martes, 1 de agosto de 2017

Merienda de negros

Westpark, el centro de la Opus Dei donde he ido cada semana
En los últimos días, Netherhall se ha convertido en una “merienda de negros”. El curso de inglés de chicos ecuatorianos, que terminó hace unos días; el curso anual de numerarios del Opus Dei que comenzó el sábado pasado; gente que viene, gente que se va. Es frecuente preguntar en el desayuno por aquel chaval tan majo o por aquel otro, y que el de al lado te responda, secamente: “Se marchó hace dos días”. Pues eso: el caos y la confusión se han apoderado de esta noble casa de Netherhall. También la confusión de lenguas, como en tiempos de la torre de Babel: alguno de los numerarios no habla “ni jota” de inglés, y otros lo chapurrean, mientras los residentes de la casa siguen practicando religiosamente la lengua de los anglos. Me gustó el resumen que me hizo Chechu –un viejo conocido del colegio donde estudié, Gaztelueta– hace pocos días, así que pensé en usarlo como título de esta última crónica: “Pablo, me decía, esto es una merienda de negros”.

A la merienda se ha sumado el hecho de que la pasada fue mi última semana completa en Londres. En la anterior crónica hablaba de una sensación de vértigo, que con los días se ha ido atenuando. Me daba vértigo ver que solo tenía una semana para terminar el capítulo de la tesis que me traía entre manos, y atar los nudos más difíciles en los últimos epígrafes. Pero al final creo que he conseguido salir del paso. Algunos días tuve que rascar algunas horas más y pedir late dinner en Netherhall, para quedarme en la biblioteca Maughan hasta tarde. Recuerdo la sensación de cuelgue absoluto del viernes pasado, al salir de la biblioteca a las 8:30 de la tarde-noche, mientras en el pub más cercano la gente brindaba ruidosamente con sus pintas de cerveza. Otro suceso curioso fue el incendio del jueves por la mañana en la biblioteca. Acostumbrado a los simulacros de incendio semanales –en los que nadie se inmutaba de su silla–, pensé que el del jueves era otro aburrido simulacro. Al parecer no era así, y nos sacaron a todos a la calle, a la espera de que apagaran el fuego. La bibliotecaria de mi zona me aseguraba muy seria que esta vez era “un fuego real”. Pero media hora más tarde habíamos vuelto todos a nuestros sitios: tal vez el incendio no fue más que un cigarrillo mal apagado o una bibliotecaria con ganas de quemar aquel libro que le dio tantos quebraderos de cabeza.

El ábside de la catedral de Canterbury
Entre tanto, el metro de Londres sigue siendo un lugar de sensaciones fuertes. O eso parecen buscar algunas personas que me he encontrado en los últimos días. Cuando el encargado de la estación levanta la señal para indicar que las puertas se cierran –“This train is ready to depart! Mind the doors please! Mind the doors!”–, más de uno decide arriesgar la bolsa y la vida, lanzándose al interior del vagón a riesgo de ser atrapado por las puertas que se cierran, algo que les ocurre con bastante frecuencia a estos pasajeros suicidas. Por otra parte, se masca la tensión en los viajes donde el vagón va tan lleno como una lata de sardinas. Ayer, por ejemplo, el que iba detrás de mí me llamó “imbécil” –no comprendí muy bien por qué, tampoco quise preguntárselo–, y se quedó tan ancho. Pero no todo son odio y tendencias suicidas: me he encontrado con escenas admirables en el metro y las calles de Londres. Personas de buen corazón, que se detienen a hablar con el mendigo que pide a la salida del metro y le compran un bocadillo en la tienda de al lado. También hace unos días me encontré con una señora musulmana que iba rezando esa especie de rosario que suelen llevar; me hizo gracia, porque yo estaba a su lado haciendo algo parecido: rezando mi rosario, con el mismo movimiento de pasar cuentas. 

Hablando de religiones, el sábado pasado hice una excursión a Canterbury, una pequeña ciudad al sur de la isla, muy cercana a Dover. Canterbury es el núcleo de la Comunión anglicana, es decir, de los cristianos separados de la Iglesia católica romana (la mía) a mediados del siglo XVI. Todo fue por causa de un rey cabezota que quiso ser más que el Papa y se nombró a sí mismo cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Allí, en Canterbury, tienen estos hermanos separados –buena gente, por lo demás– su “iglesia madre”, la catedral de Canterbury, desde donde ejerce su ministerio el arzobispo Justin Welby, primum inter pares de los obispos anglicanos. El día era típicamente británico: cielo gris, lluvia ininterrumpida... Antonio –que venía conmigo– y yo dimos un paseo por la ciudad, entramos en la catedral y asistimos a unas vísperas (anglicanas) cantadas. Allí, visitamos el lugar de la catedral donde santo Tomás Beckett fue asesinado por unos secuaces del rey Enrique II, el 29 de diciembre de 1170. “¿Quién me librará de este cura inoportuno?”, dicen que se le escapó al rey; al oír estas palabras, cuatro caballeros partieron hacia la catedral y mataron a Beckett.


La majestuosa cafetería del Victoria & Albert
Termino esta crónica hablando de despedidas. Durante estos últimos días he podido quedar con algunos amigos para comer con ellos y despedirme en condiciones. El jueves pasado comí con George, el doctorando de King’s College, con el que he hecho una buena amistad. Al día siguiente comí fish and chips con Daniel, amigo que conocí el año pasado en Oxford, y que el próximo septiembre comienza su noviciado en Cambridge como dominico. Bastante alucinante. Por último, el domingo estuve con Alex a la Misa súper solemne del Oratorio de Brompton Road y después fuimos a comer a la majestuosa cafetería del museo Victoria & Albert, todo un prodigio de arquitectura victoriana. También pude despedirme ayer de Tomás Moro –recuerdo cómo me miraba con expresión contenida desde su hornacina en Carey Street– y de tanta gente estupenda de Netherhall, con la que he tenido la suerte de compartir estas semanas londinenses. Rematamos el día brindando con una buenas pintas de cerveza en el jardín del Freemasons Arms.

