jueves, 1 de agosto de 2019

¿Y qué será de Inglaterra?

No va a ser sencillo comprimir en unos pocos párrafos todas las cosas de los últimos días en Inglaterra. Escribo estas líneas desde el aeropuerto de Heathrow, poco antes de embarcar en el avión de regreso a Madrid. Un ingrediente importante de la última semana han sido los reencuentros o despedidas con distintas personas, que he conocido este verano o ya conocía de antes. Por ejemplo, el miércoles de la semana pasada quedé cerca de Somerset House para tomar un café con Belén, una profesora del King’s College que me ayudó mucho durante los dos veranos anteriores con asuntos relacionados con mi tesis. Es una persona generosa, y me dio algunos consejos y pistas para atacar un artículo que estoy preparando sobre el director francés Robert Guédiguian, al que el avispado lector seguramente recordará de la anterior crónica. “¿Y qué será a partir del 31 de octubre?”, se preguntaba en voz alta Belén, aludiendo al inminente Brexit. ¿Y qué será, será?

Cena de despedida en casa de Wency (a la izquierda de mi madre)

Dos días después de aquello pude reencontrarme con un clásico de mis escapadas veraniegas a esta isla: mi amigo George. Es una pena que esta vez solo pudiéramos vernos una vez, pues el mes anterior él había estado viajando con su novia por Italia. Quedamos en un pequeño restaurante italiano (Albertini, bastante recomendable) cercano a la Biblioteca Británica. George y yo hemos terminado nuestro doctorado este año y, casualmente, él había tenido su acto de graduación el día anterior a nuestra comida; por este motivo, venía un poco resacoso. Pero era un día para celebrar y, siendo de Bilbao, pensé que era lo propio que invitase yo. Además, George me ha ayudado varias veces a lo largo del año con algunos textos académicos. Tuvimos una conversación muy agradable: nos pusimos al día sobre nuestra familia y amigos comunes e hincamos el diente al cine y a algunas lecturas. También como agradecimiento, hace pocos meses le había regalado un ejemplar de Gilead, de Marilynne Robinson, una novela que recomiendo a diestro y siniestro, pues me parece maravillosa. Se ve que le había gustado, y pudimos hablar un poco sobre ella.

Con el señor Masahiro, mi insospechado amigo de Brunel University

El mismo día de mi comida con George, por la mañana, me despedí de mi insospechado amigo de todas estas semanas: el señor Masahiro. Allí le dejé, tal y como le había encontrado: sentado junto a la mesa del despacho, con sus gruesos manuales de economía y un termo metálico con té caliente, que él bebía de vez en cuando dando unos sorbos bastante sonoros. Ya que me hacía tantas preguntas sobre la Iglesia católica, hace unas semanas le di una tarjeta (prayer card, dicen los ingleses) de san Josemaría Escrivá en japonés. Se ve que le gustó, y desde entonces me había ido preguntando algunas cosas más. “Good bye, Masahiro”, y nos agradecimos la compañía y la conversación que habíamos compartido durante este tiempo. Unos días después, quedé para tomar una cerveza y conversar con Tom, con quien pude estar a comienzos de junio. Como tal vez recuerde el lector, Tom es pianista y está haciendo una tesis sobre música y filosofía. Una persona con un corazón grande: en los próximos meses va a combinar su trabajo académico con el voluntariado, viviendo en una casa del Catholic Worker Movement en la que acogen y dan de comer a personas pobres y sin techo de Londres.

En los blancos acantilados de Dover

Otro ingrediente de los últimos días han sido las excursiones. Empezando por la excursión a Dover de la semana pasada, a donde fui con Antonio y Santi. Quisimos sortear la ola de calor que asfixiaba Londres y nos fuimos a la costa. Allí caminamos por los blancos acantilados, divisando tierra francesa al otro lado del canal de la Mancha, e hicimos un parón para refrescarnos en el salón de té del faro. Aunque, cuando le pedimos a la camarera un té caliente, la pobre se debió de quedar atónita. “¡Están locos estos hispanos!”. Al término de nuestra excursión nos lanzamos desesperados al agua en un muelle donde jugaban algunos niños. Flotando en aquel agua no demasiado limpia pude contemplar el cielo de Inglaterra con un aire de despedida y dar gracias. Siempre he asociado el agua (un baño, una ducha...) con momentos de pausa, a veces de revelaciones inesperadas. Quizá se deba a que he visto demasiadas películas de Andréi Tarkovski y de Terrence Malick.

