miércoles, 1 de agosto de 2018

El regreso del bosque

Hace ya unos cuantos años, el 4 de julio de 1845, un fabricante de lápices llamado Henry David Thoreau (de Massachusetts, Estados Unidos) decidió distanciarse del mundo civilizado para vivir en una cabaña –construida con sus propias manos– en los bosques junto a la laguna de Walden. Dos años, dos meses y dos días después, regresó del bosque a la civilización. “Dejé los bosques por una razón tan buena como la que me llevó allí”, escribía. ¿Y cuál era esta razón? Thoreau no fue a los bosques para quedarse, sino para cambiar: para aprender a ver (a mirar en mundo con nuevos ojos) y llevar lo aprendido a sus vecinos, junto a los que volvía. Comentando esta idea, un pensador más reciente escribe: “El héroe parte de su cabaña y marcha hacia un bosque desconocido de cuyos misterios obtiene una bendición que devuelve a sus vecinos”.

El pequeño Walden de Lincoln's Inn Fields

Se preguntará el paciente lector, una vez más, a santo de qué escribo sobre un fabricante de lápices excéntrico y sobre su aventura en los bosques. En el último año mi tesis doctoral me ha llevado a encontrarme (una y otra vez) con Thoreau y con su libro sobre la vida en los bosques: Walden. Creo que tiene unas cuantas enseñanzas valiosas, entre ellas la que acabo de mencionar: todos, tarde o temprano, tenemos la necesidad de retirarnos a Walden (sea este o aquel, hay tantos como personas); no para quedarnos, por muy tentador que sea, sino para regresar. Pienso que las escapadas veraniegas a Inglaterra de estos últimos tres años –a las que hoy pongo punto y aparte (o punto y seguido, quién sabe)– no han sido solamente un requisito para lo que llaman “doctorado internacional”; también han tenido para mí algo de Walden: he tomado distancia, he aprendido y he conocido a personas muy interesantes. He hecho acopio de “reservas de mundo”, como dice el escritor Jiménez Lozano.

La iglesia anglicana de St Martin-in-the-Fields

Los últimos días en Londres han sido un poco diferentes al resto del mes, pues mi madre y mi hermano Jaime han venido a pasar unos días conmigo. Hemos hecho todo tipo de plantes juntos; el primero de todos, la visita al singular mercadillo de Portobello Road, que siempre trae a mi cabeza la película La bruja novata y la pegadiza canción sobre este mercado: “Potobello Road, Portobello Road / Donde se vende y se compra hasta el sol / El que quiera deshacerse de algo que usó / Que venga a venderlo a Portobello Road”. No le faltaba razón a la película; las callejuelas de Portobello un sábado por la mañana están llenas de los chismes y cachivaches más insospechados: desde cámaras fotográficas de hace casi cien años a teteras estampadas, inservibles manuales de frenología o uniformes militares. También he vuelto con ellos al palacio de Hampton Court, donde nos encontramos con el mismísimo Enrique VIII en una acalorada discusión con su sibilino ministro, Thomas Cromwell. Además, hemos paseado por The Mall, South Kensington, Covent Garden, las galerías del Victoria & Albert... La guinda del pastel fue ir a ver la obra de teatro La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde, una lección de humor british con actores de nivel y entradas a un precio bastante asequible.

Algunos cachivaches en Portobello Road

Más chismes de Portobello...

... y más chismes.

En estos días me he despedido de bastantes personas. De todas las despedidas, tal vez la más singular fue la de la cafetería Ideal Sandwiches, donde he ido a desayunar casi todos los días. Había ido creciendo un simpático colegueo con los camareros y camareras, y me parecía mal no despedirme de ellos. Cuando les dije que era mi último día, empezaron a preguntarme cosas sobre Bilbao y me regalaron un pastel de nata. Como yo no sé hacer pasteles de nata, les di unas estampas de san Josemaría Escrivá; me pareció lo propio, sobre todo cuando le había dicho días antes a la camarera que yo era del Opus Dei. Se mostró agradecida, pero no me fijé en la posible cara de póquer del resto; tampoco sé si se quedaron con alguna de las palabras de la breve explicación que improvisé. Gente muy simpática, en cualquier caso.

