lunes, 1 de agosto de 2016

Tirando del hilo...

La estatua de Churchill, mirando hacia el Big Ben
“Me fui de Oxford, para siempre, el lunes 23 de febrero de 1846. El sábado y el domingo los pasé el Littlemore yo solo, igual que los primeros dos o tres días cuando llegué a aquel lugar. El domingo por la noche dormí en casa de mi querido amigo el Dr Johnson, en el Observatorio. Varios amigos se acercaron para despedirme (…). En el muro de enfrente de mi cuarto crecía mucha boca de dragón; durante años me pareció que esa planta sería el emblema de mi perpetua presencia en Oxford, hasta la muerte. En la mañana del día 23, me fui del Observatorio. Desde entonces no he vuelto a poner los ojos en Oxford, más que en las torres, tal como se ven desde el tren”.

Así contaba John Henry Newman –quien nos ha acompañado en estos relatos– su marcha de la ciudad de Oxford, cuatro meses después de ser acogido en la Iglesia católica. Tal vez pueda parecer pretencioso incluir estas líneas como introducción al último relato de mis andaduras oxonienses, que escribo desde el aeropuerto de Gatwick, pero reconozco que me hace ilusión. Además de Malick, el cineasta sobre el que hago la tesis, Newman ha sido un compañero con quien me he “topado” durante estos días: en Oriel Street –que tantas veces debió de recorrer de Oriel College a St Mary, y vuelta–, en la Iglesia de St Mary, en la Iglesia del Oratorio, en Littlemore…

El palacio de Buckingham, desde St James Park
Mis últimos días en el Reino Unido los he pasado con mi madre y mi hermano Jaime, visitando Oxford y Londres. Hemos hecho algunos planes muy agradables, dignos de mención: asistimos a una representación de la obra “Noche de reyes” de Shakespeare en los jardines del Trinity College, fuimos al célebre musical “El fantasma de la ópera” en Londres, paseamos por el colorido mercadillo de Portobello Road el sábado por la mañana, volví con ellos a la magnífica Misa cantada en St Etheldreda y visitamos el interior de Buckingham, un plan que recomiendo a todo en que venga a Londres con un poco de tiempo.

Supongo que, además de relatar los últimos días en estas tierras, es hora de hacer algo de balance: tirar del hilo de los recuerdos y hacer el elogio de los hombres ilustres que he encontrado durante estos días. En cierto sentido, mi imagen de Oxford no es la que tenía al llegar allí: la realidad misma ha ido quitando aquello que solamente era invención o idealización –no poca, en mi caso–, dejando al descubierto una imagen tal vez no tan bonita, pero sí más real. De hecho, cuando escribía estos relatos me preguntaba si el lector no se extrañaría de no encontrar anécdotas sobre desilusiones, momentos duros, soledad, desencuentros o cortocircuitos mentales. Los ha habido, para qué negarlo. Sin embargo, me parecía que no era el propósito de estos relatos ser un paño de lágrimas, sino lo contrario. La realidad, siempre más rica e ilusionante que las películas que uno pueda elaborar en su cabeza, ha ido por delante, creo que para bien. “Desde las sombras y las imágenes hacia la verdad” (“Ex umbris et imaginibus in veritatem”): es una frase que le gustaba mucho a Newman, y que forma su epitafio. Doy gracias a los que me han ayudado a poder emprender esta andadura oxoniense, también a quienes he encontrado por el camino: Dan, Alex, Jim, Colin, Britt, James, George, Cristóbal, Antonio… Y la lista sigue.


Una calle de Londres, adornada con la "Union Jack"
No puedo decir, como Newman, que me marcho de Oxford “para siempre”. Tampoco él cumplió su promesa, pues volvería treinta años más tarde. En mi caso, es posible que el próximo verano tenga que completar el tiempo que me queda para alcanzar los tres meses obligatorios de estancia en el extranjero que exige el doctorado internacional. Espero poder retomar entonces estas líneas y volver hacer el elogio de los amigos que he encontrado en Oxford, Londres y Edimburgo.

martes, 26 de julio de 2016

“Life is a journey..."

“Life is a journey, not a destination”: La vida es un viaje, no una meta. El sugerente mensaje que llevaba estampado en vivos colores la bolsa de una chica en la Misa del domingo pasado me dio la idea para el título. Podría aplicarlo a mi situación inminente, ya que mis días oxonienses tocan pronto a su fin. Nostalgias aparte, quisiera contar algunos de los sucesos de la semana pasada. La vida en Oxford se ha convertido en una aventura durante estos últimos días: Pasen y lean.

La capilla de Blackfriars
Como primera nota voy a hablar sobre la invasión china que, al parecer cada verano, inunda las calles de Oxford. Es impresionante ver que, en cuestión de una o dos semanas, esta pequeña ciudad ha sido conquistada por nuestros amigos de ojos rasgados. Reconozco que a veces me resulta un poco agobiante: cada tarde, cuando salgo de la biblioteca alrededor de las seis, quedo sumergido en un tumulto de chinos que avanzan en grandes grupos, mirando hacia todos los lados con expresión de estupor y disparando sus cámaras a cualquier objeto, móvil o inerte. El otro día estaba comiendo mi triste sándwich en los peldaños del llamado “monumento a los mártires (protestantes)” cuando, de pronto, un chaval chino se puso a mi lado, en pie; miré un poco más allá y vi a una chica que le sacaba varias fotos. Lo primero que pensé fue que mi cara iba a quedar pronto enmarcada en algún salón o álbum a muchos kilómetros de distancia; y lo segundo que pensé fue: ¿Sabrá este chaval qué significa este monumento? ¿Sabrá quiénes son Ridley, Latimer y Cranmer y por qué fueron quemados en la hoguera por María Tudor? ¿Sabrá quiénes son los protestantes? Siento parecer pesimista, pero me desanima ver a esta gente sacar fotos aquí y allá, sin realmente pararse frente al objeto real que tienen delante: ¿Acaso la representación (la foto) puede ser un sustituto válido de la realidad? Es lo que parecen predicar los constantes disparos de sus cámaras. La cosa tiene miga, pero no voy a seguir por estos derroteros filosóficos.