El claustro de la catedral de Canterbury

El sábado llegó mi madre a Londres, y desde entonces hemos hecho algunas excursiones más, dentro y fuera de la ciudad. Fuimos a Canterbury el domingo y allí asistimos a unas vísperas cantadas (evensong) en la catedral anglicana. Ayer cogimos un autobús a Oxford, donde curioseamos en sus librerías y colleges. La guinda del pastel llegó por la noche: Wency nos invitó a cenar a su casa un pollo relleno bastante rico, y pudimos despedirnos de él y darle las gracias por todo. Las sombras se alargaban sobre Hounslow, ese lugar que ha llegado a ser tan familiar para mí.

Bath Road, en Hounslow West

Tomando un té bien caliente en el faro de Dover

El edificio Gaskell, mi lugar de trabajo en Brunel University

En Oriel College, Oxford: la vidriera dedicada a John Henry Newman

lunes, 22 de julio de 2019

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Brunel

Durante los últimos días suelo ir por las mañanas a Brunel University. Lo que hago es, principalmente, corregir el texto de mi tesis doctoral, adaptándolo para su posible publicación como libro. Ya he encontrado una editorial y, quién sabe, quizá dentro de unos meses el apreciado lector pueda encontrarlo en su librería de confianza. Esta tarea es un trabajo “de chinos”: consiste sobre todo el meter tijera y más tijera, cambiar expresiones demasiado académicas, quitar citas pedantes, dar al texto un tono más asequible, crear cierta intriga... Lo del trabajo de chinos (o casi) parece encajar con la situación, pues a mi lado tengo siempre al señor Masahiro, quien me mira fijamente cuando llego al despacho por la mañana y me dice las únicas palabras que sabe de español: “¿Cómo estás?”. Las conversaciones que tenemos a la hora del sándwich tienen bastante miga: normalmente él me cuenta alguna cosa de su familia, como los problemas que están teniendo para encontrar un colegio especial para su hijo autista o su última visita al Science Museum de Londres. Creo poder decir que es un hombre realmente bueno, que cuida mucho de su familia y, tal vez por ello, muchas veces le sorprendo quedándose dormido sobre el libro que tiene entre manos. Le he invitado a que viniera a cenar un día a Hounslow, pero me ha dicho que la hora de la cena le va mal, pues tiene que acostar a su hijo, Masamoto.

La maqueta que empleó Kubrick para ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú

A mi rutina de estos últimos días he sumado películas francesas. El caso es que tengo que ver, con idea de escribir un artículo, nueve películas del director francés Robert Guédiguian. No es fácil encajar una película en el horario del día, pero algo he conseguido. Intento irme pronto de la universidad para, un rato antes de la cena, ver la película que me toque. Ya solo me quedan dos y, en fin, hay de todo. Me esperaba, en general, algo más de Guédiguian, ¡para qué lo voy a negar! Algunas historias son un poco flojas y otras tienen, como buen cineasta francés, bastante nudismo; algo que aporta bien poco en la mayoría de los casos. De todas las que he visto hasta ahora, me quedo con Mi padre es ingeniero y Las nieves del Kilimanjaro. Por otra parte, recordará el atento lector que el escritor Chaves Nogales se bajó hace unos días del autobús 222 que me lleva a Brunel; en su lugar tengo ahora como compañero al mismísimo Terrence Malick, gran cineasta, amigo inseparable. Me estoy leyendo el libro que acaba de publicar sobre él el crítico de cine Alberto Fijo, con el fin de escribir una reseña y, de paso, aprender un poco más acerca de Terry.

El cartel de entrada de la exposición en el Design Museum de Londres

Si tuviera que destacar un acontecimiento de la semana, este sería la visita que hice, en compañía de mi amigo Antonio, a la exposición sobre Stanley Kubrick organizada por el Design Museum de Londres. Una verdadera maravilla para todo aquel que disfrute del cine y que tenga curiosidad por este director con un estilo tan marcado. Pudimos ver de nuevo algunas escenas memorables de sus películas, los objetos usados para el rodaje de La chaqueta metálica, Espartaco o 2001: Una odisea del espacio o la inmensa biblioteca que recopiló el cineasta para documentarse sobre Napoleón, en torno a quien planeó una gran película, de proporciones desorbitadas, que nunca llegó a realizar. Era gracioso leer las cartas amenazantes que le enviaban, con insistencia, las sociedades bíblicas o presbiterianas de Estados Unidos para que parase de inmediato el rodaje de Lolita, una película de poca catadura moral. Kubrick debía de ser todo un personaje.