El mismísimo Enrique VIII en Hampton Court

También me he ido despidiendo de algunos de los residentes de Netherhall; aunque este año he mantenido un perfil bajo en la residencia, pues todos los días estaba de aquí para allí; y los fines de semana me los pasaba fuera, haciendo excursiones o planes del estilo. Sí que he trabado una especial amistad con Tom, a quien el lector recodará del último post de este blog. Se fue hace unos días de vuelta a su casa en Liverpool, pero ayer me enteré de que había dejado en Netherhall un libro para mí (no sé si en préstamo o para siempre), relacionado con alguna de las conversaciones abstrusas que habíamos tenido: The Death of Adam, una colección de ensayos de mi admirada escritora Marilynne Robinson. Y no me alargo más: ha llegado el momento de concluir estas líneas. Me despido, esta vez con incertidumbre, pues nada me dice que vaya a volver el próximo verano a Inglaterra. Estoy muy agradecido a Dios por estos tres veranos; es hora de regresar del bosque y devolver la bendición que he recibido a mis vecinos.

Té con victoria sponge en el tea room de Hampton Court

La Union Jack en The Mall

La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde

miércoles, 25 de julio de 2018

“Peregrinos y extraños”

Hace unas semanas que se quedaron enredadas en mis neuronas unas palabras de la Biblia con las que me ido topando, aquí y allá, por razones de mi tesis: “peregrinos y extraños”. Al que quiera saber un poco más, le diré que son de la Carta a los Hebreos (11,13); se refieren a una serie de personajes del Antiguo Testamento que, sin llegar a ver realizadas las promesas divinas, dejaron todas sus cosas para partir hacia la tierra prometida. Viendo y saludando las promesas desde lejos, reconocían que eran “peregrinos y extraños sobre la tierra”. Sin ánimo de enredar más de la cuenta al paciente lector, creo que tarde o temprano uno (yo al menos) se siente identificado con estas palabras por un motivo u otro. Así me ha ocurrido en los últimos días, en los que el cansancio y la soledad de la tesis doctoral se han notado más y, quizá, han hecho mella en mi ánimo, trayéndome a la mente las viejas palabras: “peregrino y extraño”.

Con mi amigo Alex frente al museo Victoria & Albert

Viendo que cada vez me quedan menos días, el viernes pasado alargué un poco las horas de biblioteca. Salí del edificio de la Maughan Library cuando anochecía y, siguiendo la obligación de los católicos en Inglaterra (no comer carne ningún viernes del año), me fui a un grasiento pero delicioso fish and chips –“the best in town”, decía en la entrada– para cenar algo. Creo que mi empanada mental era tal que, si el barman indio me hubiera preguntado quién era, o qué hacia, sencillamente le habría respondido que era un peregrino y extraño en aquel fish and chips y que, si era posible, me pusiera un poco de mayonesa en las patatas.

Los días de tesis necesitan desayunos sustanciosos...

Por suerte, mi fin de semana ha tenido un tono más prosaico y menos académico. El sábado me dejé caer por el centro del Opus Dei al que voy cada semana (Westpark), donde me habían invitado a comer junto con otros amigos y conocidos. Allí estaba Antonio, quien me propuso hacer esa misma tarde una excursión a Hampton Court, el famoso palacio de Enrique VIII; con la compañía de Ángel, un amigo de Huesca. Antonio ha alquilado un coche para los días que va a estar en Inglaterra y, dejando a un lado las confusiones de conducir por la izquierda, es bastante útil hacer pequeñas excursiones. Pudimos pasear por las estancias del rey Enrique, donde nos íbamos encontrando con explicaciones sobre las seis esposas (nada menos) que tuvo. Debajo de cada esposa, la explicación añadía: “divorciada”, “decapitada”, “decapitada”... Hasta que al llegar a la última, Catalina Parr, decía (con fina ironía británica) “sobrevivió”. La guía añadía que, en el pasillo próximo a la capilla del palacio, algunos turistas habían escuchado los terribles gritos del fantasma de Catalina Howard, quien seguía pediendo a su majestad no ser ejecutada. Sumergidos en aquel ambiente, esa noche decidimos ver la primera mitad de la película Un hombre para la eternidad, con el increíble Paul Scofield en el papel de Tomás Moro.