Y hasta aquí llega la crónica de estas andaduras londinenses. Escribo las últimas líneas desde el avión rumbo a Madrid, con mucho agradecimiento a las personas que he conocido estos días, con las que espero volver a encontrarme en futuras andanzas.

Con Antonio frente a la iglesia de St Dunstan, Canterbury
El lugar del martirio de santo Tomás Beckett, en la catedral

Placa situada junto al lugar del martirio de Beckett
Despedidas. El avión de regreso a Madrid, desde Gatwick

domingo, 23 de julio de 2017

Vértigo

Los blancos acantilados de Dover
Esta semana ha terminado con una encantadora excursión a Dover, una pequeña ciudad situada en el sur de Inglaterra; el punto más próximo al continente europeo. Paseando por los altos y blancos acantilados, ha venido a mi cabeza el título de esta crónica: vértigo. En cierto modo, siento vértigo al mirar esta semana que empieza, mi última semana completa en Londres. Los días de investigación tocan a su fin, pero la tarea que me quisiera concluir (espero que con éxito) esta semana es importante: terminar el capítulo que estoy escribiendo aquí de mi tesis doctoral. Toca escribir las últimas páginas del capítulo, las más importantes: ¿es el cine de Terrence Malick un cine simplemente ‘espiritual’ o es algo más? ¿Es un cine que revela a Dios? ¿Es cristiano? Por aquí me gustaría que discurrieran estas páginas, pero todavía no sé exactamente los caminos. Mañana tengo una reunión con Catherine, mi supervisora de King’s College, y espero sacar alguna idea del encuentro.

Ideal Sandwiches: un lugar cutre y con buenos desayunos
Estos últimos diez días han sido más intensos de lo habitual. En julio, Netherhall –mi residencia– tiene un horario más veraniego: esto implica que todo se retrasa un poco. Entre otras cosas, también implica que si sigo este horario llego a la biblioteca a eso de las diez. Tal vez sea por mi espíritu kantiano, pero tomé la decisión de no seguir este horario y hacer uno más temprano. Una decisión difícil, que supone acudir a una Misa de valientes (prefiero no decir la hora para no escandalizar) y buscarme las castañas para el desayuno. Después de probar diferentes chiringuitos y tugurios con desayuno, he encontrado una pequeña cafetería en la calle de mi biblioteca –Chancery Lane– que responde a mis expectativas. Se llama “Ideal Sandwiches”, y podría aparecer perfectamente en una de esas películas de Scorsese de los años 70 –del estilo de Malas calles– ambientadas en el barrio italiano de Nueva York, Litte Italy. La cafetería la regenta un matrimonio de Montenegro con algún familiar más, sirven buenos breakfast sandwiches –el de huevo con salchichas está bastante rico– y el café es bueno, algo no muy habitual en Londres; y además es barato. Resulta muy divertido ver cómo la señora se conoce a todos los trabajadores que van por la mañana a recoger su take away breakfast: Tony, Charly, Robert... Los llama a todos por su nombre y tiene preparados dos o tres piropos para cada uno, cada mañana. Después de uno de estos sustanciosos desayunos, el día de tesis es coser y cantar.

En el tea room del faro de Dover, con Tiago (izquierda) y Antonio (derecha)
Por lo demás, intento pasar muchas horas en mi biblioteca, la Maughan Library. Mi tarea es escribir y escribir, leer algo que me falta para coger esta idea o aquella otra, y seguir escribiendo. Últimamente, en el descanso de la comida suelo reunirme con Fede, un italiano que ha venido a Londres a hacer un curso en la London School of Economics (LSE) y que vive en Netherhall. Otros días nos reunimos algunos más, cada uno con su “triste sándwich” o lo que buenamente haya podido comprar para comer ese día. El camino hasta la LSE es corto, pero me permite encontrarme con mi amigo, santo Tomás Moro. Ahí me lo encuentro siempre: subido a su hornacina, quieto, callado; yo le miro y él me mira. Después de comer con Fede o con la panda de la LSE –y de dar las buenas tardes a Moro– es más fácil volver a la biblioteca y apurar las horas que me quedan hasta la tarde, cuando vuelvo a Netherhall para la cena.

El viernes pasado, después de un día intenso de biblioteca, me debatía entre trabajar un poco más en Netherhall o ir a emborracharme a un pub cercano. Finalmente fue Chema quien me animó a escoger la segunda opción: fuimos a Freemasons Arms, en Hampstead, a beber una buena pinta de cerveza con algunos más de la casa. El día siguiente, sábado, fue muy tranquilo. Por la mañana cogí por los cuernos a una de las pesadillas que me persiguen estos días: preparar las guías docentes para las asignaturas que el año que viene voy a impartir en la Universidad Rey Juan Carlos. Me hace una ilusión tremenda empezar a dar clases, pero la parte burocrática del asunto se me atraganta. Menos mal que al día siguiente –es decir, hoy– he ido con Antonio, mi director de tesis, y con Tiago –un portugués que vive en Netherhall, mencionado anteriormente por “el cronista de Pozuelo”– de excursión a Dover.

Una pintura urbana del famoso Bansky, en Dover, sobre el Brexit
Por aquello de ser precavidos, hemos asistido a una Misa temprana en el famoso Oratorio de Brompton Road. El pequeño detalle es que era una Low Mass celebrada según la forma tradicional –dicho técnicamente, “la forma extraordinaria del rito latino”– anterior a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Sin duda es una liturgia más rica y compleja, pero al ser low (no solemne), el sacerdote hablaba para el cuello de su camisa y solo contestaba el monaguillo. Qué le vamos a hacer, la Iglesia suple. El resto del día ha transcurrido por los acantilados de Dover: un paseo estupendo –contemplando la costa de Francia en la distancia– y coronado con una buena taza de té en la tea room del faro de Dover, mientras Antonio recordaba –entre risas y anécdotas– las palabras del Enrique V de Shakespeare en la batalla de san Crispín. “Nos pocos, nos felices pocos, nos banda de hermanos...”.

