viernes, 8 de julio de 2016

“Ars gratia artis”


El monumento a Walter Scott
Es de noche. Mientras escribo estas líneas, me encuentro en un autobús procedente del aeropuerto de Gatwick, que me conducirá de nuevo a Oxford. No se trata de un intento de fuga frustrado de Grandpont House, tampoco he tirado la toalla en mis investigaciones oxonienses. Al contrario, podría decir que el viaje que acabo de concluir es uno de los principales motivos que me inclinaron a viajar a la Gran Bretaña. Dejo de lado el suspense para descubrir el pastel: he viajado a Edimburgo para participar en un congreso sobre cine y filosofía –Film-Philosophy Conference, así se llamaba–, que comenzó el miércoles por la mañana y ha terminado hoy viernes por la tarde.

En cierto modo, podría decir que este viaje a Edimburgo ha sido una aventura dentro de una aventura o, dada la oscuridad en la que estoy escribiendo, un sueño dentro de otro sueño. No podría decir exactamente a qué mes se remontan los preparativos de este plan, tal vez enero o febrero. Preparativos aparte, el plan comenzó a cobrar vida el martes pasado, cuando salí de Oxford hacia Gatwick, para tomar allí un avión con destino Edimburgo. Un viaje un poco tedioso, la verdad: autobús, espera, aeropuerto, más autobús… Tras bajarme del último autobús, puse, por fin, mis pies en Edimburgo; concretamente, en Waverley Bridge, un lugar bastante céntrico, junto al cual se encuentra un extenso parque coronado por un monumento de estilo neogótico dedicado al gran literato escocés Walter Scott.

Edimburgo, desde los Princes Street Gardens
Tras pasear un poco por el parque, vi la necesidad de orientarme un poco. Mi primer intento de comprar un mapa fue absurdo: encontré en la calle una caja metálica que decía “un mapa por 2 libras”; sin pensarlo dos veces, metí mis dos libras en la ranura y… nada. Fue entonces cuando, con cara de tonto, me di cuenta del estado de abandono de la máquina: tal vez expidió su último mapa a uno de los amigos de Sir Walter, procedente del viejo continente. No lo sé. Poco después pude comprar un mapa decente y ubicarme. Mis andaduras de aquella primera tarde escocesa fueron breves: paseé por la zona universitaria, los meadows y Holly Rood Park, un lugar imponente con sus elevadas colinas. Finalmente, llegué al lugar donde iba a vivir: Pollock Halls, una residencia universitaria bastante sencilla y funcional.

Al día siguiente, miércoles, el congreso comenzó temprano. Tengo que reconocer que la organización de la actividad ha sido muy buena, sobre todo en lo gastronómico: todas las mañanas había una pausa larga para poder tomar una taza de café con galletas escocesas; en esa misma sala se servía la comida más tarde y, además, el primer día tuvimos un feliz encuentro con vino y algo de picar. En el primer café conocí, en persona, a Colin y a Britt. Había contactado con ellos por e-mail unas semanas antes, pues los papers que presentaban en la conferencia coincidían mucho con mis intereses. Ambos han dedicado parte de su vida profesional a escribir guiones de cine, además de a la investigación académica. Además, según me había adelantado Britt, Colin fue recientemente ordenado diácono de la Iglesia anglicana y, como me explicó él mismo aquel día, dentro de un año sería ordenado presbítero.

Una de las sesiones generales del congreso, esta sobre Terrence Malick
Transcurridos estos días, y sin ponerme muy elevado, creo decir que la Providencia ha hecho de las suyas: haber conocido a Colin y a Britt ha sido un descubrimiento en el plano académico –ideas que han surgido, cosas que he aprendido–, aunque no sólo. Haber leído a John Henry Newman ha despertado en mí, desde hace tiempo, un cierto cariño –en el buen sentido, creo– hacia la Iglesia anglicana, pero nunca había entablado amistad con un anglicano. Así, entre reflexiones sobre películas y teorías del cine, también he hablado con Colin sobre la fe que –en gran medida– compartimos: me habló de su admiración por las procesiones de Semana Santa en España, también hablamos sobre la liturgia, el Espíritu Santo, lo lejana que resulta una fe puramente teórica –algo que se veía en alguna presentación del congreso sobre cine y religión– y los iconos. Hoy no quería despedirme de cualquier manera, y le he dado una estampa que guardaba en un libro: un icono de la Virgen de Vladimir que conseguí hace un año, cuando viajé a Moscú por tres semanas para una actividad solidaria.

La capilla católica de la Universidad, a donde me escapaba de cuando en cuando
Pero el congreso también ha estado lleno de otros encuentros, esta vez inesperados. Bob, James, Rob, George, Amanda, Daniel, William… son los nombres de algunas de las personas con las que he conversado estos días. Y es que, posiblemente, lo más interesante del congreso no han sido las presentaciones –muy numerosas; algunas muy interesantes, otras no tanto–, sino las pausas en las que he podido iniciar, o continuar, una conversación –sobre cine, cómo no– con alguno de estos interlocutores. “Ars gratia artis”, como reza el adagio que la Metro Goldwyn Mayer incorporó a su emblema. Hablar de cine siempre es hablar de mucho más. La lectura que uno hace de una película está, casi siempre, coloreada por muchas más cosas: el modo de entender el ser humano, los gustos artísticos, la belleza, e, incluso, la fe. Así, esta misma mañana, he estado hablando con Daniel sobre Terrence Malick y, de repente, me ha dicho que él era ateo, y que, tal vez por esto, había aspectos de Malick que no comprendía.

Concluyo mi crónica escocesa. Aunque me dejo muchas cosas en el tintero, no quiero exasperar al paciente lector que ha llegado hasta aquí. Al igual que Oxford, aunque tal vez en otro estilo, Edimburgo es un lugar mágico. Apenas he podido pasear por sus calles –solamente a horas tempranas, cuando caminaba para ir a Misa en una de las escasas iglesias católicas–, y me voy con el deseo de volver en otra ocasión.

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