La fachada de Hampton Court

El domingo quedé a comer con Alex, un viejo amigo a quien conocí hace dos años en Oxford. Le gusta ser fiel a las costumbres y, como hicimos el año pasado, fuimos a comer a los food halls del museo Victoria & Albert, magníficamente decorados con todo tipo de grutescos, vidrieras, columnas y demás adornos. Después paseamos por el barrio de South Kensington, fuimos a Harrods y terminamos el encuentro con una taza de té. Las idas y venidas nos sirvieron para hablar largo y tendido y ponernos al día de nuestras vidas. Poco después de despedirme de Alex fui a Covent Garden a encontrarme con François, un personaje a quien no conocía: el motivo de este encuentro es que un amigo de París, con quien hablé hace poco, me dijo que un buen amigo suyo estaba viviendo en Londres desde hace casi un año, y me animó a quedar con él y conocerle. Este era François (o Paco), quien decidió dejar el Derecho y apostarlo todo por convertirse en actor de teatro: una persona encantadora, con quien pude conversar un rato mientras nos tomábamos unas pintas de ale en el pub The Lamb and Flag.

La Maughan Library, desde mi rincón de estudio

Pongo fin a las líneas de hoy con algunos otros encuentros de los últimos días: Tom, un residente de Netherhall con quien he ido trabando una amistad bastante sesuda, me animó a tomar una cerveza el martes pasado. Él es músico, converso al catolicismo y, además, está haciendo una tesis doctoral sobre música y filosofía en la Royal Academy of Music. Nada más... y nada menos: cada vez que hablo con Tom (y hay cerveza de por medio) la conversación no desciende más allá de la teología, la Escuela de Frankfurt o Terrence Malick. Un segundo encuentro ha sido el de hoy con Catherine, mi supervisora del King’s College, a quien he regalado una caja de bombones que compré en Harrods, con la ilusión de que volvamos a encontrarnos en el futuro.

La entrada del palacio, como en Un hombre para la eternidad

En el comedor de Hampton Court

jueves, 19 de julio de 2018

Encuentros en la tercera cerveza

Reconozco que nunca llego a la tercera cerveza cuando quedo con gente aquí en Londres; simplemente quería hacer un guiño a la película de Spielberg. La realidad es que mi umbral de aguante es bastante bajo; sobre todo en Inglaterra, donde al pedir una cerveza el camarero da por hecho que quieres una pinta, y que no será la última. Sacaré al apreciado lector de dudas diciéndole que he escogido este título porque, desde que escribí la última entrada en el blog, los encuentros con colegas y amigos se han sucedido a un ritmo acelerado: por ello no te extrañes, querido lector, que este sea el principal tema que ocupe los párrafos que siguen.

Londres desde el puente de Waterloo, de camino al BFI

El primer encuentro, está vez sin cerveza, fue el miércoles de la semana pasada. Fui por la mañana al despacho de Catherine, mi supervisora de King’s College, con quien había quedado para hablar un poco sobre mi tesis. La última vez que nos habíamos encontrado fue en noviembre, en un congreso sobre cine y cristianismo en Lisboa al que ella me invitó a acudir, y que fue muy interesante. Entonces me dijo que estaba esperando un bebé; y ya le quedará poco, según constaté el otro día. La reunión fue bastante provechosa –salieron ideas, libros, películas– y hemos quedado en tener una segunda reunión la semana que viene, para comentar con más detalle un capítulo que estoy escribiendo en inglés. Por otro lado, la visita a Catherine vino con sorpresa: al entrar en su despacho me encontré con Joe, otro doctorando de King’s, a quien conocí el año pasado. Joe me invitó a ir al día siguiente al BFI (British Film Institute) a tomar unas cervezas con algunos otros doctorandos de Film Studies de la universidad.

