Durante estos días en Brunel University suelo trabajar en la sala para profesores visitantes. A poca distancia de mí está sentado mi único compañero: un japonés de más de cuarenta años, llamado Masahiro, a quien el atento lector recordará de la anterior crónica. Para los pocos días que llevamos juntos, nuestra interacción ha ido progresando a pasos agigantados. El “señor Masahiro” –a quien, no sé por qué, relaciono con el afable personaje japonés de la película La elegancia del erizo: el “señor Ozu”– siempre me pregunta qué tal estoy y luego añade alguna pregunta, como qué tal ha ido el fin de semana o algo del estilo. Hace unos días pensé que sería una buena idea que, cuando el señor Masahiro se dispusiera a comer su sándwich, yo hiciera lo propio y así podríamos charlar un poco más. Digamos que no habla un inglés muy fluido, pero nos entendemos. Ha sido muy gracioso cuando hoy, a la hora de comer, me ha contado cómo ayer su mujer le leyó a su hija pequeña un cuento típico español (toda su familia se ha venido a Inglaterra por un año sabático). Entonces ha pasado a contarme el cuento y al final me ha preguntado: “¿Lo conoces?”. Para no engañarle, le he dicho que no. A esto ha seguido una conversación sobre nuestras familias, hasta que ha llegado la pregunta: “Y tú, ¿te vas a casar pronto?”. Tampoco quería mentirle, así que le he lanzado otro no: que dentro de la Iglesia católica hay personas que se casan; pero las hay que no, con el fin de responder a una llamada de Dios a estar más cerca de Él y darse a los demás. El señor Masahiro flipaba en colores, no entendía nada, pero ha sido un intercambio interesante y divertido.
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| Mi mesa de trabajo en Brunel University |
Otro encuentro reseñable es el que tuve hace ya unos días con Daniele, el profesor que me supervisa la estancia en Brunel. Me recibió en su despacho, y estuvimos hablando un rato en un tono bastante informal. A pesar de su correcto inglés... su acento, su bigote y su colegueo lo delataban como inconfundiblemente italiano. Yo no le conocía de nada, pero le escribí un email hace pocos meses para pedirle si me aceptaría como visitante en Brunel y ¡aquí estoy! Además, resulta que estudia algunos temas que a mí también me interesan, como es el pensamiento de Stanley Cavell, un filósofo de Havard que escribió mucho sobre cine. Aunque algo de británico tenía, pues cuando le pregunté cuándo nos podríamos reunir de nuevo despejó el balón con gran agilidad, citándome solamente para un segundo, y último, encuentro.
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| El autobús 222, que me lleva de Hounslow a la universidad |
A las singularidades de Brunel se suma la distancia. Por suerte, he dado con un bus (el 222) que va directo desde la parroquia de Ss Michael and Martin, donde voy a Misa a diario, hasta el campus de Brunel. Son cuarenta minutos, a veces un poco más, pero reconozco que es mucho mejor viajar en bus que en el asfixiante underground. En estos trayectos uno encuentra hombres y mujeres de toda raza y condición: entre lo más sorprendente que he visto hasta ahora, un hombre que tenía la cabeza completamente tatuada y una panda de “morenos” (como diría Clint Eastwood) fumando porros con toda tranquilidad. Entretanto, yo aprovecho el trayecto para sacar mi libro y leer plácidamente, que me encanta. Ahora mismo estoy leyendo un ensayo apasionante sobre un poeta inglés del siglo XIX, llamado Gerard Manley Hopkins. Un personaje donde los haya: estudiante en Oxford, poeta, anglicano hecho católico, y después jesuita. Hopkins tenía unos ojos capaces de asombrarse ante la belleza de los detalles más pequeños de la naturaleza: las nubes, los copos de nieve, la hoja de un árbol... “Nadie ha amado más que yo la belleza”, le escribía a un amigo. Tras su prematura muerte, sus compañeros jesuitas pensaban que era solo un despistado. Pero su poesía y demás escritos revelan una personalidad admirable. Así que Hopkins me acompaña estos días en el bus, y yo se lo agradezco.
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| 21 Hinton Avenue, mi casa en Hounslow |
Por lo demás, mi vida ha adquirido un tono más doméstico que nunca. Dado que no vivo en una residencia de estudiantes, tengo que sacarme las castañas del fuego. El sábado pasado estuve poniendo lavadoras y planchándome la ropa, y algún que otro día he hecho mis apaños en la cocina. A esto se suma el hecho de que mi amigo Wency, en cuya casa vivo, no está muy bien de salud últimamente: hace un año tuvo una operación complicada y al mínimo catarro está que no puede salir de casa. No siempre es fácil, pues muchas veces me doy cuenta de que soy yo el que tiene que remar y a veces me desanimo. Visto el panorama, necesitaba ayuda especial del Espíritu Santo, y por eso fui el domingo pasado a mi iglesia favorita de Londres, St Etheldreda, a una Misa de Pentecostés espectacular en la que el coro cantó piezas de Palestrina, Tomás Luis de Victoria y Johann Sebastian Bach. Después de aquello, las cosas se veían de otro modo.
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| La iglesia de St Etheldreda |
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| Y mis apaños en materia de cocina... |
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| La estación de metro más cercana: Hounslow West |
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