Un delicioso afternoon tea después de una larga caminata

Dover, ¿la última frontera del mundo civilizado?

domingo, 16 de julio de 2017

La culpa fue del chachachá

El palacio de Blenheim, que visité con mi madre y mi hermano
Ha pasado algún tiempo desde la última crónica de mis andanzas; menos mal que un mañoso cronista de Pozuelo acudió en mi ayuda para la anterior entrega de noticias londinenses. La verdad, han ocurrido muchas cosas: lo que sigue es solo una pequeña muestra que pretende recoger el espíritu de estas últimas semanas. El hecho de no escribir no me ha impedido darle vueltas a las cosas, y desde hace un tiempo tenía en la cabeza el título de esta entrega: “La culpa fue del chachachá”. 

Se preguntará el lector a santo de qué traigo a la palestra el título de una canción trasnochada. Creo que resume bien lo que me ha sucedido algunos de estos días. Por una semana cambié la biblioteca y los libros por el “chachachá”; para beneficio de mi salud mental, sin duda: primero, la visita del grupo de universitarios procedentes del Club Ceah de Madrid; inmediatamente después, la visita de mi madre y mi hermano Jaime, que estuvieron conmigo hasta el final de aquella semana. No puedo añadir nada sustancioso a los días que pasé con mis amigos de Ceah: fueron días intensos, de “patear” Londres de arriba abajo, tomar buenas pintas de cerveza o sidra y poder retomar el contacto con algunos ilustres de Madrid. Los días con mi madre y mi hermano estuvieron muy bien: primero visitamos Edimburgo por tres días, luego Londres y, finalmente, viajamos a Oxfordshire para adentrarnos en los majestuosos dominios del Duque de Marlborough, es decir, el palacio de Blenheim y sus alrededores. La lluvia no impidió que pudiéramos pasear a gusto a lo largo del Royal Mile de Edimburgo, visitar una fascinante exposición sobre los bocetos y acuarelas de la entomóloga Maria Merian, tomar un buen plato de fish and chips o asistir a una Misa católica el día de san Pedro y san Pablo en St Joseph’s House, con su posterior colación de té y pastas a cargo de una simpática monja de las Hermanitas de los Pobres. Londres tampoco estuvo mal, especialmente la visita al mercadillo de Portobello Road y la obra de teatro The Mousetrap, cuyo final he jurado solemnemente no desvelar.
Un buen plato de fish and chips...

El mismo lunes en que despedí a mi madre y mi hermano me embarqué en un tren rumbo a la pequeña ciudad de Lancaster, situada en la costa oeste de la isla, justo encima de Gales. El motivo de mi viaje era un congreso de... ¡Cine y filosofía! Una combinación exótica que yo mismo pongo en práctica –de algún modo– cada día, mientras escribo mi tesis doctoral. Pues sí, la “Film-Philosophy Conference” me llevó a Lancaster. Puedo decir que no iba completamente de nuevas, pues el año pasado asistí a este mismo congreso, aquella vez en Edimburgo. En Lancaster pude reencontrarme con algunos conocidos del año anterior y conocer a algunas personas nuevas. Me dio especial alegría volver a ver a Britt, una profesora de la Universidad de York con la que sintonicé muy bien en Edimburgo y con la que he seguido en contacto; a Mark, un canadiense al que ya conocía de la vez anterior, y a George, el estudiante de doctorado del King’s College de Londres que me ha facilitado tantas cosas para venir a esta tierra.

Durante una de las cenas del congreso de cine y filosofía
En pocas palabras, diré que el congreso tuvo sus partes mejores y peores: lo mejor, sin duda, fueron los coffee breaks y las comidas, donde podías hablar de tú a tú con gente interesante y compartir ideas; lo peor, tal vez, fueron algunas de las presentaciones. ¿Por qué? ¿Acaso eran aburridas? No exactamente, pero hoy día en las áreas relacionadas con las humanidades es bastante habitual encontrar siempre el mismo tipo de enfoques: teoría de género, teoría queer (quien sepa entender que entienda) y posmodernidades del estilo. Hace unos meses leí un artículo de una profesora de literatura de Estados Unidos que denunciaba esta tendencia y animaba a los académicos del mundo a combatirla con “pequeños actos de valentía” (tiny acts of courage). Esta idea se me quedó grabada en la mente, y desde entonces me he propuesto ponerla en práctica. En este sentido, la presentación que hice en el congreso era un “pequeño acto de valentía”, por algunas de las ideas que exponía. Diré, por último, que ir a Misa todos los días en Lancaster fue una aventura homérica. No olvidaré mi primera mañana: desayuné temprano y cogí un bus que me dejó cerca de un colegio católico donde, según me habían informado, se celebraba una Misa. Llego, y la puerta de la iglesia está cerrada; llamo a la casa parroquial y la señora me dice que ni ese día ni el siguiente habrá Misa. Bajón absoluto, lluvia, y nada que hacer hasta el mediodía, que era la Misa en la catedral. Al siguiente día me fue imposible asistir –la única Misa en la zona era a la misma hora que la presentación que daba– y temía que me ocurriera lo mismo al día siguiente. Arriesgué y volví al colegio, sintiéndome un poco con la incertidumbre de Abrahán camino del monte de Moria (recuerdo que eran las lecturas de la liturgia en esos días). Finalmente, como en la historia del patriarca, todo salió bien.

Por lo demás, los días posteriores a Lancaster han sido de bendita rutina. Biblioteca, sándwich, biblioteca, y vuelta Netherhall. Es lo que necesito: ponerme las pilas con la tesis, escribir. Aunque entre biblioteca y sándwich pude ir esta semana con mi amigo George y un tercero –amigo suyo– a ver la última película de mi amigo Terry Malick: Song to Song. Una película difícil, a veces muy dura, pero con un cierre luminoso, lleno de esperanza. La sombra de Malick es alargada, y parece cubrir mi entera existencia en estos días londinenses.