Ese jueves me encaminé, después de un intenso día de biblioteca, al BFI. Allí me encontré de nuevo con Joe y con algunos más, aunque no habían llegado todos: estaba Laurie, a quien conocí también el verano pasado, una doctoranda a quien me presenté y William, todo un profesor, aunque joven y por tanto algo enrollado con los alumnos de doctorado. Poco después llegó alguno más; George entre ellos, mi amigo gracias al cual pude venir por primera vez al King’s College el verano pasado. Sin alargarme más de lo debido –ni entrar en intimidades tal vez impropias en una entrada de blog– diré que fue un encuentro no solo agradable, sino también sorprendente. En concreto, mantuve un par de conversaciones que (desde luego) no esperaba tener en el bar del BFI, sobre cuestiones que rallaban la teología fundamental. Al decirle a William que estaba haciendo una tesis sobre Malick y que, en algunos capítulos, hablaba sobre la trascendencia de su cine, él inició sin pestañear una intenso diálogo sobre Dios, la Trinidad, la Iglesia católica, las mujeres en la Iglesia y otros temas del estilo.

Ayer miércoles se me echó la noche encima entre libros...

La segunda conversación tuvo como detonante el anuncio de Joe de que se iba a casar. Nada más felicitarle, Joe debió de fijarse en mi anillo y me preguntó si estaba casado. Tampoco esperaba semejante pregunta, y creo que me quedé en estado de bloqueo durante unos segundos. Algunos minutos después, el bloqueo había ido dando paso a una explicación por la que desfilaron cuestiones como la santidad de los cristianos de la calle, el Concilio Vaticano II, el celibato de los que no son sacerdotes ni religiosos... Teresa, la doctoranda que tenía a mi lado, me dijo que ella había vivido como católica hasta su adolescencia, pero que nada de eso le sonaba y que (seguramente) se había debido de perder algo. En una de sus respuestas concluyó con aplomo –y con bastante gracia– que yo debía de ser algo así como “una monja con chaqueta”, como dicen en la primera película de Este niño es un demonio. Unos días después el anillo me volvió a delatar: la camarera portuguesa a quien me encuentro a diario en la cafetería donde desayuno dio por supuesto que mi mujer y mis hijos se habían quedado en España mientras yo investigaba. Me pillaba en una hora temprana, pero volví a darle a la manivela, esta vez sin tantos detalles, y enseguida vi que le sonaba el Opus Dei. En fin, un anillo para sorprenderlos a todos...

El último encuentro digno de ser reseñado fue con mi amigo George, con quien quedé a comer en una cafetería (Fernández & Wells) situada en el patio interior de la majestuosa Somerset House. He ido conociendo un poco a George este verano y el pasado: es un londinense alternativo y bastante simpático; lo cual no quiere decir expresivo, porque casi ningún británico lo es. Los dos estamos a las puertas de terminar el doctorado, y eso ayuda a hacer piña. Además, mi amigo londinense suele ir a veranear a España cada año (a Nerja, donde se rodó Verano azul), por lo que siempre que me ve trata de chapurrear algunas palabrejas en español o me dice que últimamente ha desayunado “churows con coffee”. Un tipo simpático: espero volver a verle antes de mi partida. Dejo, para acabar, unas fotos de Aylesford, el pueblo al que fui de excursión el sábado pasado: allí se conservan los restos del carmelita san Simón Stock, a quien la Virgen María dio el escapulario del Carmen. Un giro un poco brusco en esta escritura de hoy, pero no quería dejar de poner estas fotos.

