miércoles, 26 de junio de 2019

Un hombre de dos reinos

Mis deberes para con la universidad me han traído, de las orejas, de regreso a Madrid. Como bien sabrá el avispado lector, entre las tareas de todo profesor universitario las hay más gratificantes y menos; entre estas últimas está la de poner los exámenes de recuperación, la tradicional “repesca”. Aquí me hallo ahora mismo, mientras escribo estas líneas: en un aula de la Universidad, junto a un ordenador que suena como un reactor soviético, esperando a que se presente algún alumno. Pero no ha venido nadie, y por eso me he puesto a escribir.

Mi colada del sábado pasado, tendida en el jardín

De los últimos días en las tierras de la Gran Bretaña hay algunos sucedidos que quisiera compartir con el lector. El sábado pasado, 22 de junio, los habitantes ingleses fieles a la sede de Roma –entre los que me incluyo– celebramos la fiesta de santo Tomás Moro, fiel súbdito de su graciosa majestad, Enrique VIII, pero antes de Dios. Tal fidelidad le llevó a perder la cabeza, en el sentido literal de la expresión. Pero lo que nunca perdió Moro fue el sentido del humor. Cuentan que sus últimas palabras, antes de ser decapitado, fueron para el verdugo: “Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel, es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla”. En la iglesia donde suelo ir –Ss Michael and Martin, a la que he cogido cariño– hay una estatua en madera oscura del santo. Pero los feligreses indios son más adeptos (a veces hasta un punto que ralla la idolatría) de san Antonio de Padua; su estatua suele tener tantas velas que no sería raro que un día empezase a arder. Moro suele estar más olvidado, en un rincón, pero el sábado pasado se acordaron de él y le pusieron alguna que otra vela. En casa Wency invitó a Carlos, un amigo suyo de Algeciras que vive en Londres casado con una chica nepalí, y celebramos al mártir inglés con jamón y queso machego, a la española. Por la tarde la celebración continuó con la tradicional colada (o laundry): mis camisas, pantalones y calzoncillos ondeaban al viento en honor de santo Tomás Moro. 

Jamón y queso manchego para celebrar a santo Tomás Moro

En esta última semana, mi sosegada rutina se ha visto un poco sacudida por la urgencia de entregar un texto que me había comprometido a escribir. Como conté hace unos días, se trata de un pequeño capítulo sobre la película El reverendo, dirigida por Paul Schrader en 2017. Mi documentación sobre la película ha sido, quizá, excesiva: he leído muchas entrevistas al cineasta, he visto las películas que le han influido, he releído un libro de Schrader sobre cine. Para ello, he visitado un par de días el British Film Institute, situado en la orilla sur del Támesis: un lugar realmente agradable, con una pequeña biblioteca (la Reuben Library) para investigadores de cine. Mis fijación fue tal que llegó un momento en que pensaba que yo era el reverendo, y que el conflicto que atraviesa el personaje me estaba pasando a mí. Además, en el largo camino a la parroquia –que recorro todas las mañanas– hay una iglesia protestante de ladrillo, muy austera, con una gran cruz desnuda en lo alto. Al pasar por delante me imaginaba la iglesia que aparece en la película. La cosa ya se ha calmado más, por suerte, ya que ayer entregué felizmente el texto.

Una vista desde el puente de Waterloo, regresando del British Film Institute

También puedo decir que ayer pisé suelo español después de veinticinco días fuera. Ya soy, casi, un “hombre de dos reinos”, como dice el título latinoamericano de la inolvidable película sobre Tomás Moro, A Man for All Seasons. El vuelo a Madrid fue muy cómodo, pues pude volar en un avión de la compañía British Airways. También pude merodear un poco por la terminal 5 de Heathrow, donde compré un bote de mermelada de naranja amarga y unas trufas de caramelo para llevar a mi madre, a mi hermano y a su mujer. Mi madre, siempre incondicional, vino a recogerme a la T4 y, poco después de llegar a casa, pude quedar con un amigo para tomar una cervecita con aceitunas. Fede es un amigo con quien vale la pena conversar, pues tiene la difícil habilidad de bajar el periscopio rápidamente y bajar hasta las profundidades abisales, sacando temas de conversación interesantes y profundos. Cualquiera que nos escuchara ayer en aquella cafetería de Pozuelo hubiera pensado, seguramente, que éramos unos internos sacados del manicomio con libertad condicional.

Desde la ventana de mi asiento del avión

La iglesia protestante que me encuentro todos los días

La estatua de Tomás Moro en la parroquia, con alguna vela

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