En cierto modo, como diría el filósofo, podría decirse que esto es una tortilla de patata...

Por lo demás, mi vida en el extrarradio londinense no tiene grandes novedades. El fin de semana me lo he pasado enfrascado en tareas domésticas. Es lo que tiene vivir en una casa donde, o haces tú estas tareas, o no las hará nadie. A veces me cuesta todo esto, porque no estoy acostumbrado, pero por otra parte pienso que me ayuda a poner los pies en la tierra, a saber “lo que vale un peine”, dicho coloquialmente. Otras veces es más apetecible, sobre todo cuando se trata de cocinar algo; un terreno en el que me manejo relativamente bien. Así, la hora que podría pasar leyendo mi libro sobre Terrence Malick me la paso planchando camisas, limpiando los baños de la casa, yendo al supermercado o cocinando una tortilla de patata. Algo más hubo el fin de semana, gracias a Dios: inesperadamente, entre el viernes y el sábado vimos en dos partes (pues es muy larga) La lista de Schindler, una gran película sobre la dignidad del ser humano. “Quien salva una vida salva al mundo entero”, le dice su contable Itzhak Stern a un Schindler perplejo, mientras le entrega un anillo en agradecimiento. Además, ayer por la noche vino a cenar Carlos, un amigo de Wency, con su mujer Ritu, que es de origen nepalí. Cenamos pollo con arroz, y unas lentejas al estilo del Nepal.

La mesa de montaje de Kubrick (cortaba la película con una cuchilla de afeitar)
Las claquetas de sus películas

El famoso atrezzo de La chaqueta metálica

sábado, 13 de julio de 2019

“God bless you”

Esta vez me ha costado mucho sacar un rato para escribir la crónica sobre los últimos días en Inglaterra. La semana ha venido con la panza bien llena, cargada de acontecimientos que, en la medida de lo posible, quisiera compartir con el apreciado lector. Muchas cosas no han cambiado con respecto a las semanas anteriores, pero otras sí. Por ejemplo, mi amigo Wency volvió de sus vacaciones en Algeciras hace unos días. Se le ve más alegre, con más vitalidad y con más fuerzas. Mi soledad doméstica ha tocado a su fin; también por la llegada de Antonio, un amigo y colega de la Universidad de Madrid, que también ha venido a vivir en casa de Wency. Como decía, otras cosas siguen igual: entre ellas están mis visitas a la parroquia de Ss Michael and Martin de Hounslow. Reconozco que el otro día llegué a la iglesia especialmente cansado, tal vez con dolor de cabeza, y no me ayudó demasiado ver a todos aquellos indios venga a tocar las estatuas de los santos y a ponerles velas, una y otra vez. “A uno le dan ganas de hacerse protestante”, me decía a mí mismo. Sumido en estos pensamientos, más bien negativos, se me acercó una ancianita de muy baja estatura y de sopetón me dijo: “God bless you”. Aquello me rompió los esquemas, y salí de la iglesia muy contento.

Inesperado Fish and chips con Ximo, en la calle High Holborn

Lo que agradezco de estos días es que han estado llenos de encuentros con gente querida. Uno de estos encuentros fue con mi amigo Ximo, o “Chi-Mou”, como seguramente le llamarán sus futuros compañeros asiáticos de la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde dentro de unas semanas se va a empezar un doctorado en Economía. Me encontré con Ximo hace dos o tres semanas, pues pasaba por Londres por motivos de trabajo. Fue un encuentro algo atropellado, cerca de la parada de metro de Acton Town, y con bastante poco glamour: mientras el hambriento Ximo, que apenas había desayunado, se metía una hamburguesa de pollo entre pecho y espalda, nos pusimos al día sobre unas cosas y otras. Sorprendentemente, cuando yo ya pensaba que no volvería a ver a aquel despistado valenciano hasta dentro de mucho tiempo, recibí un mensaje suyo hace unos días: “¡Estoy por Londres! Podemos ir a cenar”. Era viernes, y fuimos a un pub en la calle High Holborn para degustar un clásico de la gastronomía isleña: fish and chips. Después dimos un paseo por la zona, llena de majestuosos colegios de abogados, hasta que nos encontramos con la estatua de santo Tomás Moro. Nos miraba con una sonrisa contenida, desde su hornacina: “¿Por qué no entráis a tomaros una cerveza?”. Debajo de su estatua hay otro pub muy gracioso, pequeño, con pelucas de jueces y carteles de cine sobre películas de juicios. Además, un elegante gato blanco y negro se paseaba por los grifos de cerveza mientras los clientes le hacían carantoñas y jugaban con él.

