martes, 18 de junio de 2019

“Alguien que desayuna alubias no está civilizado”

Mi estancia en Inglaterra me ha impulsado a escribir a amigos que he hecho durante mis andanzas por estas tierras. El miércoles pasado quedé con Tom, un auténtico británico de Liverpool, con quien hice amistad cuando viví en Netherhall, la residencia de estudiantes del Opus Dei en Londres. Tom es pianista y, además, está haciendo un doctorado sobre filosofía de la música. ¡Ahí queda eso! El caso es que fuimos a comer juntos a un restaurante italiano en Finchley Road y tuvimos una larga y agradable conversación en la que nos pusimos al día de nuestras vidas y de nuestros respectivos pedaleos mentales. A pesar de su flema británica y su parquedad de palabras, Tom es un tipo sonriente, con un gran corazón y una capacidad asombrosa para montarse teorías sobre la marcha. Así, nuestra conversación iba oscilando de asuntos familiares a teología de altos vuelos con gran naturalidad. Reconozco que yo también tengo esta propensión al grumo teórico, y más si entre los grumos se halla el nombre de Joseph Ratzinger, de quien soy fan declarado después de haber terminado hace poco su clásico Introducción al cristianismo.

El maestro Pablo Alzola que estaba allí

En lo que respecta a mis sesudas investigaciones en Brunel University, voy dando mis pasitos. Tengo en el horizonte la entrega de un breve capítulo que me comprometí a escribir sobre una película de estreno reciente: El reverendo, dirigida por Paul Schrader (más conocido por haber escrito el guion de Taxi Driver). Llevo un par de días leyendo entrevistas a este singular cineasta, quien no vio una película hasta los diecisiete años por la estricta educación calvinista que recibió en casa; aunque luego dio “el pendulazo” y empezó a escribir historias más alocadas, digamos. Cuando llega la hora del sándwich, el señor Masahiro y yo nos miramos y desembuchamos nuestros emparedados en un duelo que suele durar una media hora o un poco más. Sorteando las dificultades de su inglés rudimentario, hablamos sobre alguna costumbre de España y de Japón, le cuento lo que he hecho el fin de semana o él me cuenta el último plan que ha hecho con sus hijos. Por ejemplo, hoy me ha contado que su hija quiere ir a ver la nueva de Toy Story y que los jueves suele llevar a su hijo, que tiene autismo por lo que he entendido, a montar a caballo. Junto a todo esto, un tema recurrente es la religión: Masahiro me volvió a preguntar el lunes si el día anterior había ido a la iglesia, y cuando le conté que voy todos los días, entonces me lo pregunta cuando llego por la mañana: “Have you been to church?”.

Desde el cristal del autobús: han sido días muy lluviosos

Agradezco tener una pequeña rutina entre semana, que incluye prepárame los sándwiches de ese día, desayunar, dar un paseo hasta la iglesia, rezar un poco y asistir a Misa, coger el autobús, llegar a la universidad... He ido encontrando un sabor especial a cada una de estas cosas y, aunque parezca una bobada, disfruto de esta pequeña “vida a la inglesa” que me he montado. En mis viajes en autobús ya no tengo la compañía del poeta Gerard Manley Hopkins, de quien hablé hace una semana. Entre el trayecto en bus de ida y el de vuelta he leído mucho estos días, y en un santiamén me he terminado el ensayo sobre Hopkins. Ahora llevo a otro acompañante, completamente distinto del anterior: El maestro Juan Martínez que estaba allí. Se trata de una crónica novelada del periodista Manuel Chaves Nogales sobre las peripecias un bailaor de flamenco y su mujer en la Rusia sacudida por la revolución bolchevique. Un libro fascinante, de nuevo. A esta rutina diaria he sumado últimamente, más si cabe, mi inmersión en la cocina. Ya que mi amigo Wency suele llegar agotado a casa, he decidido cocinar la mayor parte de los días. No es que yo tenga mucha idea de cocinar, por lo que hasta ahora me he decantado por imitar la cocina típica inglesa: he hecho chuletas de cerdo con verduras hervidas y el inexcusable gravy, fish and chips y (esto fue lo mejor) el domingo preparé un auténtico desayuno inglés con todos sus aditamentos. El otro día Juan, un amigo, me escribía sobre el desayuno: “Alguien que desayuna alubias no está civilizado”. Tal vez tenga razón.

Concierto de cuerda en el auditorio de Netherhall House


El fin de semana ha sido tranquilo, por lo demás. El viernes vi que en la parroquia organizaban al final del día una adoración eucarística, y decidí apuntarme. No hubo mucha gente, pero creo que casi todos eran del movimiento carismático: la gente, de pie, alzaba muy alto las manos abiertas y agradecía a Dios sus bendiciones, mientras un tipo marchoso tocaba la guitarra y entonaba canciones sobre Jesús y el Espíritu Santo. Fue un momento especial, para nada irrespetuoso: se estaba bien allí. La música llamó a mi puerta también al día siguiente: José y Pau, dos residentes de Netherhall que estudian la carrera de música, habían organizado un concierto de cuerda con piezas de Mozart y Elgar, sobre todo. Fue una experiencia increíble: no tengo mucha idea de música, pero el recital me dio mucho que pensar sobre la belleza de todo aquello. Era como si el tiempo se hubiera parado.

Mis creaciones de esta semana: chuletas de cerco con gravy...

Un imprescindible de esta isla: fish and chips

Otro imprescindible: full English breakfast



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