domingo, 26 de junio de 2016

“No E.U., no café. I am sorry!”

El cristal de un café en St Giles Street el 24 de junio
Buenos días, Brexit. Parece inevitable que dedique al menos un par de párrafos de mi relato a este acontecimiento que está provocando tanta controversia a ambos lados del Canal de la Mancha. No voy a dar datos, tampoco voy a hablar de estadísticas: todo eso ya está leído y releído. Simplemente quisiera dar un par de pinceladas sobre la “experiencia Brexit”, en primera persona. Durante todos estos días, era habitual ver algunas de las ventanas de las casas de Oxford con carteles de “Vote Remain” o “Vote Leave”, en color azul o rojo, respectivamente. También era habitual, especialmente los sábados, encontrarse por la avenida peatonal de Oxford –Cornmarket Street– con grupillos de militantes de ambas posturas, que repartían panfletos a la gente y alzaban sus grandes letreros con los lemas de sus campañas. Mientras tanto, unos metros más allá, un predicador protestante lanzaba gritos a las muchedumbres sobre la conversión y el pecado y, a unos pasos de distancia, un imán musulmán repartía libritos sobre la guerra en Siria. Cornmarket los sábados: una pequeña síntesis de cómo está el mundo. El próximo sábado seguirán allí el predicador y el imán, pero no los militantes: el Brexit ya está aquí.

Ciertamente, muy pocos esperaban este resultado. Según he podido escuchar de boca de varios ingleses durante estos últimos días, parece que los partidarios del “Leave” no se acababan de creer que pudieran ganar. ¿Y ahora qué? Ni ellos mismos lo saben. No olvidaré la cara de Paul, quien, al terminar la Misa en Grandpont, fue corriendo al ordenador más próximo para ver los resultados del referéndum. Su cara fue de incredulidad al principio, y de susto después. Aunque, hay que decirlo, las posturas de los ingleses que viven en mi casa están un poco divididas: de los cuatro ingleses, dos votaron “Remain”, y dos “Leave”, de modo que en las tertulias de estos últimos días hay que tener cuidado de no sortear la frontera de lo correcto, ya sea hacia un lado o hacia el otro. Si no, tarjeta amarilla. No deja de ser divertido, pues los ingleses son verdaderos expertos en atacar al adversario con una ironía tan fina que apenas se nota. Todos nos reímos con la foto que había hecho Aitor al cristal pintado de una cafetería de la calle St Giles. El dueño había decidido no abrir ese día, y su mensaje era claro: “No E.U., no café. I am sorry!”.

La reading room de la Taylorian Library
Por lo demás, puedo decir que ha sido una semana provechosa, llena de detalles típicamente oxonienses. El lunes pasado cambié mi lugar de estudio: para bien, sin duda. La English Faculty Library cerraba por obras hasta septiembre, así que he trasladado mi hábitat a la Taylorian Library, también situada en St Giles Street. Un lugar elegante, donde se respira universidad en todas las equinas: estanterías de libros infinitas, con grandes escaleras metálicas para poder llegar a los pisos superiores, sala de visionado de cine –cosa que a mí me interesa especialmente– y una reading room –sala de lectura– realmente imponente, con grandes ventanales de cristal, cúpula y bustos de venerables académicos del lugar.

Entre los acontecimientos más festivos, el lunes tuve la suerte de poder asistir a un pequeño concierto nocturno –gratuito– de un cuarteto de cuerda en la capilla de Magdalen College. Se trataba de piezas muy variadas: tal vez la más conocida era el Adagio for Strings de Samuel Barber, escogido por Oliver Stone como banda sonora de la película Platoon. Hubo un momento en que la cosa se puso realmente emotiva: con el Adagio de Barber de fondo, mis ojos se pararon el la gran vidriera que domina la ante-capilla de Magdalen: el juicio final, representado con gran dramatismo. Con la curiosidad de que la vidriera era en blanco y negro, no tenía color: se me ocurrió que podría ser una buena metáfora sobre la Iglesia anglicana, las mismas verdades de fe (o casi), pero todas algo distorsionadas y faltas de color.

Ese mismo lunes acudí a un encuentro que quiero resaltar: Daniel, quien ya ha aparecido en este blog, me invitó a tomar té con pasteles en “The Grand Cafe” –en High Street– con un amigo de su college, a quien me quería presentar. Tom, llamémosle así, quería hacer el trabajo de fin de carrera sobre las relaciones entre el cine y la filosofía –mi tema–, así que estuvimos hablando largo y tendido. Pero me sorprendió cómo, de un momento a otro, dejó de lado el cine para preguntarme si era católico, y, tras mi respuesta afirmativa, empezó a decir cosas muy buenas sobre la Iglesia católica. Me quedé muy sorprendido, pues Tom es hijo de un antiguo ministro anglicano. Fue un encuentro realmente grato.

Con Basilio (el cámara), Walter Hooper, Javier y Blessed Lucy
No quisiera alargarme más, así que solamente hablaré sobre otro encuentro sorprendente de la semana. El jueves por la tarde, Basilio –que vive en Grandpont– me invitó a mí y a otro amigo español que estudia en Oxford a acudir a la casa de Walter Hooper, para charlar un rato con él y tomar una taza de té con galletas. El lector que haya llegado a esta altura del relato se preguntará quién es Walter Hooper: Walter fue el secretario personal de C.S. Lewis durante sus últimos años de vida y, tras su muerte, ha sido su albacea, quien ha custodiado fielmente sus obras y su legado. A día de hoy, es un anciano de 85 años con gran vitalidad y un gran sentido del humor. Walter nos enseñó muchas fotografías de C.S. Lewis y sus familiares, así como algunos viejos libros que poseía Lewis, anotados por él, que Walter tiene en sus estanterías como si fueran la cosa más normal del mundo. Durante la merienda, la gata de Walter –llamada Blessed Lucy– iba saltando de un regazo a otro, mientras Walter se divertía sacándonos fotos con su vieja cámara Kodak de carrete. Fue una tarde encantadora. Parafraseando a Lewis, puedo decir que todos quedamos "cautivados por Walter": surprised by Walter.

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