Con Silvia y Antonio junto a The Eagle and Child
En mi descanso de mediodía, intento zafarme del tumulto chino y me meto a rezar un rato en la capilla de Blackfriars, el hall –como un college, pero más pequeño– de los dominicos. Este ha sido mi "refugio espiritual" durante muchos de estos días. Un lugar amplio, muy sencillo –apenas hay imágenes, las imprescindibles– y diáfano, donde se respira una gran paz. También por las mañanas, antes de entrar en la biblioteca, me asomo por esta capilla. Es entonces cuando me encuentro con un gracioso dominico que está rezando desde una tribuna elevada, al fondo de la capilla. El caso es que muchos de estos días, durante esos breves minutos, empezaba a escuchar unos sonoros ronquidos, procedentes de la tribuna. Dicen que es agradable a Dios el sueño de los justos…

Entre otros sucedidos de la semana, destaco la visita de Antonio, mi director de tesis, el lunes pasado. Vino con Silvia, otra profesora de Madrid, que también estaba esos días por Inglaterra. Fue un encuentro muy grato: merendamos café y pastelillos Brown’s y Silvia nos contó que la editorial Espasa –nada menos…– le va a publicar la novela en la que había estado trabajando durante estos últimos años. Después de dar un pequeño paseo los acompañé al autobús, aunque a Antonio le he vuelto a ver este último fin de semana. También he podido quedar con algunas otras personas para comer o tomar algo, todo con un cierto aire de despedida: hace unos días quedé con Nathan –un amigo que está terminando su doctorado en filosofía política– para tomar una pinta de cerveza en The Lamb and Flag –uno de los pubs más conocidos de Oxford– y hoy he comido con Alex –que vive en Grandpont– en el Covered Market.

Uno de los pubs que encuentro cuando salgo a correr
Sin duda el suceso más milagroso de la semana ha sido el rato de deporte del jueves pasado: llevado por la necesidad de oxigenar la cabeza, salí a correr por segunda vez. Es una gran ayuda que noto especialmente al día siguiente, cuando me pongo a escribir. Pienso que, para mí, salir a correr es como meter monedas en una máquina de morcillas. Si meto una moneda, sale un trozo de morcilla; si meto otra, sale un poco más. Así, si corro una tarde, al día siguiente salen dos o tres páginas de artículo; si corro otra tarde, salen otras tantas páginas. Esta es mi tarea y no otra: fabricar morcillas.

El sábado pasado volví a viajar a las afueras de Londres para asistir a un pequeño retiro espiritual en Westpark, el centro del Opus Dei en las afueras de Londres. Volví a ser acogido por el hospitalario Wency, quien también me llevó ese día a degustar una fabulosa (y picante) comida india y a cenar, junto con otros amigos, a un “tapas bar” estilo español, y digo “estilo” porque no llegaba a más… Al día siguiente fui con Antonio –mi director de tesis– de excursión por Londres: Misa en St Etheldreda –una iglesia católica muy antigua, cuya Misa con coro te eleva a otro nivel–, paseo por la city, un jugoso “sunday roast” en un pub, vísperas cantadas en la abadía (anglicana) de Westminster y visita a la Tate Gallery. Nunca había estado en la Tate: un lugar maravilloso, especialmente si uno quiere contemplar las lánguidas pinturas pre-rafaelitas o los bocetos y acuarelas del atormentado visionario William Blake. Y hasta aquí por hoy; de todos modos, espero no terminar aquí esta crónica y poder entregar al lector una coda final de mis días oxonienses.

"Cristo en casa de sus padres", el cuadro que más me gustó de la Tate

sábado, 16 de julio de 2016

Apostasía nacional

David, el rey de la barbacoa de Grandpont
Después de seis o siete semanas en Oxford, esta semana he apostatado de lo que, para muchos británicos, es casi una religión: el té. Reconozco que, después de repetidos intentos, no he logrado que el té me activara en el desayuno. Así que he tirado la toalla y me he pasado al café. Lo necesito, pues la hora de levantada en esta muy noble casa de Grandpont es bastante temprana (no entro en detalles para no escandalizar), y puede tener efectos colaterales a lo largo del día. Además de apóstata, esta semana me he convertido en una especie de ermitaño de la biblioteca Taylorian, pues he invertido unas cuantas horas allí: estudiando, leyendo y volviendo a ver algunas de las películas de Malick. Si alguno ha leído a Dostoievski –o está familiarizado con la cultura rusa–, podría decirle que me he vuelto un stárets, como el stárets Zósima de Los hermanos Karamazov. Aunque no todo es tan sencillo; desde hace varios días –tal vez semanas– planeaba sobre mi la sombra de algo que, tarde o temprano, tendría que hacer: parar de leer y empezar a escribir. Ayudado por una taza de café y unas cuantas galletas, ayer por la tarde comencé a escribir lo que, tal vez, pretende ser un artículo para enviar a alguna revista académica especializada en cine.

Dejando la academia a un lado, quisiera introducir al lector en algunos de los acontecimientos de la semana, muchos de ellos con un sabor típicamente británico. El primero de todos es la barbacoa del domingo pasado: por lo que sé, Grandpont House organiza en verano una “barbacoa oficial”, a la que acuden personas de lo más dispares, muchos matrimonios con niños y algún joven despistado que todavía no se ha marchado de Oxford para las vacaciones. Como todo en este país, la barbacoa implicaba un detallado proceso que, casi de forma ritual, empezó después del desayuno. David, un veterano de la casa, vino con su hijo y su nuera para empezar a instalar la barbacoa, preparar el fuego, etc. Además, en torno a la barbacoa había que preparar lo que podríamos llamar “actividades satélite”: el bote en el río para hacer punting con los niños, la carpa para las bebidas frías y los postres… Al final, la barbacoa resultó ser un éxito.

