Es sábado y atardece. He venido al gran parque de Villa Borghese a escribir estas líneas mientras cae el sol, y los turistas se agolpan en los miradores para ver el panorama de Roma a la luz naranja del ocaso, esa que le gusta tanto al cineasta Terrence Malick; algunos incluso aprovechan el momento justo en que el sol se oculta tras el Vaticano para prometerse amor eterno mientras el resto de la gente aplaude. Todo un poco hortera, pero es muy comprensible. Hace unos días estaba en unas cervezas de mediodía con un grupo de profesores de la PUSC; al contarle a uno de ellos, Ralf, que estaba aquí escribiendo un libro de estética, me dijo que Roma era ante todo un asunto estético, que la gente viene a Roma por su atractivo estético. Así es, y seguramente yo soy uno de esos que, como Jep en
La gran belleza, camina por Roma buscando ese no sé qué. Ya me perdonará el lector si he empezado estas líneas con un tono pedante, pero esta semana la cosa va de arte y belleza.
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| Roma al atardecer, desde Villa Borghese |
La cosa empezó en Galilea, dicen las malas traducciones de los evangelios. Bueno, pues la cosa empezó el sábado pasado, cuando quedé con mi amigo Ernesto, profesor de mi Universidad en Madrid, para visitar el Palazzo Altemps, que alberga un espléndido museo de arte antiguo. Posiblemente era el mejor plan para esa tarde, pues una lluvia torrencial, que me dejó hecho una sopa al volver luego a casa, caía sobre la ciudad eterna. Mientras veíamos esculturas tan alucinantes como el gálata suicida o el trono Ludovisi hablábamos de esto y de aquello, de nuestros avances estudiosos de aquellos días y de la próxima visita de Gema, su mujer. Nos despedimos junto a la iglesia de San Agustín, pues él está viviendo en la casa de hospedaje de los padres agustinos, y yo me adentré en el torrente de agua que me llevaría a casa. En mi cabeza estaban las imágenes de aquellas esculturas, tan perfectas. ¿Qué verían los griegos en la anatomía humana? Tal vez veían lo que decía Platón en su diálogo Fedro: lo más deslumbrante y lo más amable.
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| El trono Ludovisi, en el Palazzo Altemps |
Siguiendo con el arte, fue también mi nuevo amigo Ralf, y semanas antes mi tía Icíar, quien me ánimo a ir a la Biblioteca Hertziana, la mejor de la ciudad para todo lo que está relacionado con el arte, de un modo u otro. Me encaminé hacia allá el miércoles por la mañana, atravesando con mi bicicleta la Villa Borghese, radiante por la mañana; pues dicha biblioteca está próxima al parque, justo a la izquierda de la iglesia de Trinità dei Monti, pasada la Villa Medici. Nada más entrar por la alucinante entrada, que es una boca gigante, le pregunté al conserje en mi descalabrado italiano —digamos que hablo el italiano como los indios— qué papeles tenía que presentar para obtener el carné de la biblioteca, la llamada tessera. Se trataba de varios documentos, que sólo tenía que imprimir desde mi ordenador, y de una foto de carné. Para esto último fui al fotomatón del metro de Piazza di Spagna e hice lo que pude, pues la banqueta de rosca no bajaba más y mi cara no terminaba de encajar en el óvalo de la pantalla. Caminata para arriba y para abajo, buena penitencia para el miércoles de ceniza que era, y finalmente llegué de nuevo a la biblioteca con todos los documentos en orden. Me sentí como un investigador de los años 30, un Stefan Zweig o algo así, pues una chica alemana muy simpática grapó mi foto a un rectángulo de cartulina, escribió mis datos a mano sobre ella y la selló con tinta roja. "It's a very old fashioned card", le dije en inglés. "Ojalá más cosas fueran old fashioned", me respondió con una sonrisa.
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| La entrada de la Biblioteca Hertziana |
Al día siguiente fui a la Hertziana a pasar el día, y ciertamente no me defraudó. "Si vas allí, no querrás volver a la Biblioteca de la PUSC", me había advertido Ralf. En parte fue así, pues se trata de una biblioteca inmensa, donde puedes buscar por ti mismo y coger el libro que buscas, para comprobar con pasmo que junto a él hay otros tantos libros relacionados. ¡Ay, la concupiscencia intelectual! Creo que a san Juan se le olvidó incluirla en su primera carta. Ese mismo día caí en la otra gran concupiscencia que asalta al huésped de Roma: la concupiscencia de la pasta. Quedé a cenar con Andrés, un andaluz muy salao —del Puerto de Santa María— que vive en Villa Tevere, la sede central del Opus Dei, pues le apasiona el cine tanto o más que a mí y quería hablar conmigo. Me llevó a Mattarello, un cuchitril donde hacen pasta casera muy rica, cercano a su casa, en el barrio del Parioli. Hablamos de cine y otras cosas hasta que se nos hizo tarde, y nos despedimos con la ilusión de un próximo reencuentro. Gracias a él (y a Quique, que me pasó el archivo) vi ayer la película coreana Vidas pasadas; una maravilla, muy recomendable.
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| La Biblioteca Hertziana por dentro |
Sigo sentado en Villa Borghese, el sol se ha ido ya a dormir —"peor para el sol", dice la canción de Sabina— y un músico repeinado y con gafas de sol toca en su teclado melodías románticas para animar a las parejas a darse un último abrazo o sacar ese anillo de piruleta que esperaba el momento oportuno. Roma es un asunto estético, no lo olvidemos.
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| El gálata suicida, en el Palazzo Altemps |
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| El carné a la antigua usanza |
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