El pueblecito de Aylesford

Relieve de la Virgen María y san Simón Stock

El santuario de los carmelitas en Aylesford

miércoles, 11 de julio de 2018

“Achtung-Panzer!”

El patriotismo inglés puede llegar a irse de las manos.

Achtung-Panzer!¡Atención, tanques! Así se llamaba el libro que escribió el general alemán Heinz W. Guderian un año antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Sus páginas profetizaban el increíble poder que tendrían los carros de combate en el campo de batalla, arrasando todo lo que encontraran a su paso. Poco tiempo después, la profecía se hizo realidad: los temidos tanques alemanes avanzaron veloces por Europa, en una estrategia militar sin precedentes. Nada podía deternerlos: la Blitzkrieg (guerra relámpago) había llegado.

Se preguntará el apreciado lector a cuento de qué le estoy contando esta batalla sobre los Panzer. Pues bien, la batalla la leí hace tiempo, pero estos días me viene a la mente una y otra vez, siempre que camino por Londres y sus entrañas (el metro o underground): muchas de las personas que, a esas horas tempranas, caminan por la calle o por los pasillos del metro parecen auténticos Panzer, avanzando con sus caras serias y sus auriculares, con tanta rapidez y firmeza que es mejor no cruzarse en su camino. Por eso he optado por contrarrestar esta guerra relámpago con un poco de sosiego: casi como una reacción instintiva, me sale de dentro caminar más lento, tratar de alegrar la cara y no ir por la vida con los auriculares enchufados. Me dan ganas de tirar de los auriculares del engominado y trajeado yuppie que está a mi lado, a ver si despierta de su Matrix. A veces aprovecho algún trayecto largo para sacar mi gastado rosario y rezar un poco; de vez en cuando alguien mira alucinado mi mano mientras paso las cuentas.

Sir Hugh Dowding, el jefe de la R.A.F. en los años duros
Por lo demás, el panorama inglés de estos días viene condimentado por todo tipo de especias. La llegada de Inglaterra a las semifinales del mundial de fútbol (no más allá, por desgracia) hace que se respire un fervor patriótico que salta a la vista: con frecuencia me he cruzado con algunos coches o taxis con pequeñas o grandes banderas inglesas ondeando al viento. Ayer mismo presencié otra impresionante muestra de patriotismo: estaba tranquilamente escribiendo la tesis en la biblioteca Maughan cuando comenzó a escucharse el estruendo de diez o más cazas de combate sobrevolando la zona: “¡La guerra relámpago!”, pensé de nuevo. Pero la web de The Times enseguida me sacó de apuros: se conmemoraba el centenario de la gloriosa R.A.F. (la Real Fuerza Aérea, que de tantos aprietos sacó al país durante la Segunda Guerra Mundial) con un desfile aéreo de cazas, al tiempo que en la Abadía de Westminster la reina Isabel presidía un servicio religioso en honor de los valerosos aviadores. Aunque se ve que los ingleses son, en general, amigos de las banderas: estos días ondea sobre mi biblioteca la bandera del orgullo gay. Los signos (o las modas) de los tiempos han hecho que aquí y allá la gente luzca el aplaudido arcoíris. Me pregunto hasta qué punto apoyan la causa, o simplemente se trata de una corrección política sin fisuras.

La iglesia de St Anselm & St Caecilia
Como contaba al lector en mi anterior crónica, entre mañana y tarde de estudio trato de airear mi neurona. Últimamente he ido a Lincoln’s Inn Fields, un parque muy cercano a mi biblioteca, donde las gentes de todas partes vienen a darse un baño de naturaleza y tranquilidad. Yo no soy menos: me siento o me recuesto sobre la hierba mientras degusto mi comida de ese día, nada del otro mundo. Entre tanto observo el paisaje que me rodea, donde hay algunas escenas realmente graciosas: el otro día había un grupo de cuatro o cinco abuelas haciendo movimientos de relajación al estilo oriental (como Kárate Kid pero a cámara lenta), con cara de estar tomándoselo muy en serio. Como el sándwich da para lo que da, muchas veces completo mi descanso con una dosis extra de tranquilidad en la iglesia católica que hay al lado, St Anselm & St Caecilia. Es una iglesia amplia y bastante cuidada; su silencio invita a quedarse un rato largo, y vienen personas de lo más variopintas a rezar frente al sagrario o simplemente a poner muchas velas junto a las estatuas, algo que (según parece) es inexcusable al entrar en un templo católico.