Primera tarde de escritura...
Otro suceso digno de mención es el del miércoles pasado: los padres de Father Dancho habían venido a Oxford a pasar unos días y me invitaron a que les acompañara el miércoles por la tarde al evensong (vísperas) en la capilla de Christ Church College, que es, de hecho, la catedral anglicana de la ciudad de Oxford. Si hay algo que se les da bien a nuestros hermanos separados es el canto: salta a la vista cuando uno asiste a una de estas vísperas anglicanas. Fue maravilloso estar sentado en la iglesia mientras en coro canta los salmos, y pasear la vista por las vidrieras, los nervios de las bóvedas, las columnas… Después de rezar todos juntos el Credo –el mismo que rezamos los católicos–, no faltaron las oraciones por la Reina y, especialmente ese día, por el Primer Ministro que aquella tarde abandonaba el cargo (Cameron) y por la Primera Ministra que lo reemplazaba (May). A la salida estuve hablando con dos clérigos que estaban en la puerta y, para mi sorpresa, uno de ellos me dijo que era un canónigo católico.

Al día siguiente, jueves, después de un largo día en la biblioteca, percibí de una manera bastante clara la necesidad de hacer deporte. No soy una persona deportista, para qué decir lo contrario, tampoco tengo habilidades para ello. En este sentido, me encuadro en las filas del sindicato de los antihéroes. En fin, me cuesta mucho hacer un buen rato de deporte: pero lo necesito, y aquel jueves lo necesitaba de un modo especial. Sentía que mi cerebro iba a estallar de un momento a otro. Así que, después de cenar, me calcé las zapatillas y fui a correr media hora por la orilla del Isis, sembrada de canal boats –unos barquitos muy típicos de esta zona– y botes de remo. Volví renovado, con la mente despejada y fuerzas para volver al día siguiente a la biblioteca.

La abadía de Dorchester, desde el jardín donde comimos
Termino estas líneas con el relato de la excursión de hoy, sábado. Guiados por Paul, hemos ido a Dorchester, un pueblecito a veinte minutos en coche. Después de pasear durante un par de horas junto al río y los caminos de la zona, hemos comido unos bocadillos de corned beef en los jardines de la antigua abadía –cuyos orígenes se remontan al año 635, pocos años después de que san Agustín de Canterbury llegara a evangelizar Inglaterra– y la hemos visitado por dentro: un lugar realmente majestuoso. Después de pasear un poco más, hemos rematado la excursión con una taza de té y un pedazo de tarta en la tea room próxima a la abadía, un lugar realmente pintoresco: una gran mesa que todos los paisanos comparten y donde todos son bienvenidos, tartas caseras, té en abundancia, pastas… El distribucionismo de Chesterton en vivo y en directo: todos confían en todos, cada uno se sirve lo que quiere y, al terminar, hace la suma de los gastos en una pequeña pizarra. Algo me decía que, por unos instantes, habíamos sido transportados a San Ireneo, en pueblecito de esa encantadora novela titulada El despertar de la señorita Prim.

La nave principal de la abadía
Suculenta merienda en la tea room de Dorchester Abbey

viernes, 8 de julio de 2016

“Ars gratia artis”


El monumento a Walter Scott
Es de noche. Mientras escribo estas líneas, me encuentro en un autobús procedente del aeropuerto de Gatwick, que me conducirá de nuevo a Oxford. No se trata de un intento de fuga frustrado de Grandpont House, tampoco he tirado la toalla en mis investigaciones oxonienses. Al contrario, podría decir que el viaje que acabo de concluir es uno de los principales motivos que me inclinaron a viajar a la Gran Bretaña. Dejo de lado el suspense para descubrir el pastel: he viajado a Edimburgo para participar en un congreso sobre cine y filosofía –Film-Philosophy Conference, así se llamaba–, que comenzó el miércoles por la mañana y ha terminado hoy viernes por la tarde.

En cierto modo, podría decir que este viaje a Edimburgo ha sido una aventura dentro de una aventura o, dada la oscuridad en la que estoy escribiendo, un sueño dentro de otro sueño. No podría decir exactamente a qué mes se remontan los preparativos de este plan, tal vez enero o febrero. Preparativos aparte, el plan comenzó a cobrar vida el martes pasado, cuando salí de Oxford hacia Gatwick, para tomar allí un avión con destino Edimburgo. Un viaje un poco tedioso, la verdad: autobús, espera, aeropuerto, más autobús… Tras bajarme del último autobús, puse, por fin, mis pies en Edimburgo; concretamente, en Waverley Bridge, un lugar bastante céntrico, junto al cual se encuentra un extenso parque coronado por un monumento de estilo neogótico dedicado al gran literato escocés Walter Scott.

Edimburgo, desde los Princes Street Gardens
Tras pasear un poco por el parque, vi la necesidad de orientarme un poco. Mi primer intento de comprar un mapa fue absurdo: encontré en la calle una caja metálica que decía “un mapa por 2 libras”; sin pensarlo dos veces, metí mis dos libras en la ranura y… nada. Fue entonces cuando, con cara de tonto, me di cuenta del estado de abandono de la máquina: tal vez expidió su último mapa a uno de los amigos de Sir Walter, procedente del viejo continente. No lo sé. Poco después pude comprar un mapa decente y ubicarme. Mis andaduras de aquella primera tarde escocesa fueron breves: paseé por la zona universitaria, los meadows y Holly Rood Park, un lugar imponente con sus elevadas colinas. Finalmente, llegué al lugar donde iba a vivir: Pollock Halls, una residencia universitaria bastante sencilla y funcional.

Al día siguiente, miércoles, el congreso comenzó temprano. Tengo que reconocer que la organización de la actividad ha sido muy buena, sobre todo en lo gastronómico: todas las mañanas había una pausa larga para poder tomar una taza de café con galletas escocesas; en esa misma sala se servía la comida más tarde y, además, el primer día tuvimos un feliz encuentro con vino y algo de picar. En el primer café conocí, en persona, a Colin y a Britt. Había contactado con ellos por e-mail unas semanas antes, pues los papers que presentaban en la conferencia coincidían mucho con mis intereses. Ambos han dedicado parte de su vida profesional a escribir guiones de cine, además de a la investigación académica. Además, según me había adelantado Britt, Colin fue recientemente ordenado diácono de la Iglesia anglicana y, como me explicó él mismo aquel día, dentro de un año sería ordenado presbítero.