Reencuentro con Colin, en la Film-Philosophy Conference en Brighton

De todo lo sucedido, creo que hay algo que destaca de modo especial: mi visita a la Film-Philosophy Conference en Brighton, el martes pasado. No sé si el lector habrá tenido esta sensación, pero creo que hay veces en la vida en que uno se lanza a tomar decisiones que ni se hubiera imaginado horas antes, y resulta que son decisiones que traen un gran bien. Desde mi fe, pienso que se trata de la acción de Dios, que nos lleva y nos trae, hacia bienes que ni sospechamos. Pues bien, poco después de llegar el lunes a Brunel University, decidí comprar unos billetes para ir a Brighton al día siguiente, a un congreso sobre cine y filosofía al que he acudido en años anteriores. No tenía dinero para quedarme en Brighton los tres días que duraba, así que hice un viaje en el día, de salir por la mañana (desde la estación de Victoria) y volver por la noche. Pude reencontrarme allí con algunos colegas interesantes: como Catherine, Armando, Andrew, Daniele... También estaban Chantal y Dani, dos jóvenes doctorandos de Barcelona, muy simpáticos; a ella le conozco porque hemos recibido la misma beca de doctorado. Me dio una alegría especial reencontrarme, después de tres años, con Colin. Él es guionista y ¡ojo al dato! sacerdote de la Iglesia anglicana. Me regaló su último libro, sobre la fe en la película Stalker de Andréi Tarkovski (titulado Perfect in Weakness). Con ganas de un próximo reencuentro para seguir conversando, nos despedimos por la tarde en Brighton. “God bless you”, le dije, devolviéndole aquello que la ancianita me había regalado unos días antes.

El escudo de Oxford, en mi visita a la Universidad hace poco
Quedan cosas en el tintero, unas cuantas. El jueves fui con Antonio a pasar el día a Oxford. Nos encontramos allí con un profesor de Oxford Brookes University, llamado Paolo, para hablar sobre un proyecto de investigación en el que estamos metidos los tres, sobre la crisis de la identidad de Europa y cómo esta se refleja en el cine de los últimos años. Un día después hice otro plan memorable con Antonio: fuimos a cine Imax del Science Museum de Londres para ver la película Apollo 11, sobre la llegada del hombre a la luna. Una experiencia increíbe, muy emocionante. También me despedí el viernes pasado del maestro Juan Martinez, el que estaba allí. Me terminé el libro de Chaves Nogales, con cierta pena; me había encariñado con el maltrecho bailaor de flamenco.

El gato de Tomás Moro, algo alcohólico...

Fachada de la Bodleian Library, en Oxford

Una de las sesiones en la Film-Philosophy Conference

Con Antonio, visitando la Bodleian Library

Ealing Common, la belleza del verano inglés

jueves, 4 de julio de 2019

Solo en casa

“Te creo, pero mi ametralladora no... Corre porque voy a contar hasta tres, ¿me entiendes? Voy a contar hasta tres para que salgas echando mistos por la puerta... ¡Uno, dos...!”. Algo así decía la película que ponía una y otra vez, a todo volumen, el niño de Solo en casa para ahuyentar a los extraños. Lo digo porque estos días, hasta el sábado, yo también estoy solo en casa, como la mítica película de Macaulay Culkin que tantas veces me tragué de pequeño en VHS. Mi amigo Wency ha cogido las maletas y se ha ido con una familia amiga que vive en Algeciras: le recomendaron que tenía que descansar y tomar el sol, y allá se ha ido.

La pregunta con la que me topé al llegar al aeropuerto de Heathow

Yo también abandoné estas tierras de la Gran Bretaña por unos días, la semana pasada. Como recordará el atento lector, tuve que regresar a Madrid para poner los exámenes de recuperación en la Universidad; una de las tareas menos agradecidas del profesor. En mi caso, hubo muchos que no vinieron, y ahí me quedé yo esperando, como decía el narrador de Casablanca: “Pero los otros esperaban en Casablanca... y esperaban... y esperaban... y esperaban...”. Mis días en España fueron bastante intensos: doy gracias a Dios porque vi a unos cuantos familiares y amigos. Entre un desayuno por aquí, un café por allá o una comida por acullá pude encontrarme con algunas personas queridas y conversar con ellas con cierta tranquilidad. “¡Siempre desde la conversación, Pablo!”, sabia frase que le gusta decir a Carlos, un amigo que pronto se irá unos meses a México de Erasmus. El fin de semana cogí un autobús de ALSA para ir a Bilbao y poder pasar un tiempo con mi padre: Bilbao estuvo muy bien, pero acabé un poco mareado de recorrer la meseta hacia el Norte y vuelta. Al menos pude bañarme dos veces en la playa de Ereaga, muy cercana a donde vive mi padre, y tumbarme en la arena a disfrutar de mi novela.

