miércoles, 11 de julio de 2018

“Achtung-Panzer!”

El patriotismo inglés puede llegar a irse de las manos.

Achtung-Panzer!¡Atención, tanques! Así se llamaba el libro que escribió el general alemán Heinz W. Guderian un año antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Sus páginas profetizaban el increíble poder que tendrían los carros de combate en el campo de batalla, arrasando todo lo que encontraran a su paso. Poco tiempo después, la profecía se hizo realidad: los temidos tanques alemanes avanzaron veloces por Europa, en una estrategia militar sin precedentes. Nada podía deternerlos: la Blitzkrieg (guerra relámpago) había llegado.

Se preguntará el apreciado lector a cuento de qué le estoy contando esta batalla sobre los Panzer. Pues bien, la batalla la leí hace tiempo, pero estos días me viene a la mente una y otra vez, siempre que camino por Londres y sus entrañas (el metro o underground): muchas de las personas que, a esas horas tempranas, caminan por la calle o por los pasillos del metro parecen auténticos Panzer, avanzando con sus caras serias y sus auriculares, con tanta rapidez y firmeza que es mejor no cruzarse en su camino. Por eso he optado por contrarrestar esta guerra relámpago con un poco de sosiego: casi como una reacción instintiva, me sale de dentro caminar más lento, tratar de alegrar la cara y no ir por la vida con los auriculares enchufados. Me dan ganas de tirar de los auriculares del engominado y trajeado yuppie que está a mi lado, a ver si despierta de su Matrix. A veces aprovecho algún trayecto largo para sacar mi gastado rosario y rezar un poco; de vez en cuando alguien mira alucinado mi mano mientras paso las cuentas.

Sir Hugh Dowding, el jefe de la R.A.F. en los años duros
Por lo demás, el panorama inglés de estos días viene condimentado por todo tipo de especias. La llegada de Inglaterra a las semifinales del mundial de fútbol (no más allá, por desgracia) hace que se respire un fervor patriótico que salta a la vista: con frecuencia me he cruzado con algunos coches o taxis con pequeñas o grandes banderas inglesas ondeando al viento. Ayer mismo presencié otra impresionante muestra de patriotismo: estaba tranquilamente escribiendo la tesis en la biblioteca Maughan cuando comenzó a escucharse el estruendo de diez o más cazas de combate sobrevolando la zona: “¡La guerra relámpago!”, pensé de nuevo. Pero la web de The Times enseguida me sacó de apuros: se conmemoraba el centenario de la gloriosa R.A.F. (la Real Fuerza Aérea, que de tantos aprietos sacó al país durante la Segunda Guerra Mundial) con un desfile aéreo de cazas, al tiempo que en la Abadía de Westminster la reina Isabel presidía un servicio religioso en honor de los valerosos aviadores. Aunque se ve que los ingleses son, en general, amigos de las banderas: estos días ondea sobre mi biblioteca la bandera del orgullo gay. Los signos (o las modas) de los tiempos han hecho que aquí y allá la gente luzca el aplaudido arcoíris. Me pregunto hasta qué punto apoyan la causa, o simplemente se trata de una corrección política sin fisuras.

La iglesia de St Anselm & St Caecilia
Como contaba al lector en mi anterior crónica, entre mañana y tarde de estudio trato de airear mi neurona. Últimamente he ido a Lincoln’s Inn Fields, un parque muy cercano a mi biblioteca, donde las gentes de todas partes vienen a darse un baño de naturaleza y tranquilidad. Yo no soy menos: me siento o me recuesto sobre la hierba mientras degusto mi comida de ese día, nada del otro mundo. Entre tanto observo el paisaje que me rodea, donde hay algunas escenas realmente graciosas: el otro día había un grupo de cuatro o cinco abuelas haciendo movimientos de relajación al estilo oriental (como Kárate Kid pero a cámara lenta), con cara de estar tomándoselo muy en serio. Como el sándwich da para lo que da, muchas veces completo mi descanso con una dosis extra de tranquilidad en la iglesia católica que hay al lado, St Anselm & St Caecilia. Es una iglesia amplia y bastante cuidada; su silencio invita a quedarse un rato largo, y vienen personas de lo más variopintas a rezar frente al sagrario o simplemente a poner muchas velas junto a las estatuas, algo que (según parece) es inexcusable al entrar en un templo católico.

Un buen plato de fish and chips nunca defrauda...

Se me quedan unas cuantas cosas en el tintero, pero no quiero exasperar al paciente lector que ha llegado hasta aquí. Diré que el fin de semana pasado fue muy relajado: el viernes fui a cenar a casa de Wency, un amigo que vive a las afueras de Londres y a quien conocí hace dos veranos. Como está un poco flojo por una reciente operación, fuimos al fish and chips más cercano y compramos una buena cantidad del (grasiento pero delicioso) producto estrella de estas islas. Al día siguiente visité a los veteranos de Westpark, un centro del Opus Dei al que voy una vez a la semana, y me invitaron a comer. Yo, por mi parte, les llevé una botella de Rioja del bueno: Ramón Bilbao, para ser exactos. Por último, el domingo fui a hacer una pequeña excursión a Hyde Park con Javier, un chico de Madrid que ha venido a Londres para mejorar su inglés. Le llevé a mi rincón favorito del parque: los Kensington Gardens, con sus jardines italianos, el lago Serpentine y la inolvidable estatua de Peter Pan.

Los jardines italianos en Kensington, dentro de Hyde Park

La estatua de Peter Pan junto al lago Serpentine

3 comentarios:

  1. ¡Un gusto leerte a través de la pantalla del ordenador del trabajo: una manera de escapar!

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  2. ¡Jajaja! ¡Qué grande Javi, ser leído por ti es todo un privilegio!

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  3. Bravo Pablo! Nos tienes muy bien informados:historia, gastronomía, parques y jardines, iglesias...

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