Un buen plato de fish and chips nunca defrauda...

Se me quedan unas cuantas cosas en el tintero, pero no quiero exasperar al paciente lector que ha llegado hasta aquí. Diré que el fin de semana pasado fue muy relajado: el viernes fui a cenar a casa de Wency, un amigo que vive a las afueras de Londres y a quien conocí hace dos veranos. Como está un poco flojo por una reciente operación, fuimos al fish and chips más cercano y compramos una buena cantidad del (grasiento pero delicioso) producto estrella de estas islas. Al día siguiente visité a los veteranos de Westpark, un centro del Opus Dei al que voy una vez a la semana, y me invitaron a comer. Yo, por mi parte, les llevé una botella de Rioja del bueno: Ramón Bilbao, para ser exactos. Por último, el domingo fui a hacer una pequeña excursión a Hyde Park con Javier, un chico de Madrid que ha venido a Londres para mejorar su inglés. Le llevé a mi rincón favorito del parque: los Kensington Gardens, con sus jardines italianos, el lago Serpentine y la inolvidable estatua de Peter Pan.

Los jardines italianos en Kensington, dentro de Hyde Park

La estatua de Peter Pan junto al lago Serpentine

jueves, 5 de julio de 2018

Mermelada de naranja, la mejor medicina


La Maughan Library, mi cuartel general
El lunes pasado llegué a Inglaterra. Es mi tercera estancia en estas tierras, a las que he cogido cariño. En pocas palabras, podría decirse que mi viaje Madrid-Londres fue una especie de carrera de obstáculos, marcada por un solo objetivo: llegar a las oficinas de mi universidad (King’s College London) antes de las cuatro y recoger allí mi tarjeta de estudiante (visiting research student) para este mes. Digamos que no iba sobrado de tiempo, pero estoy seguro de que hubo algún angelote por ahí –un tal Clarence, como en ¡Qué bello es vivir!– que aceleró las turbinas del avión y pisó el acelerador del tren que iba del aeropuerto de Gatwick a la ciudad pues, al final, todo salió on time. Por lo demás, pude estirar las piernas (todo lo que permite un avión low-cost) y leer un poco del libro que tengo entre manos: El mundo de ayer, las apasionantes memorias del escritor Stefan Zweig. Ahí estaba –como un clavo, antes de las cuatro– frente al oficinista del King’s, que me preguntó qué tal estaba; y yo, ahorrándole los detalles, le dije (ocultando los dos ‘camachos’ que crecían bajo mis brazos de tanto trajín) que todo bien, como si llevara semanas viviendo allí. 

Netherhall, la residencia de estudiantes donde vivo, seguía en su sitio. De hecho, algo de lo que me he dado cuenta es que, en apenas unos minutos, volvieron a mi mente los hábitos y costumbres del año pasado: girar por esta calle, bajarse en tal parada de metro, doblar aquella esquina, etc. No me gusta del todo, pues pienso que quedarme en esto sería algo así como “vivir de prestado”, sin buscar las novedades que –seguro– traerán estas semanas. Aunque hay cosas que nunca cambian y, si hablamos de Inglaterra, más aún: en el caso del desayuno esto es un punto a favor. Tostadas, huevo, café, zumo de naranja, cereales... Los desayunos de Netherhall son una especie de arca de Noé donde todo cabe. Me hizo gracia el comentario que hizo Steve, un inglés ya veterano, cuando desayunaba frente a mí el primer día: “Esto –dijo señalando al café– es medicina por la mañana”. Y poco después, añadió: “Y esto –señalando el bote de mermelada de naranja amarga– es medicina para mí, porque soy británico”.

