miércoles, 25 de julio de 2018

“Peregrinos y extraños”

Hace unas semanas que se quedaron enredadas en mis neuronas unas palabras de la Biblia con las que me ido topando, aquí y allá, por razones de mi tesis: “peregrinos y extraños”. Al que quiera saber un poco más, le diré que son de la Carta a los Hebreos (11,13); se refieren a una serie de personajes del Antiguo Testamento que, sin llegar a ver realizadas las promesas divinas, dejaron todas sus cosas para partir hacia la tierra prometida. Viendo y saludando las promesas desde lejos, reconocían que eran “peregrinos y extraños sobre la tierra”. Sin ánimo de enredar más de la cuenta al paciente lector, creo que tarde o temprano uno (yo al menos) se siente identificado con estas palabras por un motivo u otro. Así me ha ocurrido en los últimos días, en los que el cansancio y la soledad de la tesis doctoral se han notado más y, quizá, han hecho mella en mi ánimo, trayéndome a la mente las viejas palabras: “peregrino y extraño”.

Con mi amigo Alex frente al museo Victoria & Albert

Viendo que cada vez me quedan menos días, el viernes pasado alargué un poco las horas de biblioteca. Salí del edificio de la Maughan Library cuando anochecía y, siguiendo la obligación de los católicos en Inglaterra (no comer carne ningún viernes del año), me fui a un grasiento pero delicioso fish and chips –“the best in town”, decía en la entrada– para cenar algo. Creo que mi empanada mental era tal que, si el barman indio me hubiera preguntado quién era, o qué hacia, sencillamente le habría respondido que era un peregrino y extraño en aquel fish and chips y que, si era posible, me pusiera un poco de mayonesa en las patatas.

Los días de tesis necesitan desayunos sustanciosos...

Por suerte, mi fin de semana ha tenido un tono más prosaico y menos académico. El sábado me dejé caer por el centro del Opus Dei al que voy cada semana (Westpark), donde me habían invitado a comer junto con otros amigos y conocidos. Allí estaba Antonio, quien me propuso hacer esa misma tarde una excursión a Hampton Court, el famoso palacio de Enrique VIII; con la compañía de Ángel, un amigo de Huesca. Antonio ha alquilado un coche para los días que va a estar en Inglaterra y, dejando a un lado las confusiones de conducir por la izquierda, es bastante útil hacer pequeñas excursiones. Pudimos pasear por las estancias del rey Enrique, donde nos íbamos encontrando con explicaciones sobre las seis esposas (nada menos) que tuvo. Debajo de cada esposa, la explicación añadía: “divorciada”, “decapitada”, “decapitada”... Hasta que al llegar a la última, Catalina Parr, decía (con fina ironía británica) “sobrevivió”. La guía añadía que, en el pasillo próximo a la capilla del palacio, algunos turistas habían escuchado los terribles gritos del fantasma de Catalina Howard, quien seguía pediendo a su majestad no ser ejecutada. Sumergidos en aquel ambiente, esa noche decidimos ver la primera mitad de la película Un hombre para la eternidad, con el increíble Paul Scofield en el papel de Tomás Moro.

La fachada de Hampton Court

El domingo quedé a comer con Alex, un viejo amigo a quien conocí hace dos años en Oxford. Le gusta ser fiel a las costumbres y, como hicimos el año pasado, fuimos a comer a los food halls del museo Victoria & Albert, magníficamente decorados con todo tipo de grutescos, vidrieras, columnas y demás adornos. Después paseamos por el barrio de South Kensington, fuimos a Harrods y terminamos el encuentro con una taza de té. Las idas y venidas nos sirvieron para hablar largo y tendido y ponernos al día de nuestras vidas. Poco después de despedirme de Alex fui a Covent Garden a encontrarme con François, un personaje a quien no conocía: el motivo de este encuentro es que un amigo de París, con quien hablé hace poco, me dijo que un buen amigo suyo estaba viviendo en Londres desde hace casi un año, y me animó a quedar con él y conocerle. Este era François (o Paco), quien decidió dejar el Derecho y apostarlo todo por convertirse en actor de teatro: una persona encantadora, con quien pude conversar un rato mientras nos tomábamos unas pintas de ale en el pub The Lamb and Flag.

La Maughan Library, desde mi rincón de estudio

Pongo fin a las líneas de hoy con algunos otros encuentros de los últimos días: Tom, un residente de Netherhall con quien he ido trabando una amistad bastante sesuda, me animó a tomar una cerveza el martes pasado. Él es músico, converso al catolicismo y, además, está haciendo una tesis doctoral sobre música y filosofía en la Royal Academy of Music. Nada más... y nada menos: cada vez que hablo con Tom (y hay cerveza de por medio) la conversación no desciende más allá de la teología, la Escuela de Frankfurt o Terrence Malick. Un segundo encuentro ha sido el de hoy con Catherine, mi supervisora del King’s College, a quien he regalado una caja de bombones que compré en Harrods, con la ilusión de que volvamos a encontrarnos en el futuro.

La entrada del palacio, como en Un hombre para la eternidad

En el comedor de Hampton Court

No hay comentarios:

Publicar un comentario