Una de las sesiones generales del congreso, esta sobre Terrence Malick
Transcurridos estos días, y sin ponerme muy elevado, creo decir que la Providencia ha hecho de las suyas: haber conocido a Colin y a Britt ha sido un descubrimiento en el plano académico –ideas que han surgido, cosas que he aprendido–, aunque no sólo. Haber leído a John Henry Newman ha despertado en mí, desde hace tiempo, un cierto cariño –en el buen sentido, creo– hacia la Iglesia anglicana, pero nunca había entablado amistad con un anglicano. Así, entre reflexiones sobre películas y teorías del cine, también he hablado con Colin sobre la fe que –en gran medida– compartimos: me habló de su admiración por las procesiones de Semana Santa en España, también hablamos sobre la liturgia, el Espíritu Santo, lo lejana que resulta una fe puramente teórica –algo que se veía en alguna presentación del congreso sobre cine y religión– y los iconos. Hoy no quería despedirme de cualquier manera, y le he dado una estampa que guardaba en un libro: un icono de la Virgen de Vladimir que conseguí hace un año, cuando viajé a Moscú por tres semanas para una actividad solidaria.

La capilla católica de la Universidad, a donde me escapaba de cuando en cuando
Pero el congreso también ha estado lleno de otros encuentros, esta vez inesperados. Bob, James, Rob, George, Amanda, Daniel, William… son los nombres de algunas de las personas con las que he conversado estos días. Y es que, posiblemente, lo más interesante del congreso no han sido las presentaciones –muy numerosas; algunas muy interesantes, otras no tanto–, sino las pausas en las que he podido iniciar, o continuar, una conversación –sobre cine, cómo no– con alguno de estos interlocutores. “Ars gratia artis”, como reza el adagio que la Metro Goldwyn Mayer incorporó a su emblema. Hablar de cine siempre es hablar de mucho más. La lectura que uno hace de una película está, casi siempre, coloreada por muchas más cosas: el modo de entender el ser humano, los gustos artísticos, la belleza, e, incluso, la fe. Así, esta misma mañana, he estado hablando con Daniel sobre Terrence Malick y, de repente, me ha dicho que él era ateo, y que, tal vez por esto, había aspectos de Malick que no comprendía.

Concluyo mi crónica escocesa. Aunque me dejo muchas cosas en el tintero, no quiero exasperar al paciente lector que ha llegado hasta aquí. Al igual que Oxford, aunque tal vez en otro estilo, Edimburgo es un lugar mágico. Apenas he podido pasear por sus calles –solamente a horas tempranas, cuando caminaba para ir a Misa en una de las escasas iglesias católicas–, y me voy con el deseo de volver en otra ocasión.

lunes, 4 de julio de 2016

Le llamaban Bablo

Grandpont House, vista desde el río Isis
Llego con retraso a la “blogoterapia” semanal, lo siento. Digamos que los últimos días ha habido cosas que hacer, y no pocas. Tal vez la más destacable sea la limpieza de escombros de ayer por la tarde. Como se imaginará el atento lector, una casa construida a fines del siglo XVIII –como lo es Grandpont House, mi casa durante estas semanas– puede dar algún que otro "problemilla". La cosa empezó ayer, domingo por la mañana, cuando Alex se estaba duchando. Una pequeña fuga de agua había estado empapando en entresuelo durante todos estos días. Y así, sin previo aviso, el techo de una de las habitaciones del piso inferior se vino abajo. Quizá esté exagerando un poco –no se desprendió todo el techo, sólo una parte–, pero el espectáculo que ofrecía el interior de la habitación era impactante: uno podría pensar que la Luftwaffe había lanzado una bomba contra la casa, que los oscuros años del blitz habían vuelto para quedarse. Jim me pidió que limpiara los escombros y pasara la aspiradora, así que ayer cambié mi terapia bloguera por otra más “pegada al terreno”.

En episodios anteriores he relatado algunos sucesos notables, que jamás hubiera esperado presenciar; tal vez esta semana haya sido un poco más rutinaria, aunque no han faltado toques de color aquí y allá. El primero de ellos tuvo lugar el lunes por la tarde: con motivo de la fiesta de san Josemaría Escrivá, los habitantes de Grandpont y aledaños habían organizado una Misa solemne en la parroquia dedicada al Beato Dominic Barberi, en Littlemore (las afueras de Oxford). Fue una Misa de alto copete, ya que vino el arzobispo de Birmingham, Bernard Longley, a celebrarla, junto con otros tantos sacerdotes y diáconos. Tanto ministro que el espacio se quedó un poco pequeño, y los diáconos se disputaban las tareas, no sin cierta tensión. Aitor, que vive conmigo en Grandpont, entonó algunos cánticos y maravilló a todos los asistentes con su voz: el mismo arzobispo quería felicitarle en persona.

Estatua que representa a Newman arrodillado frente a Dominic Barberi
A escasos metros de distancia de esta iglesia se encuentra la casa que llaman el Newman College: allí vivió John Henry Newman, durante más de tres años, tras los cuales fue recibido en la Iglesia católica, el 9 de octubre de 1845. Cualquiera que conozca un poco la vida de este santo inglés se dará cuenta de la importancia del lugar: Newman, hasta entonces ministro anglicano en St Mary’s (la iglesia universitaria), había promovido durante varios años –desde 1833, más o menos– un movimiento de reforma doctrinal y litúrgica en el seno de la Iglesia anglicana, con el fin de recuperar las raíces católicas que el liberalismo de aquellos años estaba minando. Lo que no sabía era que el llamado “Movimiento de Oxford” le iba a conducir a él –y a otros– a poner en duda la legitimidad del Anglicanismo y, finalmente, entrar en la Iglesia católica. Una noche lluviosa de octubre, el misionero Dominic Barberi –en aquellos años, Inglaterra era considerada "tierra de misión"– llegó a Littlemore. Así lo contó Newman en su autobiografía: “Espero para esta noche al Padre Dominic Barberi, Pasionista (…) No sabe nada de mis intenciones, pero me propongo pedirle que me reciba en el Único Rebaño de Cristo”.

