dancho, el capellán de la residencia, llevo coincidiendo –por cosas de las vida– ya tres veranos, y me dio un gran abrazo al verme. También hay caras nuevas, de procedencias variadas: Polonia, España, Italia, Francia, Portugal... Es otro de los puntos a favor de este lugar: no importa que hables inglés bien o mal, pues casi todos los que están cenando contigo o en la sala de estar son tan poco británicos como tú, aunque todos seguimos el pacto tácito de hablar (casi) siempre en inglés, incluso fingiendo acentos más o menos british y regando la pronunciación con unos sorbos de té. Siempre es agradable saber que, después de un día intenso en la biblioteca en un silencio casi monacal, Netherhall está lleno de gente simpática que, en cualquier momento, te empieza a hablar sobre jazz o sobre musicales de Hollywood, como me ha pasado esta tarde.
Pero bueno, a lo que he venido es a darle un empujón a mi tesis doctoral sobre Terrence Malick, mi inopinado amigo del alma. Una vez más, mi cuartel general es la Maughan Library del King’s, donde se estudia muy bien y, además, el mismo edificio –una especie de neogótico que recuerda el estilo de algunos colleges de Oxford– invita a ello. Hablando de oxonienses, el primer día me sucedió algo bastante curioso: cada cierto tiempo los bibliotecarios ponen en la planta baja de la biblioteca una estantería con libros que han retirado porque están ya muy usados o por razones que desconozco. Al salir al mediodía para descansar y comer eché un ojo a la estantería y encontré, contra toda esperanza, un libro de mi admirado amigo John Henry Newman: La gramática del asentimiento, un ensayo que –hasta donde sé– bucea en los entresijos de la fe y sus condiciones de posibilidad, dicho con palabros filosóficos. Lo cogí sin dudar, pensando que lo estaba rescatando de caer en otras manos o de alimentar una chimenea en invierno. En estos descansos de la comida he optado escapar de la mirada de Confucio (la estatua que domina el jardín de mi biblioteca): pasear un poco e ir a lugares variados; algún parque o rincón donde comer mi (triste) sándwich con unas buenas vistas.
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| La catedral de san Pablo, como en Mary Poppins |
Ayer fui paseando hasta la catedral (anglicana) de san Pablo, que no está muy lejos de la biblioteca. Ahí estaba el imponente edificio, una curiosa mezcla de san Pedro del Vaticano con el Capitolio de Washington, rodeado de trabajadores que van a sus jardines o escaleras no precisamente a honrar al Dios de Abraham, sino a tomarse su sándwich. Miré si se podía entrar pero, como no había ningún servicio religioso en ese momento, la entrada valía un ojo de la cara. Me vino entonces a la cabeza la parroquia católica a la que había ido a Misa aquella mañana (santo Tomás Moro), y me encajó aquella frase que dijo –o dicen que dijo: en cualquier caso es buena– Oscar Wilde: “La Iglesia católica es solo para santos y pecadores y la Iglesia anglicana, para gente respetable”. Es cierto, en Londres uno puede encontrar en una iglesia católica a los personajes más insospechados, guarros y harapientos, y a su puerta siempre hay un pobre pidiendo limosna. En cambio, las iglesias anglicanas –a las que, por otra parte, tengo cierto aprecio– o están vacías o se utilizan para recitales musicales a la hora del sándwich. Aquí dejo mi crónica londinense, un poco tocado por una cerveza que me acabo tomar en la tertulia de la noche. Casi al terminarla he mirado por casualidad su etiqueta y he visto que ponía: very strong...



Ya tengo ganas de leer la próxima crónica!!
ResponderEliminar¿Quién eres, querido lector?
EliminarI enjoyed the story, I will follow the blog.
ResponderEliminarNo pone el autor de este último post, Soy Pablo Alzola Earle
ResponderEliminarGrande Pablo
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