Una graciosa advertencia que encontré en el tren hacia Lancaster

Una presentación del congreso fue sobre Sospechosos habituales

El desayuno de los campeones para un día de tesis

martes, 11 de julio de 2017

Crónica de cuatro días londinenses, contada por un cronista de Pozuelo

[Nota del editor: Lo que sigue es la crónica de los días londinenses en los que un grupo amigos del Club Universitario Ceah de Madrid vinieron a la capital británica a hacerle(me) una visita de unos cinco días. Llegaron un sábado por la tarde y se fueron el siguiente miércoles. Esta vez no soy yo el que escribe, sino Federico, uno de los ilustres que me alegraron la vida con su visita].

De derecha a izquierda, Gonzalo, Fede (el cronista), Diego (arriba), Nano y el menda.

I. Accionistas de Ryanair

Primer día. Como de costumbre, el tiempo y yo no nos entendemos. Llego a las 9:45 a la T1 del aeropuerto de Madrid y hasta las 13:35 no sale el vuelo FR5995 para Londres. El primero en llegar es Diego, y poco después llegan Gonzalo –un chaval de mi colegio del 98– y más tarde Nano, numerario del Opus Dei. Nos espera un camino arduo pero poco tedioso. El primer contratiempo que rompe la rutina del aeropuerto surge a las puertas del embarque: a Diego le multan con 50 euros por sobrepasar las dimensiones permitidas para su maleta. “Vaya robo”, dice él. Sin embargo, ahora se ha convertido en el principal accionista de Ryanair.

Seré rápido en cuanto al vuelo y el transporte: son dos horas de vuelo, cargadas de publicidad barata para billetes baratos. Cuando llegamos al aeropuerto de Stansted, Pablo nos espera. La primera sorpresa estaba por llegar: ¡PUM! 18 libras de viaje hasta el centro de Londres, concretamente hasta la estación Victoria. Nada más llegar empezamos a intuir el futuro problema que vamos a tener: la pasta. Teniendo en cuenta que –ajustándonos al presupuesto acordado– nos quedaban, después del ¡PUM!, 35 libras y que el metro londinense es lo más caro que hay –hasta 5 euros por billete simple–, nos quedan 10 libras para el resto de los días. El sistema del metro es un poco extraño: no va por días, sino que cada uno dispone de una tarjeta de saldo que va recargando.

Llegamos a Netherhall House, una residencia del Opus Dei inaugurada por la Reina Madre en 1966, situada en Finchley Road. En la residencia hay tres tipos de habitaciones, según su antigüedad y precio, y una gran variedad étnica: dicen que hay un treinta por ciento de españoles y que el resto es una mezcla cultural. Netherhall dispone de unos comedores donde cenamos por primera vez el High Tea, y donde se hace un poco la vida social. Allí conocemos a un tal Zé, portugués y vacilón, y al estudiante polaco de la Royal Academy of Music, Jacob.

Disponiendo de un par de horitas después de la cena, vamos a Londres a ver qué se cocía por ahí. Empezamos fuerte: Trafalgar Square, donde está la estatua del valiente almirante Nelson, muerto en combate por un tiro. Todavía se conserva la bala en algún lugar que no alcanza mi memoria. En Trafalgar Square hay unos leones que, al parecer, fueron hechos con la fundición de los cañones rusos capturados en la Guerra de Crimea. Después cruzamos andando bajo el monumento que Eduardo VII erigió en su décimo año de reinado, el Admiralty Arch. Subimos hacia Buckingham Palace, rememorando las historias y el simbolismo de la monarquía británica, dejamos a la izquierda James Park y a la derecha Green Park. Detrás del palacio hay unos jardines privados, que de vez en cuando se abren al público. Detrás se encuentra High Park: un vasto parque del tamaño de dos parques del Retiro juntos. Andamos un poco más, bordeando el mencionado parque hasta la estación de metro, para volver a casa porque la piernas ya empezaban a fallar. Hasta otro día.

II. La Providencia se nos hace presente

Segundo día. Tras un profundo sueño propiciado por el vuelo y las caminatas, nos levantamos hacia las 8:30 para ir a desayunar. El desayuno comienza a las 9:30 y se cierra en media hora. Desayunamos un generoso, sabroso y saludable breakfast compuesto por un huevo frito con un trozo de bacon (de los de verdad), café, una tostada, zumo y cereales. Durante el desayuno se acerca de nuevo, con su matinal vacile, el portugués Zé; más tarde se unirá Jacob, el compositor. Tras el desayuno, rápidamente nos disponemos para ir a Misa, acompañados por Zé. Durante el viaje, Zé nos ha comentado –en una oportuna mezcla de inglés y español– que está estudiando el máster de matemáticas puras en Imperial College. Su objetivo es sacarse el doctorado y volver a su universidad de origen “To make it great again”. Me llama la atención lo incómodos pero veloces que son los metros en comparación con los de Madrid: su estructura no es cúbica, más bien son cilíndricos y por ello cuando el vagón está saturado debes ponerte pegado a la puerta del metro y tienes que curvarte demasiado. Al parecer el metro de Londres surgió a mediados del siglo XIX. Dato curioso. Bueno, nos bajamos en la parada y nos dirigimos hacia la iglesia. Para sorpresa nuestra, se trata de una iglesia gótica, pequeña, acogedora y preciosa adosada a dos edificios modernos. Se llama St Etheldreda’s Church y justo hoy se celebraba el día de la santa. Resulta ser una Misa muy cuidada y solemne, fiel representante del detallismo, talante y clase de Inglaterra. Es una Misa con un coro de catedral, donde se comulga bajo las dos especies y se entremezclan el latín, el inglés y el incienso ante una asombrosa vidriera donde los colores reviven con el diáfano sol que la viste.

