Durante los últimos días suelo ir por las mañanas a Brunel University. Lo que hago es, principalmente, corregir el texto de mi tesis doctoral, adaptándolo para su posible publicación como libro. Ya he encontrado una editorial y, quién sabe, quizá dentro de unos meses el apreciado lector pueda encontrarlo en su librería de confianza. Esta tarea es un trabajo “de chinos”: consiste sobre todo el meter tijera y más tijera, cambiar expresiones demasiado académicas, quitar citas pedantes, dar al texto un tono más asequible, crear cierta intriga... Lo del trabajo de chinos (o casi) parece encajar con la situación, pues a mi lado tengo siempre al señor Masahiro, quien me mira fijamente cuando llego al despacho por la mañana y me dice las únicas palabras que sabe de español: “¿Cómo estás?”. Las conversaciones que tenemos a la hora del sándwich tienen bastante miga: normalmente él me cuenta alguna cosa de su familia, como los problemas que están teniendo para encontrar un colegio especial para su hijo autista o su última visita al Science Museum de Londres. Creo poder decir que es un hombre realmente bueno, que cuida mucho de su familia y, tal vez por ello, muchas veces le sorprendo quedándose dormido sobre el libro que tiene entre manos. Le he invitado a que viniera a cenar un día a Hounslow, pero me ha dicho que la hora de la cena le va mal, pues tiene que acostar a su hijo, Masamoto.
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| La maqueta que empleó Kubrick para ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú |
A mi rutina de estos últimos días he sumado películas francesas. El caso es que tengo que ver, con idea de escribir un artículo, nueve películas del director francés Robert Guédiguian. No es fácil encajar una película en el horario del día, pero algo he conseguido. Intento irme pronto de la universidad para, un rato antes de la cena, ver la película que me toque. Ya solo me quedan dos y, en fin, hay de todo. Me esperaba, en general, algo más de Guédiguian, ¡para qué lo voy a negar! Algunas historias son un poco flojas y otras tienen, como buen cineasta francés, bastante nudismo; algo que aporta bien poco en la mayoría de los casos. De todas las que he visto hasta ahora, me quedo con Mi padre es ingeniero y Las nieves del Kilimanjaro. Por otra parte, recordará el atento lector que el escritor Chaves Nogales se bajó hace unos días del autobús 222 que me lleva a Brunel; en su lugar tengo ahora como compañero al mismísimo Terrence Malick, gran cineasta, amigo inseparable. Me estoy leyendo el libro que acaba de publicar sobre él el crítico de cine Alberto Fijo, con el fin de escribir una reseña y, de paso, aprender un poco más acerca de Terry.
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| El cartel de entrada de la exposición en el Design Museum de Londres |
Si tuviera que destacar un acontecimiento de la semana, este sería la visita que hice, en compañía de mi amigo Antonio, a la exposición sobre Stanley Kubrick organizada por el Design Museum de Londres. Una verdadera maravilla para todo aquel que disfrute del cine y que tenga curiosidad por este director con un estilo tan marcado. Pudimos ver de nuevo algunas escenas memorables de sus películas, los objetos usados para el rodaje de La chaqueta metálica, Espartaco o 2001: Una odisea del espacio o la inmensa biblioteca que recopiló el cineasta para documentarse sobre Napoleón, en torno a quien planeó una gran película, de proporciones desorbitadas, que nunca llegó a realizar. Era gracioso leer las cartas amenazantes que le enviaban, con insistencia, las sociedades bíblicas o presbiterianas de Estados Unidos para que parase de inmediato el rodaje de Lolita, una película de poca catadura moral. Kubrick debía de ser todo un personaje.
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| En cierto modo, como diría el filósofo, podría decirse que esto es una tortilla de patata... |
Por lo demás, mi vida en el extrarradio londinense no tiene grandes novedades. El fin de semana me lo he pasado enfrascado en tareas domésticas. Es lo que tiene vivir en una casa donde, o haces tú estas tareas, o no las hará nadie. A veces me cuesta todo esto, porque no estoy acostumbrado, pero por otra parte pienso que me ayuda a poner los pies en la tierra, a saber “lo que vale un peine”, dicho coloquialmente. Otras veces es más apetecible, sobre todo cuando se trata de cocinar algo; un terreno en el que me manejo relativamente bien. Así, la hora que podría pasar leyendo mi libro sobre Terrence Malick me la paso planchando camisas, limpiando los baños de la casa, yendo al supermercado o cocinando una tortilla de patata. Algo más hubo el fin de semana, gracias a Dios: inesperadamente, entre el viernes y el sábado vimos en dos partes (pues es muy larga) La lista de Schindler, una gran película sobre la dignidad del ser humano. “Quien salva una vida salva al mundo entero”, le dice su contable Itzhak Stern a un Schindler perplejo, mientras le entrega un anillo en agradecimiento. Además, ayer por la noche vino a cenar Carlos, un amigo de Wency, con su mujer Ritu, que es de origen nepalí. Cenamos pollo con arroz, y unas lentejas al estilo del Nepal.
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| La mesa de montaje de Kubrick (cortaba la película con una cuchilla de afeitar) |
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| Las claquetas de sus películas |
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| El famoso atrezzo de La chaqueta metálica |