Vistas del Cantábrico desde la playa de Ereaga

Mi regreso a Londres no tuvo nada de particular. Sí que llegué con la ilusión de acometer la segunda parte de mi estancia, llevando unos cuantos proyectos en la cabeza. Mi llegada a Brunel University, al día siguiente, fue de lo más original: me encontré con una chicha ciega que estaba buscando su Hall (es decir, su residencia) y me ofrecí a ayudarle. Una situación curiosa cuanto menos: quien me hubiera visto de la mano con aquella estudiante de origen indio podría haber pensado cualquier cosa. Finalmente llegué a mi pequeño despacho, donde estaba el señor Masahiro; cualquiera diría que no se había movido de ahí, pegado a su libro en japonés con complejas fórmulas de macroeconomía. Cada día estoy más convencido de que Masahiro es una gran persona: el otro día me contó que le estaba costando mucho encontrar un colegio especial para su hijo con autismo y que, si no lo encontraba para dentro de un mes, tendría que pensar en cancelar su año sabático y volver a Osaka. “Mi hijo es la primera prioridad en nuestra familia”, me dijo.

He vuelto a la rutina de preparar los sándwiches por la mañana

En cuanto a estar solo en casa, a veces se lleva mejor y otras peor. No es fácil estar solo (“No es bueno que el hombre esté solo...”, ya lo decía Dios en el relato del Génesis). Creo que la soledad prolongada te puede ir haciendo raro poco a poco, sin que apenas lo notes; por eso intento ir a la Universidad, al British Film Institute, a Westpark, el centro de la Obra. Ayer y hoy me han invitado a cenar en Westpark. El director de la casa, Stephen, me animó a que no me quedara colgado en casa y que fuera allí a cenar y a charlar un rato con la gente que vive allí. Ha sido un encuentro muy grato, donde he vuelto a ver de cerca que el Opus Dei es una familia. Por otra parte, en mis trayectos en autobús sigo contando con la compañía del maestro Juan Martínez, protagonista de la increíble crónica de Chaves Nogales sobre un bailaor de flamenco en la revolución bolchevique. Tengo que reconocer que últimamente el libro se está volviendo un poco truculento, debido a los detalles que da acerca de lo dura que fue la revolución rusa, y me suelo bajar del autobús con el estómago de punta, pensando que un guardia rojo me va a dar un bayonetazo a la vuelta de la esquina.

El jardín de mi casa, hoy al anochecer

miércoles, 26 de junio de 2019

Un hombre de dos reinos

Mis deberes para con la universidad me han traído, de las orejas, de regreso a Madrid. Como bien sabrá el avispado lector, entre las tareas de todo profesor universitario las hay más gratificantes y menos; entre estas últimas está la de poner los exámenes de recuperación, la tradicional “repesca”. Aquí me hallo ahora mismo, mientras escribo estas líneas: en un aula de la Universidad, junto a un ordenador que suena como un reactor soviético, esperando a que se presente algún alumno. Pero no ha venido nadie, y por eso me he puesto a escribir.

Mi colada del sábado pasado, tendida en el jardín

De los últimos días en las tierras de la Gran Bretaña hay algunos sucedidos que quisiera compartir con el lector. El sábado pasado, 22 de junio, los habitantes ingleses fieles a la sede de Roma –entre los que me incluyo– celebramos la fiesta de santo Tomás Moro, fiel súbdito de su graciosa majestad, Enrique VIII, pero antes de Dios. Tal fidelidad le llevó a perder la cabeza, en el sentido literal de la expresión. Pero lo que nunca perdió Moro fue el sentido del humor. Cuentan que sus últimas palabras, antes de ser decapitado, fueron para el verdugo: “Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel, es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla”. En la iglesia donde suelo ir –Ss Michael and Martin, a la que he cogido cariño– hay una estatua en madera oscura del santo. Pero los feligreses indios son más adeptos (a veces hasta un punto que ralla la idolatría) de san Antonio de Padua; su estatua suele tener tantas velas que no sería raro que un día empezase a arder. Moro suele estar más olvidado, en un rincón, pero el sábado pasado se acordaron de él y le pusieron alguna que otra vela. En casa Wency invitó a Carlos, un amigo suyo de Algeciras que vive en Londres casado con una chica nepalí, y celebramos al mártir inglés con jamón y queso machego, a la española. Por la tarde la celebración continuó con la tradicional colada (o laundry): mis camisas, pantalones y calzoncillos ondeaban al viento en honor de santo Tomás Moro. 