Al rescate de mi amigo Newman...
A lo largo de estos primeros días he podido reencontrarme con algunos conocidos que también vivían en Netherhall el verano pasado: Álvaro, Alex, Tom, Michael, Clement, Pau, Father Dancho... Con Father Dancho, el capellán de la residencia, llevo coincidiendo –por cosas de las vida– ya tres veranos, y me dio un gran abrazo al verme. También hay caras nuevas, de procedencias variadas: Polonia, España, Italia, Francia, Portugal... Es otro de los puntos a favor de este lugar: no importa que hables inglés bien o mal, pues casi todos los que están cenando contigo o en la sala de estar son tan poco británicos como tú, aunque todos seguimos el pacto tácito de hablar (casi) siempre en inglés, incluso fingiendo acentos más o menos british y regando la pronunciación con unos sorbos de té. Siempre es agradable saber que, después de un día intenso en la biblioteca en un silencio casi monacal, Netherhall está lleno de gente simpática que, en cualquier momento, te empieza a hablar sobre jazz o sobre musicales de Hollywood, como me ha pasado esta tarde.

Pero bueno, a lo que he venido es a darle un empujón a mi tesis doctoral sobre Terrence Malick, mi inopinado amigo del alma. Una vez más, mi cuartel general es la Maughan Library del King’s, donde se estudia muy bien y, además, el mismo edificio –una especie de neogótico que recuerda el estilo de algunos colleges de Oxford– invita a ello. Hablando de oxonienses, el primer día me sucedió algo bastante curioso: cada cierto tiempo los bibliotecarios ponen en la planta baja de la biblioteca una estantería con libros que han retirado porque están ya muy usados o por razones que desconozco. Al salir al mediodía para descansar y comer eché un ojo a la estantería y encontré, contra toda esperanza, un libro de mi admirado amigo John Henry Newman: La gramática del asentimiento, un ensayo que –hasta donde sé– bucea en los entresijos de la fe y sus condiciones de posibilidad, dicho con palabros filosóficos. Lo cogí sin dudar, pensando que lo estaba rescatando de caer en otras manos o de alimentar una chimenea en invierno. En estos descansos de la comida he optado escapar de la mirada de Confucio (la estatua que domina el jardín de mi biblioteca): pasear un poco e ir a lugares variados; algún parque o rincón donde comer mi (triste) sándwich con unas buenas vistas.

La catedral de san Pablo, como en Mary Poppins
Ayer fui paseando hasta la catedral (anglicana) de san Pablo, que no está muy lejos de la biblioteca. Ahí estaba el imponente edificio, una curiosa mezcla de san Pedro del Vaticano con el Capitolio de Washington, rodeado de trabajadores que van a sus jardines o escaleras no precisamente a honrar al Dios de Abraham, sino a tomarse su sándwich. Miré si se podía entrar pero, como no había ningún servicio religioso en ese momento, la entrada valía un ojo de la cara. Me vino entonces a la cabeza la parroquia católica a la que había ido a Misa aquella mañana (santo Tomás Moro), y me encajó aquella frase que dijo –o dicen que dijo: en cualquier caso es buena– Oscar Wilde: “La Iglesia católica es solo para santos y pecadores y la Iglesia anglicana, para gente respetable”. Es cierto, en Londres uno puede encontrar en una iglesia católica a los personajes más insospechados, guarros y harapientos, y a su puerta siempre hay un pobre pidiendo limosna. En cambio, las iglesias anglicanas –a las que, por otra parte, tengo cierto aprecio– o están vacías o se utilizan para recitales musicales a la hora del sándwich. Aquí dejo mi crónica londinense, un poco tocado por una cerveza que me acabo tomar en la tertulia de la noche. Casi al terminarla he mirado por casualidad su etiqueta y he visto que ponía: very strong...