jueves, 28 de marzo de 2024

Recapitular todas las cosas

En una de sus cartas, san Pablo dice que la voluntad de Dios es recapitular todas las cosas en Cristo. Una frase enigmática, al menos para mí. Hace un tiempo, un profesor me explicó que el verbo original griego, que se ha traducido como recapitular, quiere decir enrollar un papel, pensemos en un viejo pergamino, en torno a un palitroque de madera; como si Cristo fuese algo así como el nervio escondido del mundo. Cuento este excurso teológico porque me ha venido a la cabeza últimamente, pues se acerca el final de mi estancia romana. Así, en estos días que me quedan en Roma veo la ocasión de recapitular todas las cosas, de ponerlas en la balanza para después guardarlas en el almario, como diría el escritor José Jiménez Lozano.

Pintura en las excavaciones de San Clemente.

La primera recapitulación tiene que ver con el motivo principal de mi estancia, la universidad. Algunos lectores han llegado a pensar, así me lo han dicho, que en estas semanas no he dado un palo al agua, por así decir, que no he tocado un libro. Es lo que dan a entender la mayoría de estas crónicas, donde apenas menciono mis tareas académicas. Pero no es del todo así, pues he logrado avanzar con la escritura de un libro de estética que tengo entre manos. Algunos días he trabajado en la Biblioteca Hertziana, que mencioné hace unas semanas, pero la mayor parte del tiempo lo he pasado en la Biblioteca de la PUSC, en la Piazza Farnese, donde tenía un acogedor despacho donde poder leer y escribir en silencio, y donde acumular los libros con los que estaba trabajando. Mi rutina en la Biblioteca ha llegado a darme una feliz ilusión de eternidad, como si fuese a durar para siempre. Esta rutina incluía, cómo no, tomar un café por la mañana con Quique u otros profesores, comer en el Caffè Perù tras lograr entenderme con la camarera en mi primitivo italiano, rezar en el hermoso oratorio de madera anejo a la Biblioteca y, en ocasiones, enchufarme una buena película para coronar la semana. A lo largo de este tiempo he visto títulos tan interesantes como Vidas pasadas, Mass, La zona de interés, Return to Dust, Sala de profesores, In the Mood for Love o The Holdovers.

Mi lugar de trabajo en la Biblioteca de la PUSC.

Recapitular todas las cosas es, también, despedirme de las personas que me han acompañado estas semanas. Pienso que despedirse conlleva reconocer que alguien ha formado parte de mi camino y esperar que, de algún modo, va a seguir estando ahí. El martes pasado fui a Ripagrande, el centro del Opus Dei al que he acudido estas semanas, para participar en un pequeño retiro de Semana Santa y, sobre todo, para despedirme de algunas personas queridas que me han ayudado en esta temporada, como Piero, Roberto o Javier. Ripagrande ha sido uno de los lugares donde he podido aprender más italiano, pues todos hablan en ese idioma; esto me ha forzado a entenderles y hacerme entender, hablando como los indios de las películas de Sergio Leone, aunque no llevase plumas ni pintura de guerra. Hace una semana también pude cenar con Andrés en el restaurante Mattarello, donde continuamos nuestra conversación, entre Aristóteles y el cine, y ayer tomé una sabrosa cheeseburger con una pinta de cerveza en un Irish Pub cercano a Il Gesú con Marcial, un gran artista. En aquel reducto anglosajón, donde ni siquiera el camarero hablaba italiano, estuvimos a punto de salir en la foto que se hacían entre risas unas achispadas viejecillas irlandesas, dignas de figurar en una película de John Ford.

Tomando una rica cena con Marcial en un Irish Pub de Roma.

Además, estos últimos días he tenido la suerte de pasar tiempo con algunos amigos de Madrid que han venido a la ciudad eterna para vivir la Semana Santa. Uno de ellos, Pedro, ha sido lector asiduo de estas crónicas y le hacía ilusión formar parte de ellas. En este grupo también estaba Álvaro, un chico de Madrid a quien tuve como alumno de la asignatura de estética hace más de cinco años, y con el que me une una amistad que se ha ido trabando con el paso del tiempo. Sin entrar en asuntos personales, sólo diré que no salgo de mi asombro al ver que una persona que hace años no tenía fe ha venido a Roma para participar en la celebración de la Pascua. Con él estuve el domingo pasado, Domingo de Ramos, en la Misa presidida por el Papa en la plaza de San Pedro. Todos los caminos llevan a Roma, como dice el refrán. La Semana Santa congrega en esta ciudad a todo tipo de personas, y aquella mañana de domingo en San Pedro me encontré con Gaspar, un viejo amigo chileno, sacerdote, que vive en Alemania. Con él pude cenar el lunes pasado, en la pizzería Da Michele, y nos pusimos al día mientras nos tomábamos el pelo sobre nuestras vidas achacosas.

Mis amigos de Madrid en el Palazzo Barberini.

Recapitular en Cristo todas las cosas, escribía san Pablo. Recuerdo que mi primer día en Roma, lunes de finales de enero, fui a Misa por la mañana en la Basílica de San Pedro y después pasé un rato largo rezando en la capilla de la adoración eucarística. Llegaba a Roma un poco derrengado, y le pedí a Dios que me diera fuerzas y alegría en lo que estaba por venir. Hace pocos días, el sábado pasado, volví a San Pedro con mis amigos de Madrid, y de pronto me sorprendí arrodillado en aquel mismo lugar. Fue entonces cuando uní en mi imaginación aquellos dos momentos, y me acordé de la frase de san Pablo sobre Cristo; seguramente, pensé, él ha estado siempre ahí durante esta temporada romana, como el nervio escondido de todas las cosas.

En la plaza de San Pedro, el Domingo de Ramos.

Trinità dei Monti, ayer al atardecer.

1 comentario:

  1. Qué bueno es comprobar que un amigo vive con esa intensidad. Estas entradas del blog, me recuerdan el consejo que procuro vivir a diario: Por la noche, piensa en las cosas buenas que te han pasado o que has hecho en el día. Es un buen pensamiento para irse a dormir. Pedro

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