Jamón y queso manchego para celebrar a santo Tomás Moro

En esta última semana, mi sosegada rutina se ha visto un poco sacudida por la urgencia de entregar un texto que me había comprometido a escribir. Como conté hace unos días, se trata de un pequeño capítulo sobre la película El reverendo, dirigida por Paul Schrader en 2017. Mi documentación sobre la película ha sido, quizá, excesiva: he leído muchas entrevistas al cineasta, he visto las películas que le han influido, he releído un libro de Schrader sobre cine. Para ello, he visitado un par de días el British Film Institute, situado en la orilla sur del Támesis: un lugar realmente agradable, con una pequeña biblioteca (la Reuben Library) para investigadores de cine. Mis fijación fue tal que llegó un momento en que pensaba que yo era el reverendo, y que el conflicto que atraviesa el personaje me estaba pasando a mí. Además, en el largo camino a la parroquia –que recorro todas las mañanas– hay una iglesia protestante de ladrillo, muy austera, con una gran cruz desnuda en lo alto. Al pasar por delante me imaginaba la iglesia que aparece en la película. La cosa ya se ha calmado más, por suerte, ya que ayer entregué felizmente el texto.

Una vista desde el puente de Waterloo, regresando del British Film Institute

También puedo decir que ayer pisé suelo español después de veinticinco días fuera. Ya soy, casi, un “hombre de dos reinos”, como dice el título latinoamericano de la inolvidable película sobre Tomás Moro, A Man for All Seasons. El vuelo a Madrid fue muy cómodo, pues pude volar en un avión de la compañía British Airways. También pude merodear un poco por la terminal 5 de Heathrow, donde compré un bote de mermelada de naranja amarga y unas trufas de caramelo para llevar a mi madre, a mi hermano y a su mujer. Mi madre, siempre incondicional, vino a recogerme a la T4 y, poco después de llegar a casa, pude quedar con un amigo para tomar una cervecita con aceitunas. Fede es un amigo con quien vale la pena conversar, pues tiene la difícil habilidad de bajar el periscopio rápidamente y bajar hasta las profundidades abisales, sacando temas de conversación interesantes y profundos. Cualquiera que nos escuchara ayer en aquella cafetería de Pozuelo hubiera pensado, seguramente, que éramos unos internos sacados del manicomio con libertad condicional.

Desde la ventana de mi asiento del avión

La iglesia protestante que me encuentro todos los días

La estatua de Tomás Moro en la parroquia, con alguna vela

martes, 18 de junio de 2019

“Alguien que desayuna alubias no está civilizado”

Mi estancia en Inglaterra me ha impulsado a escribir a amigos que he hecho durante mis andanzas por estas tierras. El miércoles pasado quedé con Tom, un auténtico británico de Liverpool, con quien hice amistad cuando viví en Netherhall, la residencia de estudiantes del Opus Dei en Londres. Tom es pianista y, además, está haciendo un doctorado sobre filosofía de la música. ¡Ahí queda eso! El caso es que fuimos a comer juntos a un restaurante italiano en Finchley Road y tuvimos una larga y agradable conversación en la que nos pusimos al día de nuestras vidas y de nuestros respectivos pedaleos mentales. A pesar de su flema británica y su parquedad de palabras, Tom es un tipo sonriente, con un gran corazón y una capacidad asombrosa para montarse teorías sobre la marcha. Así, nuestra conversación iba oscilando de asuntos familiares a teología de altos vuelos con gran naturalidad. Reconozco que yo también tengo esta propensión al grumo teórico, y más si entre los grumos se halla el nombre de Joseph Ratzinger, de quien soy fan declarado después de haber terminado hace poco su clásico Introducción al cristianismo.