Terminada la Misa, bajamos unas escaleras y la Providencia se nos hace presente. Encontramos a una amable mujer inglesa con una copa de vino en la mano, que repite a cada feligrés: “Please, come and join us”. Por ser el día de St Etheldreda, ¡habían organizado un banquete en la cripta! Sí, un banquete inglés, con toda su formalidad y elegancia. Varias mesas redondas y un par de mesas con un rico pudding, mi amado queso y comida inglesa típica. Esto rompe nuestros planes y el azar nos lleva a una mesa donde encontramos a un englishman militar muy culto e inteligente junto con su mujer e hija y dos hombres de avanzada edad, ingleses de sangre y muy agradables. Por un lado Diego está con Pablo hablando con uno de los dos ancianos; mientras Nano, Pérez, Tiago –un portugués muy amable que está en las prácticas de un MBA y que no he introducido– y yo hablamos con el englishman. Tras un copioso lunch, ha sido agradable conocer un poco el recorrido del catolicismo en Londres a lo largo de los siglos de la mano del militar. Ha sido fabuloso, sobre todo cómo nos han acogido, pero hay mucho que contar. Me gustaría decir que en Londres –debido a la multiculturalidad, independientemente de la seriedad inglesa– nos hemos sentido acogidos, escuchados y agradecidos.

Después de esto, nos dirigimos andando hacia lo que se conoce como la city, simbolizada por la imagen del dragón con la espada de san Pablo. Paseamos por la calle High Holborn, donde se nos presentó la idea de utilizar las bicicletas londinenses como medio de transporte: valen 2 libras por 24 horas y son más económicas y oportunas que el metro. Lo dejamos para el día siguiente. Nos dirigimos hacia los Royal Courts of Justice, pasando por la primera sede de la BBC, ahora perteneciente al King’s College. Después de dar un par de vueltas nos dirigimos hacia la biblioteca de King’s College, donde encontramos un pequeño jardín presidido por una estatua de Confucio. Después de un rato largo de conversación anduvimos hacia el Támesis, downstream hacia Westminster Abbey. Pasamos por unos bellos jardines, y llegando al parlamento, nos quedamos descansando en los jardines de la zona. Poco después cogemos el metro hacia el barrio de Chelsea, donde tenemos una sesión de orientación profesional con el hermano de Nano.

III. Botticelli, Harry Potter y la magia de las bicicletas 

Tercer día. Hoy toca desayuno normal. Pablo se entrevistaba en King’s College con su supervisora de tesis y hemos quedado con él en los Courts of Justice hacia las diez. Sin embargo, debido a los frecuentes contratiempos del metro, no por desgracia, nos hemos bajado en Westminster para andar por los jardines a la vera del Támesis. Poco después, tras unos fallidos intentos –por mi parte y la de Diego vos– de adelantar el alquiler de las bicis, llegamos. Allí nos esperaba Pablo, hambriento y satisfecho. Después de un rápido café, convenimos finalmente en usar las bicis. En una peligrosa trayectoria hacia Trafalgar Square entre autobuses y taxis londinenses, pacientes he de decir, Gonzalo Pérez pierde nuestra estela. Desaparece. Ante las carcajadas de Diego, reaparece Gonzalo con su bici para unirse al grupo: llevaba cuatro años sin montar una bici. A duras penas conseguimos entrar en la National Gallery, digo a duras penas por la falta de hueco en las estaciones de bici y por los controles a la puerta del museo. Tras visitar a la Virgen de las Rocas, varios Van Eyk y un Botticelli, nos “marcamos un macas” [McDonald’s. Nota del editor]. 

Tras la abundante mierda que comemos, siempre rica, emprendemos la marcha hacia la parte más mágica y de mayor belleza de Londres: Picadilly Circus y Regent Street. Nos adentramos en la magia novelesca de Harry Potter en la juguetería Hamley’s y en la cincuentona América de Forrest Gump en Picadily Street. Se hace presente la inercia en las piernas y el dolor en los talones, normal después de 20 km. De algún modo intentamos escapar de aquella repetición de grises en Regent Street hacia el verde de algún parque. Así pues, vamos a descansar a la sombra de un robusto árbol de Regent’s Park, para luego atravesar dicho parque hacia la iglesia que se escapa de mi memoria [Santo Tomás Moro. Nota del editor] y que acogerá la celebración de la fiesta san Josemaría Escrivá. Diego, sin embargo, prefiere ser atracado por dos libras a cambio de cierta libertad por Londres y se va a montar en bici. Nos reunimos con él en Netherhall tras la Misa, para descansar las piernas y rumiar la magia de Londres. Otro día.

IV. Atrapados por Londres

Cuarto día. Se comienza hacer cotidiano el levantarse a las siete, que las luces del baño se apaguen ante la inmovilidad en la ducha y el abundante desayuno. No obstante, Londres comienza a abandonarnos: mañana nos vamos. Así pues, descansados, frescos y con unas piernas oxidadas que se resisten a andar, nos dirigimos hacia el Museo Británico. Para ello cogemos el veloz y ahorrador metro y tras una matinal caminata llegamos. Nos humillan, como a ganado, a serpentear los obstáculos en la entrada del museo y, mareados, seguimos con el lógico cacheo. Personalmente, creo que éste museo es más atractivo al público que la National Gallery, quizás porque se hace más patente el hombre como obra creada y todo lo que gira a su alrededor. Visitamos momias, un relicario de la corona de espinas, restos humanos, construcciones monumentales y funerarias, además de la famosa piedra Rosetta, entre otras cosas.