The Mitre, en la céntrica High Street
Y de fiesta en fiesta, llegó el día de san Pablo (y san Pedro, aunque me atañe un poco más el primero). La verdad, me daba bastante bajón comerme un triste sándwich junto a la biblioteca Taylorian, sentado en los peldaños del llamado “monumento a los mártires (protestantes)”, como hago muchos días. Así que fui con Aitor y Father Ruben a un lustroso pub oxoniense: The Mitre. Allí nos metimos unas suculentas hamburguesas con pinta de cerveza entre pecho y espalda, y rematamos la faena en una cafetería próxima, con unos cafés y varios trozos de tarta. Me hizo especial ilusión saber que la primera vez que san Josemaría visitó Oxford, comió en este mismo lugar. Aunque no sé que comió... pero si era viernes, seguro que fish and chips.

Sir Roger Scruton, durante la entrevista en Blackwell's
Sin ánimo de alargar el relato mucho más, quisiera hablar de uno de esos sucesos extraordinarios que uno se topa por Oxford. Hace varias semanas me enteré de que un filósofo de renombre en el panorama actual –Sir Roger Scruton, autor de El alma del mundo, entre otros libros– iba a acudir a la famosa librería Blackwell’s a tener allí una entrevista con público, seguida de una ronda de preguntas. Cuando anuncié el acontecimiento en la casa, varios se vinieron conmigo, y valió la pena. Scruton es un hombre de mente despierta, muy agudo, y certero en su diagnóstico del estado actual de la filosofía y la cultura. Digamos que no es un pensador "políticamente correcto": un hecho que, como explicó, le ha llevado a abandonar la Universidad, pues su presencia resulta incómoda para algunos académicos, y más de una vez le han ninguneado. Al terminar la sesión, se sentó en una mesa a firmar libros. Me acerqué con un libro y le dije mi nombre; pero Sir Roger, de oído poco fino, se hizo un lío y, al final, decidió cambiarme el nombre: en lugar de Pablo, ahora me llamo “Bablo”.

domingo, 26 de junio de 2016

“No E.U., no café. I am sorry!”

El cristal de un café en St Giles Street el 24 de junio
Buenos días, Brexit. Parece inevitable que dedique al menos un par de párrafos de mi relato a este acontecimiento que está provocando tanta controversia a ambos lados del Canal de la Mancha. No voy a dar datos, tampoco voy a hablar de estadísticas: todo eso ya está leído y releído. Simplemente quisiera dar un par de pinceladas sobre la “experiencia Brexit”, en primera persona. Durante todos estos días, era habitual ver algunas de las ventanas de las casas de Oxford con carteles de “Vote Remain” o “Vote Leave”, en color azul o rojo, respectivamente. También era habitual, especialmente los sábados, encontrarse por la avenida peatonal de Oxford –Cornmarket Street– con grupillos de militantes de ambas posturas, que repartían panfletos a la gente y alzaban sus grandes letreros con los lemas de sus campañas. Mientras tanto, unos metros más allá, un predicador protestante lanzaba gritos a las muchedumbres sobre la conversión y el pecado y, a unos pasos de distancia, un imán musulmán repartía libritos sobre la guerra en Siria. Cornmarket los sábados: una pequeña síntesis de cómo está el mundo. El próximo sábado seguirán allí el predicador y el imán, pero no los militantes: el Brexit ya está aquí.

Ciertamente, muy pocos esperaban este resultado. Según he podido escuchar de boca de varios ingleses durante estos últimos días, parece que los partidarios del “Leave” no se acababan de creer que pudieran ganar. ¿Y ahora qué? Ni ellos mismos lo saben. No olvidaré la cara de Paul, quien, al terminar la Misa en Grandpont, fue corriendo al ordenador más próximo para ver los resultados del referéndum. Su cara fue de incredulidad al principio, y de susto después. Aunque, hay que decirlo, las posturas de los ingleses que viven en mi casa están un poco divididas: de los cuatro ingleses, dos votaron “Remain”, y dos “Leave”, de modo que en las tertulias de estos últimos días hay que tener cuidado de no sortear la frontera de lo correcto, ya sea hacia un lado o hacia el otro. Si no, tarjeta amarilla. No deja de ser divertido, pues los ingleses son verdaderos expertos en atacar al adversario con una ironía tan fina que apenas se nota. Todos nos reímos con la foto que había hecho Aitor al cristal pintado de una cafetería de la calle St Giles. El dueño había decidido no abrir ese día, y su mensaje era claro: “No E.U., no café. I am sorry!”.

La reading room de la Taylorian Library
Por lo demás, puedo decir que ha sido una semana provechosa, llena de detalles típicamente oxonienses. El lunes pasado cambié mi lugar de estudio: para bien, sin duda. La English Faculty Library cerraba por obras hasta septiembre, así que he trasladado mi hábitat a la Taylorian Library, también situada en St Giles Street. Un lugar elegante, donde se respira universidad en todas las equinas: estanterías de libros infinitas, con grandes escaleras metálicas para poder llegar a los pisos superiores, sala de visionado de cine –cosa que a mí me interesa especialmente– y una reading room –sala de lectura– realmente imponente, con grandes ventanales de cristal, cúpula y bustos de venerables académicos del lugar.

Entre los acontecimientos más festivos, el lunes tuve la suerte de poder asistir a un pequeño concierto nocturno –gratuito– de un cuarteto de cuerda en la capilla de Magdalen College. Se trataba de piezas muy variadas: tal vez la más conocida era el Adagio for Strings de Samuel Barber, escogido por Oliver Stone como banda sonora de la película Platoon. Hubo un momento en que la cosa se puso realmente emotiva: con el Adagio de Barber de fondo, mis ojos se pararon el la gran vidriera que domina la ante-capilla de Magdalen: el juicio final, representado con gran dramatismo. Con la curiosidad de que la vidriera era en blanco y negro, no tenía color: se me ocurrió que podría ser una buena metáfora sobre la Iglesia anglicana, las mismas verdades de fe (o casi), pero todas algo distorsionadas y faltas de color.

Ese mismo lunes acudí a un encuentro que quiero resaltar: Daniel, quien ya ha aparecido en este blog, me invitó a tomar té con pasteles en “The Grand Cafe” –en High Street– con un amigo de su college, a quien me quería presentar. Tom, llamémosle así, quería hacer el trabajo de fin de carrera sobre las relaciones entre el cine y la filosofía –mi tema–, así que estuvimos hablando largo y tendido. Pero me sorprendió cómo, de un momento a otro, dejó de lado el cine para preguntarme si era católico, y, tras mi respuesta afirmativa, empezó a decir cosas muy buenas sobre la Iglesia católica. Me quedé muy sorprendido, pues Tom es hijo de un antiguo ministro anglicano. Fue un encuentro realmente grato.