El maestro Pablo Alzola que estaba allí

En lo que respecta a mis sesudas investigaciones en Brunel University, voy dando mis pasitos. Tengo en el horizonte la entrega de un breve capítulo que me comprometí a escribir sobre una película de estreno reciente: El reverendo, dirigida por Paul Schrader (más conocido por haber escrito el guion de Taxi Driver). Llevo un par de días leyendo entrevistas a este singular cineasta, quien no vio una película hasta los diecisiete años por la estricta educación calvinista que recibió en casa; aunque luego dio “el pendulazo” y empezó a escribir historias más alocadas, digamos. Cuando llega la hora del sándwich, el señor Masahiro y yo nos miramos y desembuchamos nuestros emparedados en un duelo que suele durar una media hora o un poco más. Sorteando las dificultades de su inglés rudimentario, hablamos sobre alguna costumbre de España y de Japón, le cuento lo que he hecho el fin de semana o él me cuenta el último plan que ha hecho con sus hijos. Por ejemplo, hoy me ha contado que su hija quiere ir a ver la nueva de Toy Story y que los jueves suele llevar a su hijo, que tiene autismo por lo que he entendido, a montar a caballo. Junto a todo esto, un tema recurrente es la religión: Masahiro me volvió a preguntar el lunes si el día anterior había ido a la iglesia, y cuando le conté que voy todos los días, entonces me lo pregunta cuando llego por la mañana: “Have you been to church?”.

Desde el cristal del autobús: han sido días muy lluviosos

Agradezco tener una pequeña rutina entre semana, que incluye prepárame los sándwiches de ese día, desayunar, dar un paseo hasta la iglesia, rezar un poco y asistir a Misa, coger el autobús, llegar a la universidad... He ido encontrando un sabor especial a cada una de estas cosas y, aunque parezca una bobada, disfruto de esta pequeña “vida a la inglesa” que me he montado. En mis viajes en autobús ya no tengo la compañía del poeta Gerard Manley Hopkins, de quien hablé hace una semana. Entre el trayecto en bus de ida y el de vuelta he leído mucho estos días, y en un santiamén me he terminado el ensayo sobre Hopkins. Ahora llevo a otro acompañante, completamente distinto del anterior: El maestro Juan Martínez que estaba allí. Se trata de una crónica novelada del periodista Manuel Chaves Nogales sobre las peripecias un bailaor de flamenco y su mujer en la Rusia sacudida por la revolución bolchevique. Un libro fascinante, de nuevo. A esta rutina diaria he sumado últimamente, más si cabe, mi inmersión en la cocina. Ya que mi amigo Wency suele llegar agotado a casa, he decidido cocinar la mayor parte de los días. No es que yo tenga mucha idea de cocinar, por lo que hasta ahora me he decantado por imitar la cocina típica inglesa: he hecho chuletas de cerdo con verduras hervidas y el inexcusable gravy, fish and chips y (esto fue lo mejor) el domingo preparé un auténtico desayuno inglés con todos sus aditamentos. El otro día Juan, un amigo, me escribía sobre el desayuno: “Alguien que desayuna alubias no está civilizado”. Tal vez tenga razón.

Concierto de cuerda en el auditorio de Netherhall House


El fin de semana ha sido tranquilo, por lo demás. El viernes vi que en la parroquia organizaban al final del día una adoración eucarística, y decidí apuntarme. No hubo mucha gente, pero creo que casi todos eran del movimiento carismático: la gente, de pie, alzaba muy alto las manos abiertas y agradecía a Dios sus bendiciones, mientras un tipo marchoso tocaba la guitarra y entonaba canciones sobre Jesús y el Espíritu Santo. Fue un momento especial, para nada irrespetuoso: se estaba bien allí. La música llamó a mi puerta también al día siguiente: José y Pau, dos residentes de Netherhall que estudian la carrera de música, habían organizado un concierto de cuerda con piezas de Mozart y Elgar, sobre todo. Fue una experiencia increíble: no tengo mucha idea de música, pero el recital me dio mucho que pensar sobre la belleza de todo aquello. Era como si el tiempo se hubiera parado.

Mis creaciones de esta semana: chuletas de cerco con gravy...