A la visita cultural le sigue otra visita cultural, esta vez la famosa Foyles Bookshop, donde algunos –Diego, Pablo y yo– compramos un libro. A la salida toca comer y –cómo no– nos marcamos un rico “macas”. Pablo nos abandona después de la comida, pues va a ir a recoger a su familia; no obstante, antes de partir mañana, desayunará con nosotros. Después –toca un poco de ocio– nos dirigimos hacia Harrods: la magnífica e inmensa galería comercial de Londres. Allí encontramos unas salas aromatizadas que torturan nuestros estómagos y una tecnología que nos atrapa. Como curiosidad, encontramos una suerte de posters encuadrados con la firma de algún famoso en ellos. A la salida, a piñón fijo: metro hasta Netherhall, imprimimos los billetes de avión de la vuelta y vamos a Swiss Cottage. Sí, Swiss Cottage, un agradable pub inglés, enmoquetado hasta las cejas y donde nos espera la recién llegada familia de Pablo. Tras unas ricas “cerves”, sidras y disertaciones sobre la monarquía británica, ponemos fin al día tomando carrerilla para descansar bien. A la mañana siguiente, desde el avión, a apenas media hora de llegada a Madrid, puedo recordar que hemos visitado el agradable barrio de Finchley, comido fish and chips y sobre las 13:35 horas hemos cogido el autobús. Se ha acabado. Pero sin lugar a dudas ha sido un gran y revelador viaje. Muchas gracias.

jueves, 22 de junio de 2017

De despertadores y enchufes

Tomás Moro, tal y como me lo encontré el otro día.
Hoy 22 de junio, fiesta de santo Tomás Moro, mi despertador ha decidido no sonar. Supongo que el lector habrá tenido alguna vez esta sensación: te despiertas en tu habitación, con mucha luz procedente de la ventana y la sensación de haber dormido muy bien. Te levantas de la cama, miras el reloj y... son dos horas más tarde de la hora habitual. Pues esto es lo que me ha pasado, y me alegro de ello. Quiero pensar que ha sido mi ángel de la guarda quien ha decidido apagar el despertador en mitad de la noche: habrá pensado que me hacía falta dormir un poco más. Así que le doy las gracias. Por otra parte, quería asistir a Misa por la mañana, y el retraso del horario me ha conducido justamente a la parroquia que lleva el nombre del festejado de hoy, Tomás Moro. Quizá no haya sido mera coincidencia: ayer me encontré con Moro por la calle mientras iba a tomar un café en un descanso del estudio. Estaba subido a una hornacina de ladrillo, callado, muy quieto. Tenía la cabeza en su sitio. No sé si llegó a decir algo, tal vez fue él quien me invitó a su parroquia.

Antes de seguir escribiendo pido disculpas al lector, pues casi todo en la crónica de esta semana parece ir de lo mismo: de santos, procesiones y festejos variados. Uno de ellos fue el del sábado pasado: Netherhall, la residencia donde vivo, celebraba su 65 aniversario. Fue una celebración por todo lo alto, que los de la casa llevaban mucho tiempo preparando. Al acontecimiento vinieron antiguos residentes de Suecia, Alemania, España, de otros países y de diferentes puntos de las islas británicas. La cosa empezó con una Misa de acción de gracias, en la que es sacerdote definió a esta residencia como “un imposible que se ha hecho posible”. Después hubo una comida de picar en el roof garden y, seguidamente, algunos discursos de personajes ilustres de la casa. Algo de tiempo libre y, poco más tarde, la cena, seguida de dos conciertos: un concierto de piano a cargo de un antiguo residente experto en Franz Liszt y un concierto de música folk y rock en la sala multiusos, que la noche anterior habíamos decorado con abundantes guirnaldas con la bandera británica. Dándole vueltas a esto, pienso que aquel sábado yo era como un intruso a quien se le había concedido el privilegio de asomarse a algo muy grande: una comunidad de personas muy unidas y con una larga andadura a sus espaldas.

La procesión del Corpus atravesando el barrio del Soho
El día siguiente también fue de festejos: el Corpus Christi. La verdad, tenía mucha curiosidad por asistir a la procesión del Corpus de Londres. Hay que decir que son varias procesiones, pero una de ellas es especialmente digna de ver, pues atraviesa zonas muy conocidas de la ciudad: el barrio del Soho, Regent Street y alguna calle más. Así que allá fui: a la iglesia de Our Lady of the Assumption, próxima a Picadilly Circus, desde donde arrancaba la procesión. Duró hora y media, más o menos, pero valió completamente la pena. Además de la liturgia, que estaba muy cuidada, no tenía precio ver las caras de las personas –turistas, londinenses de a pie o judíos de la diáspora– que, sin buscarlo, se topaban con un cortejo de personas cantando a pleno pulmón y siguiendo a un grupo de hombres vestidos con ropajes dorados que portaban una forma redonda de color blanco. Supongo que es así como lo verían. Algunos se quedaban quietos, otros preguntaban qué sucedía, muchos no daban crédito. Escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero para nosotros...

Por lo demás, sigo picando piedra en la biblioteca Maughan, con cierto provecho. Aunque esta semana ha habido alguna novedad digna de reseñar. A veces es duro estar tantas horas en una biblioteca solo, sin hablar con nadie más que con el libro que tienes delante o con ese tal Terrence Malick, ya mi amigo del alma. En esta situación me encontraba yo hace un par de días, cuando la persona sentada a mi lado me preguntó si podía utilizar mi adaptador de enchufe por un tiempo. El hecho de que necesitara adaptador le delató como “no británico”, así que le pregunté de dónde era: Peter me dijo que era de Suecia, pero que su padre era de Málaga. Ahí quedó la cosa, hasta el día siguiente: me lo encontré en el jardín de la universidad mientras me tomaba mi sándwich. Me acerqué a él y me invitó a tomar un café junto con Danielle y Tim. Los tres están terminando un máster de economía en King’s College. Hoy por la tarde me lo he vuelto a encontrar, y hemos vuelto a tomar un brebaje caliente. Nunca se sabe hasta dónde puede llegar uno con un adaptador de enchufe o con un despertador averiado. Un día te encuentras con un tal Moro, y al otro con un sueco de origen malagueño.

Mis credenciales de investigador malickiano

jueves, 15 de junio de 2017

Bebé a bordo

El concierto benéfico, durante las piezas de jazz
“Bebé a bordo” (Baby on Board). Así dice la simpática chapa que suelen llevar prendida en el jersey o en la camisa las mujeres embarazadas que utilizan el metro de Londres. No recuerdo si la llevaba puesta aquella mujer que entró en metro de la línea azul (Picadilly Line) el sábado pasado, a eso de las tres y media de la tarde. El caso es que yo no me enteré de que había entrado en mi vagón una mujer embarazada; estaba bastante embebido (empanado) leyendo mi novelón de Dostoievski cuando un señor algo mayor, con malas pulgas, se plantó delante de mí y me sacó del universo ficticio en el que estaba inmerso –Pávlosk, afueras de san Petersburgo, con el príncipe Mishkin y la familia Yepanchín– con un grito que casi me hace saltar del asiento: You should have got up! (¡Deberías haberte levantado!). Como decía el otro día, se corta la tensión en el ambiente.

