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| David, el rey de la barbacoa de Grandpont |
Después de seis o siete semanas en Oxford, esta semana he apostatado de lo que, para muchos británicos, es casi una religión: el té. Reconozco que, después de repetidos intentos, no he logrado que el té me activara en el desayuno. Así que he tirado la toalla y me he pasado al café. Lo necesito, pues la hora de levantada en esta muy noble casa de Grandpont es bastante temprana (no entro en detalles para no escandalizar), y puede tener efectos colaterales a lo largo del día. Además de apóstata, esta semana me he convertido en una especie de ermitaño de la biblioteca Taylorian, pues he invertido unas cuantas horas allí: estudiando, leyendo y volviendo a ver algunas de las películas de Malick. Si alguno ha leído a Dostoievski –o está familiarizado con la cultura rusa–, podría decirle que me he vuelto un stárets, como el stárets Zósima de Los hermanos Karamazov. Aunque no todo es tan sencillo; desde hace varios días –tal vez semanas– planeaba sobre mi la sombra de algo que, tarde o temprano, tendría que hacer: parar de leer y empezar a escribir. Ayudado por una taza de café y unas cuantas galletas, ayer por la tarde comencé a escribir lo que, tal vez, pretende ser un artículo para enviar a alguna revista académica especializada en cine.
Dejando la academia a un lado, quisiera introducir al lector en algunos de los acontecimientos de la semana, muchos de ellos con un sabor típicamente británico. El primero de todos es la barbacoa del domingo pasado: por lo que sé, Grandpont House organiza en verano una “barbacoa oficial”, a la que acuden personas de lo más dispares, muchos matrimonios con niños y algún joven despistado que todavía no se ha marchado de Oxford para las vacaciones. Como todo en este país, la barbacoa implicaba un detallado proceso que, casi de forma ritual, empezó después del desayuno. David, un veterano de la casa, vino con su hijo y su nuera para empezar a instalar la barbacoa, preparar el fuego, etc. Además, en torno a la barbacoa había que preparar lo que podríamos llamar “actividades satélite”: el bote en el río para hacer punting con los niños, la carpa para las bebidas frías y los postres… Al final, la barbacoa resultó ser un éxito.
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| Primera tarde de escritura... |
Otro suceso digno de mención es el del miércoles pasado: los padres de Father Dancho habían venido a Oxford a pasar unos días y me invitaron a que les acompañara el miércoles por la tarde al evensong (vísperas) en la capilla de Christ Church College, que es, de hecho, la catedral anglicana de la ciudad de Oxford. Si hay algo que se les da bien a nuestros hermanos separados es el canto: salta a la vista cuando uno asiste a una de estas vísperas anglicanas. Fue maravilloso estar sentado en la iglesia mientras en coro canta los salmos, y pasear la vista por las vidrieras, los nervios de las bóvedas, las columnas… Después de rezar todos juntos el Credo –el mismo que rezamos los católicos–, no faltaron las oraciones por la Reina y, especialmente ese día, por el Primer Ministro que aquella tarde abandonaba el cargo (Cameron) y por la Primera Ministra que lo reemplazaba (May). A la salida estuve hablando con dos clérigos que estaban en la puerta y, para mi sorpresa, uno de ellos me dijo que era un canónigo católico.
Al día siguiente, jueves, después de un largo día en la biblioteca, percibí de una manera bastante clara la necesidad de hacer deporte. No soy una persona deportista, para qué decir lo contrario, tampoco tengo habilidades para ello. En este sentido, me encuadro en las filas del sindicato de los antihéroes. En fin, me cuesta mucho hacer un buen rato de deporte: pero lo necesito, y aquel jueves lo necesitaba de un modo especial. Sentía que mi cerebro iba a estallar de un momento a otro. Así que, después de cenar, me calcé las zapatillas y fui a correr media hora por la orilla del Isis, sembrada de canal boats –unos barquitos muy típicos de esta zona– y botes de remo. Volví renovado, con la mente despejada y fuerzas para volver al día siguiente a la biblioteca.
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| La abadía de Dorchester, desde el jardín donde comimos |
Termino estas líneas con el relato de la excursión de hoy, sábado. Guiados por Paul, hemos ido a Dorchester, un pueblecito a veinte minutos en coche. Después de pasear durante un par de horas junto al río y los caminos de la zona, hemos comido unos bocadillos de corned beef en los jardines de la antigua abadía –cuyos orígenes se remontan al año 635, pocos años después de que san Agustín de Canterbury llegara a evangelizar Inglaterra– y la hemos visitado por dentro: un lugar realmente majestuoso. Después de pasear un poco más, hemos rematado la excursión con una taza de té y un pedazo de tarta en la tea room próxima a la abadía, un lugar realmente pintoresco: una gran mesa que todos los paisanos comparten y donde todos son bienvenidos, tartas caseras, té en abundancia, pastas… El distribucionismo de Chesterton en vivo y en directo: todos confían en todos, cada uno se sirve lo que quiere y, al terminar, hace la suma de los gastos en una pequeña pizarra. Algo me decía que, por unos instantes, habíamos sido transportados a San Ireneo, en pueblecito de esa encantadora novela titulada El despertar de la señorita Prim.
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| Suculenta merienda en la tea room de Dorchester Abbey |





Gran relato. La mejor frase sin duda: «me encuadro en las filas del sindicato de los antihéroes»... ¡Grande!
ResponderEliminarGran relato. La mejor frase sin duda: «me encuadro en las filas del sindicato de los antihéroes»... ¡Grande!
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