Un imprescindible de esta isla: fish and chips

Otro imprescindible: full English breakfast



martes, 11 de junio de 2019

Mis almuerzos con el señor Masahiro

Durante estos días en Brunel University suelo trabajar en la sala para profesores visitantes. A poca distancia de mí está sentado mi único compañero: un japonés de más de cuarenta años, llamado Masahiro, a quien el atento lector recordará de la anterior crónica. Para los pocos días que llevamos juntos, nuestra interacción ha ido progresando a pasos agigantados. El “señor Masahiro” –a quien, no sé por qué, relaciono con el afable personaje japonés de la película La elegancia del erizo: el “señor Ozu”– siempre me pregunta qué tal estoy y luego añade alguna pregunta, como qué tal ha ido el fin de semana o algo del estilo. Hace unos días pensé que sería una buena idea que, cuando el señor Masahiro se dispusiera a comer su sándwich, yo hiciera lo propio y así podríamos charlar un poco más. Digamos que no habla un inglés muy fluido, pero nos entendemos. Ha sido muy gracioso cuando hoy, a la hora de comer, me ha contado cómo ayer su mujer le leyó a su hija pequeña un cuento típico español (toda su familia se ha venido a Inglaterra por un año sabático). Entonces ha pasado a contarme el cuento y al final me ha preguntado: “¿Lo conoces?”. Para no engañarle, le he dicho que no. A esto ha seguido una conversación sobre nuestras familias, hasta que ha llegado la pregunta: “Y tú, ¿te vas a casar pronto?”. Tampoco quería mentirle, así que le he lanzado otro no: que dentro de la Iglesia católica hay personas que se casan; pero las hay que no, con el fin de responder a una llamada de Dios a estar más cerca de Él y darse a los demás. El señor Masahiro flipaba en colores, no entendía nada, pero ha sido un intercambio interesante y divertido.

Mi mesa de trabajo en Brunel University

Otro encuentro reseñable es el que tuve hace ya unos días con Daniele, el profesor que me supervisa la estancia en Brunel. Me recibió en su despacho, y estuvimos hablando un rato en un tono bastante informal. A pesar de su correcto inglés... su acento, su bigote y su colegueo lo delataban como inconfundiblemente italiano. Yo no le conocía de nada, pero le escribí un email hace pocos meses para pedirle si me aceptaría como visitante en Brunel y ¡aquí estoy! Además, resulta que estudia algunos temas que a mí también me interesan, como es el pensamiento de Stanley Cavell, un filósofo de Havard que escribió mucho sobre cine. Aunque algo de británico tenía, pues cuando le pregunté cuándo nos podríamos reunir de nuevo despejó el balón con gran agilidad, citándome solamente para un segundo, y último, encuentro.

El autobús 222, que me lleva de Hounslow a la universidad

A las singularidades de Brunel se suma la distancia. Por suerte, he dado con un bus (el 222) que va directo desde la parroquia de Ss Michael and Martin, donde voy a Misa a diario, hasta el campus de Brunel. Son cuarenta minutos, a veces un poco más, pero reconozco que es mucho mejor viajar en bus que en el asfixiante underground. En estos trayectos uno encuentra hombres y mujeres de toda raza y condición: entre lo más sorprendente que he visto hasta ahora, un hombre que tenía la cabeza completamente tatuada y una panda de “morenos” (como diría Clint Eastwood) fumando porros con toda tranquilidad. Entretanto, yo aprovecho el trayecto para sacar mi libro y leer plácidamente, que me encanta. Ahora mismo estoy leyendo un ensayo apasionante sobre un poeta inglés del siglo XIX, llamado Gerard Manley Hopkins. Un personaje donde los haya: estudiante en Oxford, poeta, anglicano hecho católico, y después jesuita. Hopkins tenía unos ojos capaces de asombrarse ante la belleza de los detalles más pequeños de la naturaleza: las nubes, los copos de nieve, la hoja de un árbol... “Nadie ha amado más que yo la belleza”, le escribía a un amigo. Tras su prematura muerte, sus compañeros jesuitas pensaban que era solo un despistado. Pero su poesía y demás escritos revelan una personalidad admirable. Así que Hopkins me acompaña estos días en el bus, y yo se lo agradezco.

21 Hinton Avenue, mi casa en Hounslow

Por lo demás, mi vida ha adquirido un tono más doméstico que nunca. Dado que no vivo en una residencia de estudiantes, tengo que sacarme las castañas del fuego. El sábado pasado estuve poniendo lavadoras y planchándome la ropa, y algún que otro día he hecho mis apaños en la cocina. A esto se suma el hecho de que mi amigo Wency, en cuya casa vivo, no está muy bien de salud últimamente: hace un año tuvo una operación complicada y al mínimo catarro está que no puede salir de casa. No siempre es fácil, pues muchas veces me doy cuenta de que soy yo el que tiene que remar y a veces me desanimo. Visto el panorama, necesitaba ayuda especial del Espíritu Santo, y por eso fui el domingo pasado a mi iglesia favorita de Londres, St Etheldreda, a una Misa de Pentecostés espectacular en la que el coro cantó piezas de Palestrina, Tomás Luis de Victoria y Johann Sebastian Bach. Después de aquello, las cosas se veían de otro modo.

La iglesia de St Etheldreda

Y mis apaños en materia de cocina...

La estación de metro más cercana: Hounslow West