Recuerdo que cuando hacía la carrera en Navarra, Gabriel, un profesor de literatura excelente, nos dijo que los vascos se hacían tres preguntas existenciales, siendo la última la más importante: quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos... a comer. Reconozco que me he sentido identificado con la tercera pregunta estos días en Roma. Dado que suelo trabajar en la Biblioteca de la Pontificia Università della Santa Croce, PUSC, a la hora de comer he de sacarme las castañas. La primera alternativa me la dio Javier, que trabaja en la Biblioteca: un día me llevó a tomar un
panino, un bocadillo, y a dar una vuelta por el Largo Argentina, para contemplar el lugar exacto donde César fue apuñalado en los idus de marzo (y donde, mucho tiempo después, con poco acierto Mussolini plantó un pino, lo digo en sentido literal, para conmemorar al agujereado Julio). Lo del paseo me gustó, pero lo del
panino me supo a poco, ya que a las pocas horas mis tripas rugían con ferocidad. Por ello, esta semana me he hecho la pregunta existencial: ¿A dónde voy a comer? El primer día fui a un bar —de apariencia cutre, lo cual puede ser sinónimo de sitio auténtico, no turístico— cercano a mi Biblioteca: el Caffè Perù, en la Via di Monserrato. Fue una decisión acertada, pues por poco dinero me sirvieron un delicioso plato de pasta
ai funghi porcini y, además, tuve la oportunidad de pegar la oreja a las conversaciones de la gente a mi alrededor y valorar mi comprensión del italiano. De algo me enteré. Los demás días estoy yendo al comedor de mi Universidad, que por un precio asequible tiene un menú bastante digno.
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| El Caffè Perù, una apuesta segura para comer y tomar café |
El lector se preguntará si el que suscribe sabe italiano o lo ha estudiado. La verdad es que no. He estado en Roma algunas veces —pocos días, sobre todo la Semana Santa— y este verano fui dos semanas a Nápoles a un voluntariado organizado por mi amigo Paco: estas estancias en suelo italiano me han abierto el oído, como diría el salmo, e incluso me han provisto de palabras y frases sueltas como forze, anche, buongiorno, come stai, scusa, puo portarmi il conto, non lo sapeva, e con il tuo Spirito, y otras tantas. Intento lanzarme a hablar, y ya está, sin preocuparme demasiado por la corrección de lo que digo, con la esperanza de que mis exabruptos cobren sentido a medida que pasan los días. Hoy, por ejemplo, he ido al supermercado y he preguntado dónde estaba la harina, y si podía pagar con un billete de 50. Hace pocos días un camarero caradura me dio mal el cambio, y le dije que no se pasara de listo. Mi clase diaria de italiano es de lo más curiosa, pues tiene lugar a primera hora de la mañana en una iglesia: intento ir a Misa a la iglesia central del Opus Dei, Santa Maria della Pace, y es en italiano. Ayudado por el móvil, leo las lecturas y digo las respuestas de la Misa en el idioma de Garibaldi. Así que podríamos decir que estoy aprendiendo italiano bíblico, incluso litúrgico, lo cual no está del todo mal.
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| Santa Maria della Pace, donde aprendo italiano a diario |
No me prodigo demasiado por los monumentos de Roma entre semana, pero alguna escapada he hecho. El miércoles quedé con Santi, un amigo de Pamplona, que trabaja en la Universidad de Navarra y había venido a hacer negocios con la PUSC. Me propuso caminar un poco antes de comer, y fuimos a ver Santa Maria sopra Minerva, posiblemente la única iglesia gótica de Roma (donde nos encontramos con el inigualable Ignacio Peyró, director del Instituto Cervantes en Roma, de quien Santi es amigo), e Il Gesú, cuya belleza pictórica y arquitectónica celebra con majestuosidad la gloria de la Compañía de Jesús, ad maiorem Dei gloriam! El interior de esta iglesia es casi como tener una visión del mundo celestial, pues en sus bóvedas las nubes y los ángeles se salen del marco y parece que fueran a descender sobre uno. Por otra parte, hace un par de días terminé uno de los capítulos que tengo entre manos, y me dije: hoy voy a remolonear un poco. Así que, después de comer, saqué mi pipa y me la fumé tranquilamente mientras paseaba por las calles próximas a mi Biblioteca: Via Monserrato, Via del Cappellari, Via del Pellegrino, etc. Son calles muy bonitas, con comercios antiguos, y casas nobles con patios pintorescos. El mencionado capítulo trataba sobre la estética de los medievales, y pensé que en ese paseo se cumplía aquello de santo Tomás de Aquino: pulchra sunt quae visa placent, las cosas bellas son las que agradan a la vista.
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| Uno de los patios de la Via Moserrato |
Dedico estas últimas líneas a otros encuentros destacables de estos días. Además de la quedada con Santi, el lunes pasado quedé con Ernesto, profesor de filosofía en mi Universidad, la Rey Juan Carlos, que también está de estancia en Roma. Paseamos desde el Panteón hasta el Trastevere, y allí me llevó a una callejuela, Vicolo del Bologna, donde está la pizzería Dar Poeta. Allí cenamos unas pizzas muy ricas, por unos pocos euros, al tiempo que hablábamos sobre nuestros quehaceres académicos —quehaceres piratas, dirían algunos— en la ciudad eterna. Por otra parte, ayer viernes quedé a comer con Riccardo, un amigo italiano del que hablé en la anterior crónica, quien me llevó a la Trattoria Verbano, no muy lejos de Villa Borghese. Mientras nos poníamos al día de nuestras vidas saboreamos unas alcachofas fritas, plato típico de Roma, y unos platos de pasta. Quedan más cosas que contar, pero no quiero exasperar al paciente lector, a quien prometo más noticias próximamente.
Ci vediamo!
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| Con mi amigo Riccardo, comiendo un buen plato de pasta |
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| La pizzería Dar Poeta, en el barrio Trastevere |
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| Un pino en el punto exacto donde apuñalaron a César |
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| Mi rincón de libros en la biblioteca |
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| La belleza majestuosa de Il Giesú |
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| El patio de Sant'Ivo alla Sapienza, una maravilla del barroco |
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| Extravagancias romanas en la Piazza Navona |
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| Una tienda de carteles de cine en la Via Monserrato |
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