Con Basilio (el cámara), Walter Hooper, Javier y Blessed Lucy
No quisiera alargarme más, así que solamente hablaré sobre otro encuentro sorprendente de la semana. El jueves por la tarde, Basilio –que vive en Grandpont– me invitó a mí y a otro amigo español que estudia en Oxford a acudir a la casa de Walter Hooper, para charlar un rato con él y tomar una taza de té con galletas. El lector que haya llegado a esta altura del relato se preguntará quién es Walter Hooper: Walter fue el secretario personal de C.S. Lewis durante sus últimos años de vida y, tras su muerte, ha sido su albacea, quien ha custodiado fielmente sus obras y su legado. A día de hoy, es un anciano de 85 años con gran vitalidad y un gran sentido del humor. Walter nos enseñó muchas fotografías de C.S. Lewis y sus familiares, así como algunos viejos libros que poseía Lewis, anotados por él, que Walter tiene en sus estanterías como si fueran la cosa más normal del mundo. Durante la merienda, la gata de Walter –llamada Blessed Lucy– iba saltando de un regazo a otro, mientras Walter se divertía sacándonos fotos con su vieja cámara Kodak de carrete. Fue una tarde encantadora. Parafraseando a Lewis, puedo decir que todos quedamos "cautivados por Walter": surprised by Walter.

domingo, 19 de junio de 2016

Café y carrot cake en Grandpont House

Ha transcurrido ya una semana desde mi última ristra de anécdotas oxonienses. Una vez más, el chorizo resultante de estos últimos días es largo, pero me gustaría contar algunos de los chascarrillos más destacables. Como nota general, puedo decir que han sido días fuera de lo ordinario: la vida me ha llevado a lugares nuevos y fantásticos, donde he conocido a personas dignas de mención.

La capilla de Exeter, inspirada en la Sainte Chapelle
Todo comenzó el lunes, como suele pasar. Aquel día tuve mi segunda cita con un honorable académico de Oxford. Esta vez no se trataba de un filósofo –como lo era mi anterior interlocutor–, sino de un profesor de cine perteneciente a la English Faculty. También esta vez estaba nervioso, y traté de repasar algunos textos y tomar notas para preparar la entrevista; y, también como la vez anterior, las relecturas y notas sirvieron de poco, pues la entrevista fue más espontánea y grata de lo que esperaba. Andrew, así se llamaba, me recibió en su despacho. La entrevista fue bien: me hizo gracia el fuerte contraste con el anterior profesor –más bien seco y distante–, ya que Andrew hablaba en un tono alto y gesticulando de forma exagerada. Un hombre simpático, la verdad.

Ese mismo día acudí a un encuentro también destacable. Daniel, uno de los estudiantes que vive conmigo en Granpont, me había invitado a la cena de final de curso de los companions de la Orden de Malta. En resumidas cuentas, se trata de una asociación solidaria de estudiantes que ayuda a personas sin techo, ancianos, discapacitados, etc. El lunes organizaron una Misa votiva de san Juan Bautista –su patrón– seguida de una suculenta cena al más puro “estilo Oxford” –pajaritas, reverencias y hasta un caballero de Malta de carne y hueso– en el comedor de St Benet’s Hall, el college –por así decir, pues un hall es algo más pequeño– de los benedictinos en Oxford. Allí acudí acompañado de Alex, quien me presentó a su amigo John: resultó que los tres nos sentábamos bastante cerca los unos de los otros en la larga mesa de la cena, así que pudimos hablar largo y tendido. La cena concluyó con una rifa benéfica –y alcohólica, pues los premios eran botellas de champán, vino y otros licores, que un fraile rubicundo y bonachón repartía– y el rezo cantado de completas; he de reconocer que esto último me dejó un poco "KO".

Con Daniele, el la Divinity School
El martes fue otro día especial. Unos días antes había planeado un viaje en autobús a Londres. Quería reunirme con algunos otros miembros de la Obra para cenar juntos, rezar y tener una tertulia en Westpark, un centro del Opus Dei que hay a las afueras de Londres, en Ealing Common. Fue un plan muy agradable y, al concluir, fui a casa de Wency, quien me acogió en su casa para dormir esa noche. Tal vez el lector haya escuchado alguna vez aquello de que el Opus Dei es una familia: he de reconocer que yo lo viví de un modo patente el martes, cuando Wency me acogió en su casa y se volcó con muchos detalles de generosidad. El martes regresé a Oxford, acompañado de Daniele, un italiano que vive cerca de Westpark. Aquel era su día libre, y nos fuimos a dar un buen paseo por Oxford, acompañados por Father Dancho: comimos unas tradicionales salchichas con guisantes y pinta de cerveza en The Mitre, visitamos varios colleges –Christ Church, Exeter, Oriel…– y acabamos el paseo con unas tazas de café y un pedazo carrot cake en Grandpont.

El comedor de Exeter College
Por lo demás, la semana ha seguido la rutina marcada de estudio, a excepción del viernes y el sábado. Santiago, un viejo amigo de Pamplona, vino a Oxford a pasar un par de días, acompañado por otro antiguo de la Universidad de Navarra. Fue una buena ocasión para reunirnos algunos “ex–navarros” que vagamos por Oxford durante estas semanas, y así enroscarnos la boina un poco. Fuimos a cenar fish and chips a un clásico de los estudiantes oxonienses, el “Four Candles”; lo mejor es que la cosa no acabó ahí: Ernesto –otro antiguo de Navarra– sugirió tomar unas pintas en la Oxford Union –de la que él es miembro–, la famosa asociación de debate de la Universidad.

Como repunte añado que hoy, domingo, he visitado con otros dos de la casa un pueblecito de Oxfordshire llamado Beckeley. Una vez al año, los pueblos ingleses abren sus puertas a los foráneos, en lo que llaman “open day”. Es un plan agradable poder pasear por esas calles estrechas, visitar los jardines aderezados para la ocasión –el orgullo de todo buen británico– y, cómo no, rematar la tarde con una taza de té.