Volvía de comer con Wency, un amigo al que conocí el año pasado, que vive en las afueras de Londres: en Hounslow, esto es, donde el viento da la vuelta. Los padres de Wency son de Goa, una región de la India, aunque él se crió en Kenia antes de venir a vivir a Londres. Todo un crucigrama. El sábado Wency me invitó a comer a un restaurante donde solo servían comida típica de Goa. Digo restaurante con todo el cariño hacia lo que era un chiringuito bastante gracioso: seis u ocho mesas, forradas con manteles de plástico, una guirnalda de luces intermitentes de colores rodeando el techo y unas estanterías con cuadros y estampas que testimoniaban la fervorosa fe de aquellos cocineros: el Sagrado Corazón, la Virgen María, la Madre Teresa y hasta el beato Álvaro del Portillo se había colado a probar los sabores de Goa. Gente humilde y hospitalaria; nos sirvieron varios platos muy sabrosos y picantes.

El exterior de la Biblioteca Maughan
Otro suceso que no puedo dejar de contar es el concierto benéfico del viernes por la noche, organizado por Clement –uno de los residentes de Netherhall procedentes de Hong Kong– en el auditorio de un hospital cercano. El bueno de Clement llevaba varios días (semanas) anunciando a bombo y platillo el concierto, y allá fuimos. Yo llegué un cuarto de hora tarde, y la escena que me encontré allí fue algo surrealista: sobre el escenario había comenzado un número de danza –salsa, para ser más exactos– con mucha coreografía y poca ropa. Pero allí estábamos los entusiastas de Netherhall –con algo más entusiasmo que catadura moral, tal vez– apoyando el montaje de Clement. Soy un poco exagerado: el resto del recital fue una maravilla. Tom tocó alguna pieza de Bach al piano, Manel y Pau un andante grazioso de Mozart, Daniel algo de pop, luego un grupo de música a capella y, para terminar, algo de jazz. Al finalizar todo, Clement hizo los agradecimientos, y me impresionó cómo dio las gracias al equipo que había allí: “A mis hermanos de Netherhall”.

Algo más puedo contar del último fin de semana. El domingo fue un día tranquilo, pues lo invertí en su mayor parte en retirarme del mundanal ruido a rezar, en un centro del Opus Dei situado muy cerca de Hyde Park. Al terminar el retiro me di cuenta de que las tareas del espíritu me habían robado parte (o todo) el sentido práctico: me había olvidado la tarjeta del metro en Netherhall. ¿Cómo volver hasta allí sin tarjeta y sin cartera? Menos mal que Álvaro me salió al paso y supo darle la vuelta a la situación: nos fuimos a dar un paseo en bicicleta de lo más agradable desde Hyde Park hasta Netherhall, pasando por Oxford Street, Regent’s Park, el zoo de Londres y Swiss Cottage, entre otros lugares. Al final resulta que valió la pena olvidarme la tarjeta.

Y no me alargo más. El resto del tiempo lo paso picando piedra –aunque algunos lo llaman vida pirata– en mi rincón de la Biblioteca Maughan, y a la hora de comer salgo a los jardines a tomar el aire y un sándwich, bajo la mirada enigmática de una gran estatua negra del sabio Confucio que domina el parterre. Gracias a Dios, el martes no hubo sándwich: pude quedar a comer cerca de Somerset House con George, un doctorando del King’s College a quien conocí el año pasado en un congreso en Edimburgo. Un tipo majo, algo pirado con el tema del cine, así que hemos conectado bastante.

Mi rincón de estudio, picando piedra

El patio interior de Somerset House


miércoles, 7 de junio de 2017

Judíos y griegos

El cartel de la cafetería del King's
“Puesto que por un mismo Espíritu fuimos todos bautizados como miembros de un mismo cuerpo, ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres...”. Reconozco que me llamó la atención el cartel, tan casero y hortera (cheesy, que dirían por aquí), que colgaba de la pared de la cafetería de mi universidad. No es habitual, al menos en España, encontrar a alguien que te invite a leer la Biblia un domingo después de comer. Sería más habitual un cartel de “Ames a quien ames, Madrid te quiere” o, si acaso, la invitación a una conferencia sobre “Religión, patriarcado y violencia”, como la que me llegó hace poco al email. Al final va a resultar que los ingleses son gente buena.

Esa es la impresión que me llevo de estos primeros días en Londres: en casi todas las gestiones que he hecho hasta hoy he acabado por preguntar a una bibliotecaria o a un empleado del metro. Y siempre me han atendido con bastante amabilidad y –también hay que decirlo– he comprobado que tal vez tampoco ellos eran ingleses, al menos no en su origen. Lo mismo sucede en Netherhall, la residencia donde vivo; a medida que pasan los días y voy conociendo a más residentes, compruebo que el abanico de nacionalidades y creencias se amplía: bosnios, franceses, polacos, más italianos... La Misa de Pentecostés que celebramos el domingo pasado en el oratorio de la residencia me dejó boquiabierto: Jacob, el budista, cantaba en el coro como uno más y John, anglicano, se acercaba al sacerdote que repartía la comunión para recibir de él la bendición, en lugar de la eucaristía. En este sentido, el cartel de la cafetería se ajusta bien al paisaje humano de Londres: judíos y griegos, y de donde haga falta. Todos caben.