Termino el relato de hoy con una ristra de instantáneas de esta tarde en el "open day" de Beckeley:

Uno de los jardines del pueblo
El clásico cottage o casa de campo
Boleto de la suculenta rifa del pueblo
Un gracioso organillo mecánico que tocaba canciones populares

domingo, 12 de junio de 2016

“Long to reign over us!”

La tercera hornada de historias cocinadas en las callejuelas y colleges oxonienses ya está lista. De hecho, es para mí casi una necesidad ponerme a escribir algo ya para el atento lector, porque son tantas las anécdotas que la bandeja está a punto de desbordarse.

Oriel College, con St Mary al fondo, en un paseo
Comenzando por lo académico, puedo decir que el miércoles pasado tuve mi primer encuentro con un profesor de Oxford: su nombre es Stephen Mulhall. Se trata de un profesor de filosofía con el que contacté gracias a un libro suyo que pude ojear el curso pasado –y que a día de hoy he leído en gran medida–, titulado On Film, sobre las conexiones entre la filosofía y el cine. El profesor Mulhall –cuyo apellido, gracias a Dios, no tuve que pronunciar en su presencia: después de haberlo ensayado varias veces no me acababa de salir bien– me recibió en las habitaciones de su college: New College. He de reconocer que aquel día estaba un poco nervioso desde la primera hora. Quince minutos antes del encuentro, me encaminé hacia New College, donde un amable portero me explicó cómo llegar hasta las habitaciones del profesor y, al ver mi cara de póquer, me dio un pequeño mapa. Así que ahí me presenté: el profesor Mulhall me recibió muy cortésmente y empezamos a hablar… Una hora y cuarto después, el profesor insinuó que tenía algún quehacer pendiente, es decir, que me invitaba a marcharme. Fue una conversación fructífera, eso me pareció, y espero poder volver a visitarle. Lo único a lo que no me acostumbré fue a su frialdad en el trato; como decían en la famosa comedia de Billy Wilder (Con faldas y a lo loco): “Nadie es perfecto”.

Pocas novedades puedo añadir en lo que se refiere a mis faenas de investigador: horas de estudio, y más horas: es a lo que he venido. Tal vez se pregunte algún lector si al que suscribe no le va a estallar un día la cabeza de tanto leer… Dios me libre, pero, por si acaso, esta semana he intentado tomar algo de aire entre paseos y otras válvulas de escape. Entre ellas, no puedo dejar de mencionar el recital de órgano al que asistí el jueves en la capilla de Merton College. Es lo que tiene esta pequeña ciudad: de camino a la biblioteca, al pasar por delante de algunos colleges, suelo fijarme en los carteles que anuncian conciertos, vísperas, coros… Me decanté por este recital –porque era gratuito, principalmente– y la verdad es que mereció la pena. Otra incursión destacable fue la comida del viernes en Nuffield College, donde fui invitado por Javier, quien ha pasado unos días en Grandpont House.

La tumba de J.R.R. Tokien y su mujer: Beren y Luthien
La mañana del sábado, que yo había hipotecado ya para fines académicos, dio un giro inesperado: durante el desayuno –al que espero dedicar, al menos, un párrafo en próximos episodios– Father Ruben me propuso hacer una excursión mañanera al cementerio donde está enterrado J.R.R. Tolkien, a una hora de distancia a paso ligero. Me pareció toda una oportunidad, y allí fuimos. Al final, la excursión resultó ser una peregrinación en toda regla, con rezo del rosario de camino, acudiendo a la intercesión del venerable Tolkien. Nos costó un poco encontrar la tumba, pero la encontramos: en la lápida están escritos los nombres cristianos de Tolkien y su mujer –también enterrada allí– y, debajo, otros dos nombres: “Beren” y “Luthien”. Se trata de una bella historia que Tolkien recogió en El Silmarillion, sobre el amor entre un hombre mortal (Beren) y una elfa inmortal (Luthien).

Street party por en la iglesia del Oratorio
Concluyo mi retahíla de “sabrosidades oxonienses” con un relato notable, digno de mención en esta tierra de Albión. Ayer, segundo sábado de junio, todo el Reino Unido, la Commonwealth, la Iglesia de Inglaterra y los británicos de la diáspora celebraron el “cumpleaños oficial” de la Reina Isabel –realmente es en abril–. Esta mañana he ido a la Misa solemne en la iglesia del Oratorio, en St Giles Street, y he quedado gratamente sorprendido por el cariño que tienen los ingleses –los católicos no son menos en este aspecto– a su monarca. La homilía ha tratado casi exclusivamente de la Reina, hemos rezado una oración especial por ella y, a la salida de la iglesia, los padres oratorianos habían organizado una colorida street party para festejar el acontecimiento. En Grandpont también hemos querido dar un toque festivo a la comida, brindando por la Reina: para que reine muchos años más (Long to reign over us!) y, como ha añadido Jim, sea recibida pronto en la Iglesia.

martes, 7 de junio de 2016

"Et in Arcadia ego"

Rondaba por mi cabeza la idea de escribir un segundo relato de mis andanzas oxonienses, pero quería esperar algunos días para poder contar algún suceso jugoso. A día de hoy –martes, casi una semana de mi llegada a este lugar– los sucesos son ya unos cuantos, así que allá vamos.

El púlpito de St Mary, desde donde predicó Newman
La inmersión en el mundo oxoniense es lenta, más aún si se trata de alguien como el que suscribe, con una capacidad de adaptación lenta y un poco atrofiada. El primer día en Oxford fue, como era de esperar, caótico: llegué a las oficinas de admisión de la biblioteca –la Bodleian Library–, donde me recibió una señora no demasiado sonriente. Antes de darme el carné de reader –gracias al cual puedo acceder a las diferentes bibliotecas de la Universidad–, dicha señora me hizo prometer en voz “alta y clara” –y en mi propio idioma– que no introduciría fuego en la biblioteca, que no fumaría en ella y que no dañaría ningún volumen… Parecía incluso dispuesta a hacerme jurar los treinta y nueve artículos de la Iglesia de Inglaterra, pero cogí mi preciado carné y salí rápidamente de allí. Volví a mi casa, donde estuve estudiando hasta la tarde; entonces me decidí investigar un poco y, después de visitar la iglesia universitaria –St Mary– acudí a una biblioteca que podría serme de interés: la English Faculty Library. La verdad es que di en el clavo, pues allí encontré un montón de estanterías clasificadas bajo el letrero de “Film Studies”, mi tema en cuestión.