Vistas de Hampstead Heath, cerca de donde vivo
No puedo obviar el terrible ataque terrorista del sábado pasado, del que me enteré al día siguiente por la mañana, pues me había ido pronto a la cama. Mañana son las elecciones para el gobierno británico, y quizá sí haya una cierta tensión que flota en el ambiente. Tampoco es que yo sea el mejor termómetro, pues me paso las horas en la biblioteca del King’s College, pero por las mañanas y por la tarde me chupo un bonito trayecto en metro donde puedo ver los rostros de tanta gente y, sí, se percibe algo de tensión. A propósito de las elecciones, el sábado por la mañana salí a dar un paseo con Chema y Rafa por la zona que rodea la residencia –Hampstead, muy bonita– y nos encontramos con un joven laborista que, ni corto ni perezoso, nos pegó a cada uno una pegatina que decía “Open Britain” y nos dio un cartel del Partido Laborista para que, por favor, lo pegáramos en la ventana de nuestra habitación. A mí me hizo gracia el asunto, y no dudé en sacarme una foto con el cartel para dármelas por un tiempo de intelectual progre.

Por lo demás, la mayor parte del día la paso en la Maughan Library, donde he encontrado un rincón tranquilo y espacioso en una zona reservada a estudiantes de doctorado. A la hora de comer procuro salir del búnker donde estudio y tomar un poco de aire fresco en el jardín, donde me tomo mi meal deal, es decir, un triste sándwich con un zumo y algo de fruta. Es un poco cuelgue, para qué negarlo, pero es lo que hay aquí en Britania. Quién sabe, quizá un día de estos me una al grupo de Biblia mientras saboreo mi sándwich de pollo al curry o de atún con pepinillo.

viernes, 2 de junio de 2017

Reservas de mundo

Apenas llevo un día y medio en Inglaterra, pero han pasado muchas cosas; y creo que el hecho de poner algunas de ellas por escrito me ayuda a dar a cada una de ellas su peso. Digamos que esta andanza londinense que acaba de empezar tiene un precedente, que el lector de este blog recordará si leyó las crónicas sobre Oxford, escritas hace justo un año. He llegado a Londres –como diría el escritor Jiménez Lozano– pertrechado con una cierta “reserva de mundo”, esto es, con algunas vivencias, relaciones o prevenciones a mis espaldas, que vienen de la experiencia del verano pasado; pero también llego, quiero pensarlo así, con la esperanza de que esta “segunda navegación” que emprendí ayer traiga muchas sorpresas que rompan mis expectativas.


La parada de Finchley Road, junto a donde vivo
Me tocó en el avión un asiento letra “F”, lo cual significaba que estaba rodeado: a mi izquierda, por una anciana de rasgos chinos que se durmió antes de que la azafata diera las instrucciones de emergencia; a mi derecha, por un hispano de unos cincuenta o sesenta años –parco en palabras– que, minutos después de que yo hiciera la señal de la cruz al despegar el avión, repitió el mismo gesto sin apenas inmutarse. Aproveché entonces para darle un buen mordisco a mi novelón, que voy leyendo a trompicones pero con ganas: El idiota de Dostoievski.

El camino desde el aeropuerto de Gatwick hasta el lugar donde resido –Nethehall House: una residencia universitaria promovida por el Opus Dei– salió bien. Tomé un tren hasta la estación Victoria, después un metro hasta la parada de Finchley Road y, por último, caminé con mi maleta a rastras hasta la misma residencia, que ubiqué sin grandes dificultades gracias a la casa vecina: la vivienda donde Sigmund Freud pasó sus últimos (y tormentosos) años de vida. Netherhall es una residencia muy amplia, formada por cuatro edificios, y en estos días habitada por unos cuarenta o cincuenta residentes, muchos de los cuales están haciendo ahora sus exámenes finales. Dicho en pocas palabras, es como una versión de la ONU en pequeñito. En el poco tiempo que llevo aquí he conocido a tres estudiantes de Hong Kong, un francés, dos italianos, varios españoles, un inglés de religión budista, un portugués, un polaco, un indonesio y algunos otros de diferentes procedencias. La de ayer fue una tarde intensa: cena, tertulia –en la que me preguntaron varias veces por Terry (Malick), el amigo que me ha traído hasta aquí– y, finalmente, se organizó una adoración eucarística durante la noche, en la que participé luchando contra el cansancio acumulado del viaje. Aunque pienso que el Señor me ha dado un descanso intenso a cambio de la mengua, y me he levantado bastante fresco.

Cruzando Waterloo Bridge hacia el sur
Pero la navegación, propiamente, ha empezado hoy. Ha sido un día intenso: no tanto por el estudio, como por las diferentes gestiones que he hecho. La primera ha sido quedar con Belén, una profesora que me ha facilitado los pasos necesarios para hacer la estancia de investigación aquí, en King’s College. Pues bien, a media mañana he salido del metro en Westminster –junto al Big Ben y las casas del Parlamento– y he dado un largo y agradable paseo por la orilla del Támesis hasta la universidad. Allí me he encontrado con Belén y ella me ha enseñado el campus de King’s al que pertenezco y me ha dado un montón de consejos sobre bibliotecas y lugares que me pueden interesar. Además, me ha invitado a un café en el elegante patio de Somerset House, junto a la universidad. Después he cruzado Waterloo Bridge hasta la orilla sur del río, y allí he entrado en el British Film Institute para pedir información sobre la biblioteca y curiosear un poco la programación de películas del mes y esas cosas. A las tres me he presentado en las oficinas de King’s, también en la orilla sur, donde me han dado mi molona identificación de estudiante, que me he colgado del cuello como si se tratara del toisón de oro o algo del estilo. Antes de mi última gestión he rascado media hora de sosiego en la capilla (anglicana) del King’s –creo que se les había atascado el CD de cantos litúrgicos: una y otra vez la misma pieza– y, al fin, he visitado la Biblioteca Maughan, donde pasaré gran parte de mi tiempo estudiando y escribiendo.

Y hasta aquí por ahora. Espero poder entregar al lector una pequeña crónica de estas andaduras cada cierto tiempo –quizá una semana, quizá un poco menos–, contando las anécdotas o historias que me salgan al paso durante estos días londinenses.