Así que, desde entonces, mi plan habitual es ir a esa biblioteca durante el día y, a media mañana, hacer un parón para comer un triste sándwich. Pero no me puedo quejar: entre otras cosas, el camino que recorro para llegar allí es impresionante. Paso por delante de algunos de los colleges más importantes –Christ Church, Oriel, Corpus Christi, Merton, Magdalen…– y me topo con más de un estudiante vestido de correcta etiqueta para examinarse. Aunque en España pueda sonar extraño, el modo que tienen los oxonienses de recordarse que el día de examen es realmente importante es poniéndose una pajarita blanca, un traje negro con una flor en el ojal y una toga. Más extraño –o divertido, quizá– es volver a encontrar a estos mismos estudiantes unas horas después, en mi camino de vuelta. El atuendo es el mismo, aunque con algún aderezo: serpentinas, una botella de vino o champán en la mano, caras pintadas de colores… ¡El festival del saber!

Magdalen College, en uno de mis paseos a la biblioteca
Quisiera también dar alguna pincelada sobre el fin de semana. El sábado a la hora de comer dejé a un lado mis quehaceres académicos y me puse a desatascar tuberías en la casa. Es bueno variar, y no estuvo tan mal. Al día siguiente el director de la casa me invitó a dar la charla del retiro espiritual que habría el día siguiente por la mañana: todo un reto. Al final lo conseguí, no sé sin con mucho o poco éxito. El mismo domingo por la tarde organizamos un plan “delicioso”, como se dice por aquí: tres de la casa nos fuimos a recorrer varios pueblos cercanos a Oxford en bicicleta. Visitamos un prestigiosos internado –Radley College– con una iglesia victoriana impresionante, así como el pueblo de Littlemore, donde John Henry Newman se retiró durante tres años antes de hacerse católico.

Hoy, martes, ha sido un día también delicioso. Además del estudio, Daniel –que vive también en Grandpont– me ha invitado a comer a su college: St Hugh’s. No es muy antiguo –en Oxford, esto quiere decir que es posterior al siglo XVII o XVIII–, pero sí muy bonito. Allí hemos comido y tomado un café al fresco. Después hemos caminado por callejuelas cercanas y hemos visitado Keble College, fundando en honor de John Keble, amigo de Newman y promotor junto con él del llamado Movimiento de Oxford. Hemos entrado en la majestuosa capilla y, en una sala lateral, hemos podido ver el famoso cuadro pintado por William Holman Hunt: The Light of the World (La luz del mundo). Cuando paseábamos, en el camino de vuelta, le he dicho a Daniel que Oxford es como una arcadia, un lugar bello y feliz, lejos del mundanal ruido. "Así es", ha sido su respuesta.

viernes, 3 de junio de 2016

Retorno a Oxford (Oxford Revisited)

“He estado antes aquí”, podría decir yo también al igual que Charles Ryder, el protagonista de la novela de Evelyn Waugh, Retorno a Brideshead. Es cierto, no es la primera vez que viajo a Oxford, aunque sí que es la primera vez que viajo allí por dos meses. Por ello he pensado que tal vez merezca la pena que, de vez en cuando, escriba algunas líneas sobre mis días oxonienses, para poder compartir con el lector amigo esta experiencia tan ilusionante.

Poco puedo decir de mi viaje hasta aquí; el vuelo desde Madrid fue muy tranquilo. Al tiempo que despegada el avión, me acordé de aquel conocido poema compuesto por John Henry Newman –otro ilustre de Oxford, que seguramente volverá a aparecer en este blog–, titulado “Lead kindly, Light” (“Guíame, Luz buena”), y traté de decirlo por dentro mientras despegábamos. A mi lado de sentaba Alberto, un diseñador de Madrid que, según me contó, iba tres meses a Brighton a buscarse la vida: “Lo importante es experimentar, tío”, recuerdo que me dijo.

Los meadows de Christ Church College, con Merton College al fondo
Al salir del avión fui rápidamente a las dársenas de autobuses, donde cogí por los pelos el bus que va del aeropuerto de Gatwick hasta Oxford. Poco después de arrancar, un chaval con cara de hispano me preguntó en inglés (con acento también hispano) si se podía utilizar el baño. Yo le respondí en español, nos sentamos juntos y empezamos a contarnos qué nos traía a Oxford. Julio, así se llamaba, me contó que estaba terminando un máster en ingeniería mecánica en Oxford Brookes University; había pasado el fin de semana en Madrid y volvía a Oxford para el trabajo fin de máster. Yo le conté los motivos de mi viaje, tal vez un poco diferentes: una estancia de investigación –“turismo académico”, como me lo definía ayer un amigo con experiencia en el tema– para mi doctorado en Film Studies (así se llama esta curiosa disciplina), sobre la filosofía del cine de Terrence Malick.

Supongo que a todos nos gusta reconocer nombres y lugares que ya conocemos, y que nos traen buenos recuerdos. Así, cuando el conductor del bus me dijo que me tenía que bajar en St Aldate’s Street, yo asentí con gran seguridad. Y ahí me bajé: St Aldate’s, junto al Christ Church, el college más grande de Oxford, fundado en 1517 por el Cardenal Wolsey. Unos pasos más y estaba cruzando el río Isis –ramificación del Támesis– por Folly Bridge; unos pocos más, y llegué a Grandpont House, la residencia del Opus Dei en Oxford, mi casa durante los próximos dos meses. Allí me recibió Paul, quien me enseñó mi habitación, después la casa, y me dio unas llaves. La tarde primera tarde en Oxford concluyo con un largo paseo: los campos –meadows, se llaman– de Christ Church, High Street, Cornmarker Street y una visita a St Mary Magdalen, la iglesia anglicana más católica (anglocatólica) de Oxford y, probablemente, de toda Inglaterra.